Parte 15 La balanza, probada en pequeño
Imagínense una balanza de la justicia, la de dos platillos. Antes de pesar nada, con los platillos vacíos, tiene que estar equilibrada, con la aguja en el centro. Si alguien la equilibrara después de ver lo que va a pesar, la movería para que encajara con lo pesado. Ya no mediría nada.
Al empezar la conferencia les hablé de una balanza. La vara, que mide los hechos y sus frutos. La pesa justa, que es lo recibido. En el centro, el bien común, que no lo pone quien mide. Y un dial que dice hacia qué lado se aparta lo que se mide: por defecto, si no cuida ni cumple; o por exceso, si se sirve a sí mismo. Y les dije que, al final, con esa balanza se pesa cosa por cosa.
La obra la toma de las tradiciones: «Balanzas justas, pesas justas». En un platillo, lo que el ciudadano da; en el otro, lo que recibe. Cuando el Estado sirve, los dos se equilibran; cuando se sirve, un platillo baja. Y la balanza equilibrada, con los platillos iguales, es el centro del dial.
Antes de pesarlo todo, la obra la ha probado en pequeño. Esta parte cuenta esa prueba. La idea cabe en una frase: con el centro escrito antes de mirar, las flechas no van a un solo lado. El Estado no cuida en lo que toca la vida diaria del ciudadano, y se sirve en lo que toca al acceso y al trato del propio poder.
Tres pasos. Primero, cómo se monta la prueba. Segundo, lo que marca, palabra por palabra. Y tercero, lo que arrojan los datos.
Primer paso: cómo se monta.
La obra no elige qué medir. Lo elige la propia Constitución, que en su primer artículo promete cuatro palabras: «la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político». La obra añade una quinta, la dignidad de la persona, la que vimos al hablar de la persona antes que el Estado. Cinco palabras, cinco diales.
Cada dial tiene tres sitios. A la izquierda, el vicio de no cuidar. A la derecha, el vicio de servirse. Y en el centro, la medida justa. Fíjense en que los dos lados son vicios. No es el bien a un lado y el mal al otro. Es lo que vimos con Aristóteles: el valiente, entre el cobarde y el temerario.
¿Y qué es el centro? La obra lo dice con el Génesis. De lo que hizo, «vió Dios que era bueno». El centro es el bien. Y el mal es errar ese blanco, fallar el tiro, como vimos con el bien y el mal.
Para que la prueba no haga trampa, la obra escribió sus reglas antes de mirar ningún dato, como quien equilibra la balanza antes de pesar. Son cuatro. Los dos lados del dial son dos vicios, no el bien y el mal. El centro se escribe antes de mirar los datos. Se miden frutos que se pueden observar, no propósitos ni intenciones; y se miden diseños e instituciones, nunca personas. Y no se da una nota media, porque una media esconde lo que importa: se da cada cosa a la vista.
Con números, solo donde haya un umbral escrito de antemano. Esos umbrales todavía no están escritos, y hasta entonces, dice la obra, no hay cifra. Por eso la prueba se ha hecho sin números. En cada cosa que se mide, una flecha, dicha en tres palabras: cerca del centro, se aleja por defecto, o se aleja por exceso.
Y una regla más: cada flecha se sostiene solo con lo que la obra ya tenía, con su fuente. Para esta prueba no se buscó ningún dato nuevo.
Segundo paso: lo que marca, palabra por palabra.
La libertad. Su centro: el poder la garantiza, y solo pone el límite que protege a los demás. A la izquierda, el fuerte hace lo que quiere y el débil no tiene a quién acudir. A la derecha, la tutela: el poder decide por el ciudadano, pide permiso para todo y castiga sin juez.
¿Y qué marca? Depende de lo que se mire, y por eso no hay nota media. En las sanciones, se aleja por exceso. Ante una sanción, la ley reconoce que uno se presume sin responsabilidad mientras no se demuestre lo contrario, pero donde la práctica invierte esa carga, hay que reclamarla caso por caso. Y la palabra de la autoridad hace prueba: lo vimos con la multa por correo. En cambio, cuando uno pide algo para sí y la Administración calla, la regla general es que el silencio le da la razón: ahí está cerca del centro. Y cuando uno pregunta, o pide información, y no le contestan, el silencio dice que no: ahí se aleja por defecto.
La justicia. Su centro: a cada uno lo suyo, a tiempo y con la misma ley. A la izquierda, la justicia que no llega: plazos que la vacían, condenas que no se cumplen, el poder que no se corrige. A la derecha, la justicia como instrumento, que persigue al incómodo y perdona al propio.
Aquí las cuatro flechas van al mismo lado: se aleja por defecto. En los plazos: crecen los asuntos penales pendientes, el órgano de gobierno de los jueces no tiene datos de lo que dura de verdad un proceso, y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó a España por la lentitud del Constitucional. En la justicia gratuita: el turno de oficio está en huelga indefinida, sin resolver, y una comunidad tardó diecisiete años en actualizar lo que le paga. En la reparación del error judicial: se pide un error evidente, en un plazo corto y con riesgo de pagar las costas, y no se publica cuántas veces se concede. Y en el gobierno de los jueces, que estuvo cinco años y medio con el mandato caducado, como vimos en la auditoría. El poder que no se corrige.
