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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 54 Las tizas

Esa noche buscó la costumbre. La había dejado para otro día, y el otro día había llegado con un rotulador en la mano.

No es que no la tuviera. La balda de la costumbre estaba en la estantería de la libreta desde aquel miércoles, con sus citas y sus dos ejemplos, y la había leído entera. Pero entonces la pregunta era otra: qué sitio le tocaba a la costumbre entre las leyes. La de ahora era la de una niña con un rotulador: si lo que ha sido siempre así ya es para siempre. Con una pregunta nueva, una hoja vieja dice a veces cosas que no había dicho.

Recogió el dibujo de Sofía, que se había quedado en la mesa junto a la nómina, y lo puso encima de la nevera, donde no se manchara.

Le preguntó a Sofía IA de dónde salía eso de que la costumbre es una ley. Se lo preguntó por probarla: él ya lo tenía apuntado.

Sofía IA: Lo he visto citado en muchos sitios, pero no he leído el original. Esto no lo he podido comprobar. Míralo tú.

Ya no era la primera vez que se lo decía. Él asintió delante de la pantalla, como si ella pudiera verlo, y fue a mirarlo, aunque fuera en su propia libreta.

El obispo de Sevilla seguía en su línea: la costumbre es «lo aprobado por la antigüedad, o ley no escrita». Nadie la escribe; nace de que todos hagan lo mismo durante mucho tiempo. Hasta ahí, los de sexto tenían su parte: la portería era suya por costumbre. Nadie se la había dado por escrito, y nadie se la había discutido.

Pero una costumbre no se mide por los años que tiene. Se mide como todo lo demás, por lo que hace: si daña a otro que no ha dicho que sí, si valdría igual dándole la vuelta. Eso lo tenía escrito arriba de la hoja desde el principio, sacado del taller. Lo que no había hecho era ponerle delante una portería.

Le dio la vuelta. Si los de tercero se quedaran la portería todos los recreos porque siempre había sido suya, ¿les parecería bien a los de sexto? No hacía falta preguntarlo. Y los de tercero, ¿habían dicho que sí alguna vez? Tampoco.

Volvió al ejemplo del romano, el del pueblo del norte que tenía por bueno robar fuera de las tierras de su tribu, y que decía hacerlo para entrenar a los jóvenes y quitarles la pereza. Era su costumbre, y la tenían por buena. En la misma página, el romano contaba que esos mismos tenían por impío hacerle daño al huésped. La primera vez lo había leído para la estantería. Esta vez, con la portería delante, se fijó en lo otro: la misma gente tenía una costumbre que no pasaba la vara y otra que sí, y con la del huésped se habría quedado cualquiera. No era de nadie de hoy. Y no era de nadie entero.

La otra mitad de la pregunta también estaba en la balda, y aquel miércoles la había apuntado sin pensar en ninguna portería. Un jurista romano escribía que hasta las leyes pueden quedar abolidas «por el consentimiento tácito de todos, mediante el desuso». Es decir, cuando todos, sin decir nada, dejan de cumplirlas. Lo que nace de que todos lo hagan puede morir de que todos lo dejen de hacer. Para siempre no era.

Lo que fue a «Comprobado» esa noche: «La costumbre es ley no escrita. Pero lo de siempre no es bueno por ser de siempre: se mide por lo que hace. Si daña a otro que no ha dicho que sí, no pasa. Y lo que nace de que todos lo hagan no es para siempre».

Ya tarde, con solo la luz de encima del fregadero, se quedó mirando la frase. La portería era pequeña. Había otra más grande, y la tenía en la libreta desde la noche de la casa: que la primera razón por la que la gente obedece sin que nadie la obligue es la costumbre, haber nacido dentro y no conocer otra cosa. Y estaba el sí que se da por dado sin que nadie lo haya dado, el de la primera carta. A los de tercero tampoco les había preguntado nadie.

En «Lo que yo creo» puso: «Que lo de la portería es lo mismo, en pequeño. Que lo que se da por dado se sostiene como la portería: porque siempre ha sido así. Y que lo que se sostiene así se puede preguntar».

Debajo, más pequeño: «Los de sexto no hicieron la portería. Se la encontraron».


Por la mañana, Sofía desayunaba con la cuchara en el aire, esperando.

—¿Lo has mirado?

—Lo he mirado. Pero primero te pregunto yo. ¿Los de sexto os preguntaron si os parecía bien?

—No.

—¿Y a ellos les gustaría que la portería fuera vuestra siempre?

—¡Ni de broma!

—Pues dale la vuelta. ¿Por qué crees que la quieren?

Sofía frunció el ceño, como cuando hacía restas llevando.

—Porque son mayores. Y porque juegan mejor.

—Puede ser. Pregúntaselo: a lo mejor tienen una razón que tú no sabes. Lo que sí te digo es esto: que una cosa haya sido siempre así no la hace buena, ni la hace para siempre. Hay costumbres buenas, como las lentejas del domingo. Y hay costumbres que hacen daño a otro que no ha dicho que sí. Esas no valen, por muchos años que tengan.

—Pues mañana se la quitamos nosotros. Toda la semana.

—¿Y luego?

Sofía lo pensó con la cuchara en la boca.

—Luego nos la quitan ellos otra vez.

—Entonces tendríais la misma costumbre, con otro dueño. No se trata de castigar a nadie, hija. Se trata de arreglarlo.

—¿Y cómo se arregla?

—Como lo de la carta. Se pregunta, y se pregunta donde toca. ¿En tu clase no votáis las normas del recreo?

—En la asamblea.

—Pues ahí.

Gea, que fregaba su taza, se rio sin darse la vuelta.

Sofía se quedó callada un rato. Luego fue a por la mochila.

—Mamá, ¿me dejas las tizas de colores?

—¿Para qué?

—Es un secreto.

Gea la miró un momento, sacó la caja del cajón de las manualidades y la metió ella misma en la mochila, al lado del bocadillo.


En el coche, Sofía no dijo nada en todo el camino. Iba detrás, con la mochila en las rodillas, mirando por la ventanilla como cuando le daba vueltas a una resta, y la caja de las tizas sonaba un poco en cada bache.

En la puerta del colegio echó a correr sin despedirse del todo. Desde la verja se veía el patio todavía vacío y, al fondo, la portería, con la red descolgada por una esquina. La raya del área casi no se veía: unos trozos blancos, gastados, y entre ellos nada. Él la miró un momento, sin saber por qué, y se fue al taller.