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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 52 Los escalones

Esa noche, cuando Sofía ya dormía, Gea fue a la entrada, descolgó el bolso y volvió a la cocina con el sobre del trabajo. La caja del puzle estaba en una esquina de la mesa, sin tapa hasta el día siguiente. Gea se sentó enfrente de él.

—Si vas a sumar, empieza por esto —dijo, y sacó su nómina—. Esto es un papel, no lo que yo crea.

Él la cogió. Arriba, el sueldo bruto. Debajo, lo que le quitaban de cotizaciones y de impuesto sobre la renta. Abajo del todo, lo que le llegaba al banco.

—¿Y esto es todo?

—Es lo que pone. —Gea se quedó mirando la línea del impuesto—. Y otra cosa, que no sé si es verdad. Este año me subieron el sueldo, y no lo noto. Será que todo está más caro.

—¿Me la dejas esta noche?

—Te la dejo. Sin rayar. —Se sirvió un vaso de agua y se quedó al otro lado de la mesa, con su libro—. Y lo que no ponga, lo buscas tú.


Lo primero que buscó fue lo que no ponía. La nómina enseña el sueldo bruto y, de ahí para abajo, lo que se queda cada uno. Lo que la empresa paga por Gea a la Seguridad Social no sale, y es un buen trozo más. El de Gea no lo tenía, y lo buscó para el trabajador medio: sobre un bruto de unos treinta mil doscientos euros al año, la empresa pone encima unos nueve mil doscientos, casi treinta y uno de cada cien. Por eso la carga se mide sobre lo que cuesta el trabajo, lo que paga quien contrata, y no sobre lo que pone el papel.

De ese trozo que paga la empresa se dice que es dinero privado, y quiso saber si era verdad. Se acordó de Amparo con la taza de café en la mano: su cuota de empresa la pagaba el ayuntamiento, con los impuestos de todos, y eso lo había puesto ella encima de la mesa. Lo buscó entero. De todo lo que se cotizó en 2025, unos doscientos veintitrés mil seiscientos millones de euros, unos ciento sesenta y un mil cuatrocientos los pagaron los que contratan, y entre ellos están las administraciones, por su propio personal: el ayuntamiento, por los que trabajan en el ayuntamiento; el Estado, por los suyos. Y eso lo pagan con impuestos. Las estadísticas lo juntan todo y no separan una cosa de la otra. Lo que se le podía contestar también era verdad: esa parte la paga el que contrata, sea quien sea, y así se apunta en las cuentas de todo el país. Lo apuntó al lado.

Luego encontró la cuenta hecha para un trabajador medio, soltero y sin hijos, el que cuesta a su empresa unos treinta y nueve mil quinientos euros al año, el mismo del que le había hablado el gestor. No era Gea exactamente, y lo apuntó así, para no hacerle decir al papel lo que no decía. La cuenta iba por capas, de la más segura a la menos. De cada cien euros que cuesta su trabajo, al menos cuarenta y uno se van en cotizaciones y en impuesto sobre la renta: es la parte firme, y la da la OCDE. Con el IVA, los impuestos de los ayuntamientos y los especiales, como el de la gasolina, unos cuarenta y ocho, cerca de la mitad; esas capas son estimaciones de un estudio privado. Y hasta cincuenta y tres y medio si se cuenta la parte del impuesto de las sociedades que se supone que acaba cayendo sobre los sueldos, y la parte del déficit de hoy que se pagará mañana. Esas últimas ya no eran lo que se paga este año: una era una suposición, y la otra, una deuda. Las apuntó con su nombre. Al trabajador le quedaban unos cuarenta y seis.

Y una cosa que le hizo coger el lápiz con más fuerza. La misma carga se podía decir de dos maneras, y las dos eran verdad. Sobre lo que paga la empresa, hasta cincuenta y tres y medio de cada cien. Sobre el bruto de la nómina, por cada cien euros la empresa pone ciento treinta y pico; de esos, casi setenta van a la carga y unos sesenta llegan al trabajador. Si alguien mezclaba una cuenta con la otra, el resultado salía falso aunque cada dato fuera verdad. En el margen, grande: «Nunca con cien lo que suma ciento treinta».