La igualdad. Su centro: la misma ley para todos, sin privilegio y sin abandono. A la izquierda, el abandono: el que menos tiene queda fuera. A la derecha, el privilegio: el poder se exime de la ley común y reparte según quién.
Aquí la aguja marca a los dos lados. Por exceso, en los aforados: a ellos, que en su mayoría son de las fuerzas de seguridad, los juzga un tribunal distinto del de los demás. Y por defecto, en la pobreza de los niños: los menores están más en riesgo de pobreza o exclusión que el conjunto, y España es el país de la Unión que menos la reduce con transferencias.
El pluralismo político. Su centro: todas las voces con las mismas reglas, y decide quien tiene el mandato. A la izquierda, la voz sin cauce: nadie recoge lo que el ciudadano dice. A la derecha, el cierre: las reglas protegen a quien ya está dentro.
Aquí las tres flechas van por exceso. El umbral de entrada: el reparto y el umbral nacieron para corregir la fragmentación, y el Consejo de Estado escribió que la fórmula beneficia a los partidos grandes y perjudica a los pequeños. Las firmas: el partido que ya tuvo representación no las presenta, y el nuevo sí. Y el dinero: las subvenciones van a quien ya tiene escaños, y un partido nuevo parte de cero.
Y la dignidad. Su centro: cada persona vale por ser persona, antes del Estado, y se la trata como fin. A la izquierda, la persona como número o trámite. A la derecha, la persona como medio del aparato.
Aquí la flecha va por defecto, en la persona como trámite. La ley deja elegir cómo tratar con la Administración, pero la cita previa obligatoria funciona como barrera, y el Defensor del Pueblo recomendó admitir escritos sin ella. Y el tiempo que se va en trámites no entra en ninguna cifra oficial.
Tercer paso: lo que arrojan los datos.
Pongan las flechas una al lado de la otra. No van a un solo lado.
Se alejan por defecto, el Estado no cuida, en lo que toca la vida diaria del ciudadano: la infancia, los plazos y la justicia gratuita, la reparación del error judicial, la respuesta a quien pregunta y los trámites. Y también en el gobierno de los jueces, que no se renovó.
Se alejan por exceso, el Estado se sirve, en lo que toca al acceso y al trato del propio poder: el tribunal de los aforados, la entrada de partidos nuevos y su dinero. Y también en la presunción en las sanciones.
Una sola cosa está cerca del centro: el silencio que da la razón a quien pide para sí.
La obra lo llama así: los dos vicios a la vez. Y para decir qué toca la vida diaria del ciudadano, la obra no inventó nada: usa la clasificación de la auditoría de la Constitución, la de los dos montones, lo que afecta al ciudadano en su vida diaria frente a lo que organiza al poder. ¿Recuerdan la pregunta que el autor nos regaló al cerrar las tradiciones? ¿Sirve, o se sirve? Los dos vicios están a los dos lados de servir.
Ahora, la otra cara. ¿Qué concede la obra en esta parte?
Que la prueba no lleva números. Una flecha dice hacia dónde, no cuánto.
Que dos cosas se quedaron sin flecha, y dice por qué. Lo público frente a lo privado: las comparaciones de la obra son en bruto, sin ajustar por la cualificación ni la antigüedad, y no aíslan lo que se mide. Y la persona como medio: lo que la obra mide es la carga, y llamarla «medio» sería lectura, no dato.
Que en el pluralismo las barreras son legales, y las han avalado el Constitucional y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Y que ese mismo tribunal vio la exigencia de firmas considerablemente por debajo del máximo que indica la Comisión de Venecia.
Que esta prueba no es un dictamen nuevo: el dictamen ya está dicho. Es la prueba de que el método se puede aplicar sin trampa.
Y que el dial no mide intenciones ni personas, ni dice que el Estado sea ilegítimo. Mide la posición y la dirección de lo que se hace.
El Estado tiene su respuesta, y la obra la recoge: «la obra no es neutral: la vara la pone el autor», y «un dial es una opinión con forma de cifra». Y la obra le contesta con tres cosas. El centro lo pone lo que converge, no quien mide. Se escribe antes de medir, como la balanza que se equilibra antes de pesar. Y se aplica a los dos lados.
Recapitulo. La balanza de la obra, probada en pequeño, con las cinco palabras que promete la Constitución: la libertad, la justicia, la igualdad, el pluralismo político y la dignidad. El centro, escrito antes de mirar, como la balanza equilibrada antes de pesar. A cada lado, un vicio: no cuidar, o servirse. Y las flechas, sin números, solo con lo que la obra ya tenía. Lo que arrojan, los dos vicios a la vez: el Estado no cuida en lo que toca la vida diaria del ciudadano, y se sirve en lo que toca al acceso y al trato del propio poder.
Les dejo una pregunta. Piensen en el último plazo que esperaron, o en la última carta que no les contestaron. ¿Hacia qué lado se movió la aguja?
El autor añade una lectura suya, y la digo como suya. Para él, esa misma línea, con un vicio a cada lado, es también la de cada uno, y el centro de la persona y el del Estado son el mismo. No lleva números. Y él se la aplica primero a sí mismo.
Por eso lo que queda no mira hacia el Estado, sino hacia dentro, y su respuesta no es un dato: es de cada uno. En la próxima parte, la brújula.