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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 53 Opinión desfavorable

El lunes, a las cuatro y pico de la madrugada, se levantó sin hacer ruido y volvió a la cocina. La nómina seguía debajo del salero. Encendió solo la luz de encima del fregadero, abrió la libreta por una hoja limpia y escribió arriba, con letra de taller: «Informe». Lo iba a hacer como se hace con un coche al final de la revisión, cuando ya está todo abierto: primero lo que se mide, después lo que se piensa, y la firma al final.

Empezó por la vara del domingo anterior, la de las sociedades: con la regla que la ley aplica a cualquier empresa, este sistema estaría en causa de disolución, y la ley que él mismo escribe lo deja fuera del concurso. Debajo, lo que le había dicho el gestor por teléfono, que seguía siendo verdad: hay un tribunal que mira sus cuentas y lo publica. Lo que publica ese tribunal es el patrimonio en negativo.

Luego, lo que debe a los suyos. Las pensiones ya prometidas sumaban, a finales de 2021, más de seis billones de euros, y no salen en la deuda que se publica: la prometida era cuatro veces y pico la oficial de aquel año. El propio INE avisa de que no es una deuda que venza hoy, sino lo que valen hoy unos pagos que vendrán, y lo apuntó con su aviso. Para pagarla, el sistema solo cuenta con lo que cobre a esos mismos que la esperan.

Después, la palabra que había buscado una noche, la que quiere decir hacer crecer. Si autoridad es el que hace crecer, la pregunta era sencilla: ¿hace crecer a los que lo sostienen? Lo midió en tres cosas. Más años de vida por lo mismo: en 1974 bastaban diez años cotizados para tener pensión, y desde 1985, quince; para calcularla, en 1985 contaban los últimos ocho años, y desde este año, unos veinticinco; para cobrarla entera, desde el año que viene, treinta y siete. Más carga: lo que pasa por las administraciones en impuestos y cotizaciones son hoy unas dieciocho jornadas más de cada año que en 1995, por su cuenta. Más normas y más trámites: solo en 2024 se publicaron casi un millón trescientas mil páginas de boletines oficiales, y estaban las doscientas veintiséis horas de la asociación, que él reconocía en sus domingos.

Le preguntó a Sofía IA cuánto cuesta todo eso.

Sofía IA: Según un estudio, la burocracia cuesta en España entre el 1,5 % y el 2,5 % del PIB.

Fue al estudio. Era de un instituto privado, y no decía eso. Recogía de otros autores que cumplir las normas cuesta entre el tres y el cinco por ciento de lo que produce el país, y estimaba por su cuenta, «de manera conservadora», que al menos la mitad, ese uno y medio a dos y medio, viene de que cada administración regule lo mismo a su manera. Era una parte, no el todo. Se lo dijo, y Sofía IA lo reconoció: había tomado la parte por el todo. Aun así, la parte sola ya era más que lo que se gasta en gobierno, parlamentos y hacienda: el uno coma tres.

Le volvió el inglés del miedo, el del contrato, el que llamó al Estado «Dios mortal». En su libro dedicó un capítulo a lo que lo pone enfermo, y una de las enfermedades es la falta de dinero: el que manda aguanta cuanto puede y, cuando ya no puede más, «lucha con el pueblo con estratagemas de ley para obtener pequeñas sumas, que, como no bastan, se ve obligado al fin a abrirse paso por la fuerza para lo que necesita al momento, o perecer». Estratagemas de ley encontró sin buscarlas mucho. Una la tenía de la noche anterior: el impuesto que sube sin votarse, con la parte sin impuesto quieta desde 2015. La otra le hizo pensar en el radar de Constancio: los presupuestos de los ayuntamientos tienen una casilla propia para las multas de circulación, y el Ayuntamiento de Madrid previó para 2024 doscientos once millones y reconoció doscientos veinte. El castigo que se presupuesta antes de que nadie cometa la infracción es lo que las tradiciones separaron del negocio.

Y lo que había que reconocerle, en el renglón siguiente y con la misma letra. Se vive más: a los sesenta y cinco años, en 1978 quedaban por delante quince coma ocho años de vida, y en 2024, veintiuno coma nueve; la pensión se cobra más años, y parte de lo que crece el gasto es eso. La estructura no crece: lo que se gasta en gobierno, parlamentos y hacienda bajó del uno coma cinco del PIB en 1995 al uno coma tres. Y antes se pagaba menos, pero el Estado daba mucho menos y no había libertades. El peso no estaba en lo que se gasta en sí mismo, sino en lo que les exige a los demás.