Entonces le volvió la frase de la radio del taller, la del señor que sabía de economía: que la presión fiscal en España estaba en torno al treinta y ocho por ciento. Llevaba semanas en «Aún no lo sé», debajo de la hucha y de la jubilación. La buscó, y era verdad: en 2024, los impuestos y las cotizaciones fueron el treinta y siete con tres de todo lo que se produce en el país, y en la Unión Europea, el cuarenta con tres. Estaba por debajo de la media. Pero esa cifra es lo que recauda el Estado comparado con todo lo que se produce, entre todos. Es una media de todo, no lo que le quitan a una persona. Para saber lo de Gea había que mirar lo de Gea. La pasó a «Comprobado» con una flecha, y al lado: «Verdad. Pero de nadie».

Iba a sumar el recibo de la luz, que Gea había dejado en la nevera con un imán, y se paró. La cuenta de las capas ya llevaba dentro el IVA de lo de todos los días y los impuestos especiales, también el de la electricidad. Sumar la factura entera, con su impuesto dentro, era contar dos veces lo mismo. Escribió: «Antes de sumar una factura, mirar si su impuesto ya está dentro».

Luego volvió a lo que ella había dicho, lo del sueldo que sube y no se nota. Le preguntó a Sofía IA cuánto habían subido los sueldos el último año.

Sofía IA: Según el INE, el coste salarial por trabajador subió un 3,6 %.

Lo buscó en el INE, porque un número suelto no le servía. El tres coma seis era verdad, pero de otra cosa: era el último trimestre del año, con la paga extra dentro. El del año entero, 2025, era un tres coma dos, con los precios subiendo un dos coma siete. Una ganancia de unas cinco décimas. Se lo dijo, y Sofía IA lo reconoció a la primera: había tomado el trimestre por el año. Y este año pintaba peor: en agosto, los precios subían un cuatro coma tres, lo más alto desde 2023, y la Autoridad Fiscal preveía que los sueldos, de media, quedaran este año algo por debajo de los precios. Gea podía tener razón sin ser la media.

Y luego encontró lo otro, lo que no se nota aunque el sueldo suba lo mismo que los precios. El impuesto sobre la renta va por escalones: cuanto más arriba, más se paga. Esos escalones no se habían puesto al día desde la reforma de 2014, salvo uno que se añadió en 2021 arriba del todo, por encima de los trescientos mil euros, para los que más ganan. La parte que la ley deja sin impuesto a cada uno, cinco mil quinientos cincuenta euros al año, era la misma desde 2015. Los precios, en cambio, habían subido entre 2015 y 2025 un veintiocho por ciento: más de una cuarta parte. Si a Gea le subían el sueldo lo mismo que los precios, para comprar lo mismo que antes, no era más rica; pero una parte más grande de su sueldo caía en los escalones de arriba, y pagaba más. Ninguna ley había subido el impuesto. Había bastado con no mover los escalones. El Banco de España lo había estimado para un solo año, 2023: unos once mil millones más de lo que se habría cobrado con los escalones al día.

Pensó en los quince escalones de su portal. Esos no se movían, y estaba bien que no se movieran: uno subía porque quería llegar a casa. En estos, uno subía sin haber ganado nada.

También encontró lo que se le podía contestar: a los que menos ganan se les ha ido ampliando una rebaja que compensa una parte, la última vez en 2024. Era verdad, y lo apuntó.

La Biblia de su madre seguía en la mesa, junto a la caja del puzle. En el Evangelio, Juan el Bautista les dice a los que cobraban los impuestos: «No exijáis más de lo que os está ordenado». Él lo leyó a su manera, y lo apuntó como suyo: aquí nadie había ordenado más, y se cobraba más.

Lo de Amparo lo puso en la misma página, porque se lo iba a preguntar ella. Con el mismo sueldo bruto, entre un asalariado de empresa y un funcionario de carrera de los que cotizan a la Seguridad Social, como casi todos los del ayuntamiento de Amparo, el impuesto sobre la renta, el IVA y lo demás son lo mismo. Lo único que cambia es la cotización, porque el funcionario de carrera no tiene paro. Con el sueldo medio de las administraciones, unos dos puntos y medio menos de carga. No es pagar menos impuestos: es tener menos cobertura. Lo apuntó en «Lo que gana Amparo».

Después se miró a sí mismo. Él no tenía empresa que cotizara por él: la cuota de autónomo la pagaba entera, todos los meses, por tramos según lo que ganaba, fuera bueno o malo el mes. Y luego estaba lo que no es un impuesto, pero se paga igual: la gestoría que le lleva los papeles del taller, porque él no sabría. Lo de las horas lo tenía en «Aún no lo sé» desde el viernes, desde que el gestor lo tecleó en la calculadora. Buscó la nota de la asociación y la leyó entera: doscientas veintiséis horas al año por autónomo, y, «Teniendo en cuenta un coste medio de 15 euros por hora», tres mil trescientos noventa euros. Más de cinco semanas de cuarenta horas. No era un organismo, sino una asociación de autónomos, y lo apuntó así. Pero él lo reconoció en sus domingos.

—Eso explica tu humor de los domingos —dijo Gea, que leía por encima de su hombro.

Cerró el libro, dejó el vaso en el fregadero y se quedó un momento detrás de él, con las manos en sus hombros.

—Mañana lo sumas. No se va a ir a ningún sitio.


Siguió leyendo, porque no quería quedarse solo con lo que se lleva el Estado. Y apuntó también lo que se recibe. La pensión de su madre, que llega todos los meses: con un sueldo medio y una vida entera cotizada, la OCDE la calcula en el ochenta coma cuatro por ciento del sueldo, y la media de sus países, en el cincuenta y dos. La de jubilación se resolvía, en abril, en poco más de nueve días de media. El médico: a final de 2025 había más de ochocientas cincuenta mil personas esperando una operación, ciento veintiún días de media; y aun así, casi ocho de cada diez de los que van al médico de cabecera dicen que les atienden bien. Se vive ochenta y cuatro años de media, más que en la Unión Europea. El colegio de la niña: en matemáticas, en la media de los países de la OCDE. Y la ayuda para hacer los papeles, que existe por ley, aunque la cita previa obligatoria la convierta muchas veces en una barrera, y el Defensor del Pueblo haya recomendado admitir escritos sin ella. Eso también era verdad. Lo que encontró es que el Estado cobra con precisión de reloj, y devuelve con resultados desiguales.

Antes de apagar la luz, miró hacia el pasillo, donde dormía Sofía, e hizo una cuenta que no le había pedido nadie. La hizo él, con el lápiz: con el salario medio, y ahorrando lo que ahorran de media los hogares, una persona sola tardaría unos veinticinco años en reunir la entrada de un piso y los gastos de compra, en torno al treinta por ciento del precio, y más de ochenta en reunir el precio entero. Una pareja con dos sueldos, más o menos la mitad. Era aritmética con un precio aproximado, y la apuntó así. En el Banco de España, un piso medio costaba, en junio, más de ocho años de la renta bruta de un hogar mediano, antes de impuestos, lo más alto desde 2011; y el primer año de hipoteca se llevaba el treinta y ocho por ciento de lo que a ese hogar le queda. Y en 2024 las mujeres tuvieron uno coma diez hijos de media, el mínimo desde que empezó la serie, en 1975.

La tentación era juntarlo todo en una frase: que lo que se lleva el Estado vacía el sueldo, y por eso no hay casas ni hijos. La tuvo entera en la cabeza. No la escribió. Ningún dato junta una cosa con la otra, y hay otras explicaciones que nadie ha descartado: el precio del dinero en Europa, los pisos que no se construyen, o la crisis de 2008, que pudo traer una y otra a la vez. Lo que hay es una coincidencia en el tiempo y en el sitio, sin el mecanismo demostrado.

Y «Comprobado», al final, decía esto: «De cada cien euros que cuesta el trabajo de un asalariado medio, más de cuarenta van a cotizaciones y renta, y cerca de la mitad con los demás impuestos de cada año. La nómina no enseña lo que paga la empresa, y una parte de lo que paga “la empresa” la paga una administración, con impuestos. La cifra de la radio es verdad, pero es la media de todo el país, no lo de nadie. Si los escalones no se mueven y los precios sí, se paga más sin que nadie suba el impuesto. El autónomo paga su cuota entera. Y se recibe: médico, colegio, pensión. Cobra con precisión; devuelve desigual».

Y para «Lo que yo creo» le bastó una frase: «Que lo que sube sin que nadie lo vote se ve mucho menos que lo que se vota».

Debajo, más pequeño, lo que llevaba días sin atreverse a escribir: «Que todo junto, lo que se lleva, los papeles y lo que no llega a tiempo, es una servidumbre que no se ve. Esto es mío. No está medido».

Dejó la nómina debajo del salero, sin rayar, y apagó la luz de la cocina. No se durmió enseguida.