Luego, las leyes de arriba, punto por punto, como se repasa una hoja de comprobación. La remisión de las deudas, cada siete años, y el jubileo, cada cincuenta: aquí no hay remisión periódica, y la deuda del Estado se paga con deuda nueva y crece. Y «el que toma prestado, siervo es del que empresta». La usura: casi treinta y nueve mil millones de intereses en 2024; que la prohibición de la Torá, que es para el préstamo al pobre y al hermano, valga también para la deuda de un Estado, eso lo apuntó como suyo. Las pesas justas: el dinero pierde valor en manos de quien lo hace. Nadie es juez en su propia causa: la ley de las quiebras la escribe el mismo al que deja fuera. Y la ley humana que contradice a la natural, que «ya no será ley, sino corrupción de la ley».

Al final de la lista, lo que más le había sorprendido. El mismo inglés del miedo, el que quiso que el que manda lo pudiera todo, explicó de dónde tomó el nombre de su Estado: del libro de Job, donde Dios lo llama «rey de los soberbios». Y siguió: «pero porque es mortal y está sujeto a la decadencia, como todas las demás criaturas terrenas, y porque hay algo en el cielo, aunque no en la tierra, a lo que debe temer y cuyas leyes debe obedecer». Lo subrayó. Ni el que más poder le dio lo puso por encima de todo. Lo que él creía, y lo puso en su columna, es que la espada que lo juzga no es de hierro, sino la palabra, «más penetrante que toda espada de dos filos», que «discierne los pensamientos y las intenciones del corazón». Y al lado, para no pasarse: «cogiendo la cizaña, no arranquéis también con ella el trigo». Caso a caso, con pruebas. La siega no era suya.

Antes de firmar leyó también lo de los diez casos, de 1688 a 2009, y lo apuntó como lo que era: constancia de lo que pasó en otros sitios, elegida por quien la reunió, y no una ley de la historia. Compararlos con lo de aquí no lo hacían los datos; lo hacía él, y lo dejó para su columna.

Ya clareaba cuando llegó a la firma. Buscó cómo se escribe un informe de auditoría de verdad, para no inventarse el formato. La ley dice que la opinión del auditor sobre si las cuentas «ofrecen la imagen fiel» de la entidad «podrá revestir cuatro modalidades: favorable, con salvedades, desfavorable o denegada», y que se dirán, si las hay, las dudas sobre su capacidad «para continuar como empresa en funcionamiento». Él no era auditor, y lo escribió lo primero: «Sin valor oficial». Debajo, su opinión: «Opinión desfavorable». Sus cuentas no daban la imagen fiel de lo que debe a los ciudadanos, y había una duda seria sobre si podía continuar tal como es. Y la piedra de todo estaba en lo de los primeros días: el pueblo no consintió; nació dentro y lo aceptó sin saberlo, y lo que se sostiene solo en presunciones se deshace cuando se pide la prueba.

Debajo, lo que eso anunciaba, y lo que no. El cierre de una forma de gobierno: no de la gente, ni del orden, ni de la ley. Por la puerta que la propia Constitución dejó abierta, la revisión total, en el artículo 168. Y en grande, para que nadie lo leyera al revés, ni él mismo: no exime a nadie de lo que hoy obliga. Es un diagnóstico, no una orden de desobedecer.


Gea fue la primera en levantarse, como siempre. Entró en la cocina en bata, se sirvió agua y leyó la hoja de pie, por encima de su hombro.

—¿Y quién te ha nombrado auditor?

—Nadie. Por eso pone que no tiene valor oficial.

Gea dejó el vaso en la mesa.

—Pues te lo digo como te lo diría Amparo. Un Estado no es una sociedad: cobra impuestos y no se cierra. La deuda de las pensiones no vence hoy. Cumple noventa y tres de los ciento sesenta y nueve artículos, que eso lo contaste tú. Y está la pensión de tu madre, y la sanidad, y los ochenta y cuatro años. Y que se gaste más es, en parte, porque se vive más.

—Todo eso es verdad.

—¿Entonces?

—Entonces va en la hoja. —Le enseñó el renglón de lo que había que reconocer, y debajo escribió lo de ella, una cosa detrás de otra—. La regla de las sociedades la uso a propósito, para medirlo con lo que les exige a los demás. Lo que sale es una causa de disolución con esa vara, no una quiebra de verdad. Sigue pagando, y le siguen prestando.

Gea volvió a mirar la palabra de arriba.

—Y «desfavorable» solo lo puede firmar un auditor.

—Por eso lo llamo dictamen. Un veredicto, si un día lo hay, lo dará un jurado. No yo.

Gea se fue a la ducha. Él abrió una página nueva y arriba puso «Las palabras». Dictamen, para lo suyo; veredicto, solo para un jurado. La quiebra camuflada, solo en la otra columna, nunca en «Comprobado»: el dato es la causa de disolución, y el nombre es lo que él cree. Y la lista de lo que solo puede ir allí: el padre de la mentira, lo de que todos somos aprendices, lo que clama al cielo.

En «Lo que yo creo» escribió, con letra más pequeña: «Que es una quiebra camuflada, a la vista de todos y escondida en cientos de miles de páginas. Que lo que se le debe al ciudadano no se puede pagar con más deuda contra el mismo ciudadano: tiene que salir de quien se ha enriquecido, caso a caso y nunca por apellido. Que aquí se ve la primera parte de lo de los diez casos, la forma que se ha quedado sin sustancia, y que la segunda no tiene que ser a ciegas, sino por escrito. Y que lo que se retira, cuando se vacía, no es la obediencia, sino la creencia sin comprobar».

Antes de cerrar la libreta, copió arriba del todo, encima de la opinión, lo que había escrito unos días antes: «Ojo: puede herir a quien sirve bien dentro».


Por la tarde, Sofía estaba haciendo un dibujo en la mesa de la cocina. La foto del puzle ya estaba pegada en la caja, y la nómina de Gea seguía allí, debajo del salero. Sofía la había leído entera, como lo leía todo.

—Aquí pone el nombre de mamá, y al lado un número muy largo. ¿Mamá es ese número?

—Para ese papel, sí. Para nosotros, no. —Se sentó a su lado—. Escúchame. A tu madre la ley no la hizo: se la encontró. Nació, y desde ese momento es persona. El número es del papel, y sirve para que el papel no se equivoque de persona. Nada más.

Sofía se quedó mirando el número un rato. Luego le dio la vuelta a la nómina, para que no se viera, y siguió pintando.

—¿Ya sabes cuánto pagas?

—Más o menos. Mira. Imagínate que por ese dibujo te dan diez caramelos. Antes de que te lleguen, se quedan casi cinco por el camino.

Sofía levantó la cabeza.

—¿Casi la mitad? ¿Y qué hacen con mis caramelos?

—Con una parte, tu colegio. Con otra, el médico. Con otra, la pensión de la abuela. Y con otra, cosas que no se sabe bien, porque no se publican sumadas.

—Como el puzle.

—Como el puzle. Sin tapa.

—¿Y la madre de la de la trenza? Trabaja en el ayuntamiento. A ella, lo de la empresa, ¿quién se lo paga?

—El ayuntamiento.

—¿Y el ayuntamiento de dónde lo saca?

—De los impuestos. De los caramelos de todos.

—¡Pues entonces no es de la empresa!

—Se apunta como si lo fuera, y la ley dice que lo paga el que contrata, que es verdad. Lo que no se separa es cuánto sale de los caramelos de todos.

Sofía cambió de rotulador y se quedó pensando.

—¿Y si a mamá le suben el sueldo?

—Paga más. Y eso es justo, si gana más. Lo raro es otra cosa: si se lo suben solo lo que suben los precios, compra lo mismo que antes, y paga más igual. Porque el impuesto va por escalones, y los escalones no se mueven.

—Es como si no me cambiarais las zapatillas cuando me crece el pie —dijo Sofía—. Cada vez aprietan más, y nadie las ha encogido.

Él se rio. A él le había costado una noche entera, y a ella, un pie.

—Igualito.

—¿Y si yo no quiero darlos?

—Se dan. Es la ley, y hay que cumplirla. Lo que sí puedes es preguntar en qué se gastan. Eso también es la ley.

Sofía siguió pintando un rato. Luego dejó el rotulador.

—Hoy los de sexto se han vuelto a quedar con la portería. Dicen que es suya porque siempre ha sido suya. Papá, si una cosa ha sido siempre así, ¿ya es para siempre?

Él la miró. Era la pregunta de la costumbre. La que había dejado para otro día.

—Esto aún no lo sé. Déjame mirarlo.