Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 63 Los tachados
Después de comer, Sofía salió al balcón a mirar la maceta. Volvió a entrar, se sentó en el sofá con un libro y al rato salió otra vez. Gea le dijo desde la cocina que la tierra no se mira, que se riega, y que ya la habían regado por la mañana. Sofía salió de todos modos.
Él se había traído la libreta del taller. Se sentó a la mesa de la cocina, al lado de la Biblia de su madre, la abrió por detrás y fue pasando las páginas despacio, como quien repasa el historial de un coche que lleva muchos años en el taller. Se paraba en cada tachón. Al lado de cada uno, en el margen, con el lápiz corto, escribió la regla que le había dejado.
Los primeros eran frases. Las que circulaban a nombre de alguien sin que nadie hubiera encontrado dónde lo dijo, tachadas una de las noches del dinero, no por lo que decían, sino porque no tenían papel. Al margen: «Sin dueño con papel, no entra».
Después, la frase que Sofía IA le había puesto dentro de un documento donde no estaba, y las palabras que le dio como del Supremo y que la sentencia no decía. Las dos tenían encima la misma raya, larga y recta. Al margen: «La cita, letra a letra, en el papel entero».
Luego, el resumen que le llegó entre comillas, como si fueran las palabras de los jueces. «Entre comillas, sus palabras. El resumen solo orienta».
Las cifras sacadas de páginas que no medían nada, y la historia del periódico, con una cantidad y un tribunal que la sentencia no decía. «El número, del que lo mide. El periódico dice dónde mirar».
Y lo de la reforma hecha en un suspiro, que Sofía IA le dijo como cosa sabida. Había ido a mirarlo precisamente por eso, porque sonaba a cosa sabida y le venía bien. Al margen escribió lo que le había enseñado el vídeo de las primeras noches, el que le gustó porque le daba la razón: «Cuanto mejor encaja, más se mira».
Había una fila que no tenía tachón, y era la que más le había costado. La del derecho de reunión, en la tabla de la Constitución. La había puesto como incumplida con rabia, por un resumen, y cuando leyó la ley entera la borró con la goma hasta que no se notó. Ahora no se notaba nada, y eso era lo malo: quien leyera la tabla no sabría que se había equivocado, ni en qué, ni por qué. Escribió al lado, con letra pequeña, lo que ponía antes, lo que decía la ley y dónde lo había encontrado. Y debajo: «Lo que se corrige se tacha, no se borra». Se acordó también de que no bastó con la fila. Tuvo que rehacer la cuenta del título y la de abajo del todo, porque una cifra que se corrige en un sitio se busca en todos.
La última columna no tenía tachones. Era la de «Aún no lo sé»: el libro del que solo encontró el título, la sentencia del radar que no pudo leer entera. No lo había tirado. Estaba allí, con su nota, esperando a que alguien lo leyera. Al margen: «Lo que aún no sé no se tira».
Gea pasó con el café y miró la libreta por encima de su hombro.
—¿En todo eso te has equivocado?
—En todo eso me han querido liar. Y alguna vez me he liado yo solo.
—¿Y eso de quién es culpa?
Él se lo pensó.
—El problema es que nos mandaron a jugar sin darnos las instrucciones del juego. Esa es mi única reivindicación. —Y, con media sonrisa—: Que quede anotado en las altas instancias.
Ella se rio y se llevó la taza al sofá.
Era verdad, y lo vio al pasar otra vez las páginas: casi todos los tachones tenían algo en común. Alguien le había dado algo que sonaba bien. Muchas veces, Sofía IA. Alguna, él mismo, que se lo creía porque le gustaba.
Así había empezado todo, si lo pensaba. No con un método. Con una herramienta que le daba la razón y le daba lo que sonaba bien, y con él, que se lo creía. El método había salido de defenderse de eso, de los dos. Primero, ir al papel. Después, separar lo que decía el papel de lo que pensaba él, cada cosa en su columna. Y al final, la noche anterior, decirle a ella que lo que no estuviera leído en su fuente no entraba.
Quiso ver si servía también ahora, con ella de directora. Le pidió una cosa para el libro: una frase de los romanos sobre la ley natural, para la parte de lo que había antes del Estado.
Sofía IA: Hay una muy citada, de un jurista romano, al principio del libro de las leyes de Roma: «Hay, en efecto, un solo derecho, que mantiene unida la sociedad humana y que estableció una sola ley, que es la recta razón al mandar y al prohibir».
Era justo lo que buscaba. Por eso fue a mirarla.
En el sitio donde ella decía, al principio de aquel libro, el jurista escribió otra cosa: que «derecho natural es el que la naturaleza enseñó a todos los animales». A los animales también, no solo a la razón de los hombres. Era otra idea, y no la que le había llegado. Buscó la frase redonda por sus palabras y la encontró en otro libro, el de un orador de la misma Roma que había escrito sobre las leyes.
Sofía IA: Tienes razón. Circula a nombre del jurista, y te la di como circula.
Esta vez no hubo que tachar nada. No había llegado a la libreta. La frase era buena, y con su dueño valía; la apuntó con el nombre del orador y, al lado, lo que el jurista dijo de verdad.
Luego hizo sitio en la mesa y puso en montones lo que tenía en papel. La Biblia de su madre, encima de las hojas que había copiado de los libros de otros pueblos. Al lado, los papeles del poder, el de los reyes que se dijeron dioses y el de los que se corrigieron. Los textos de ahora. Y las leyes y las sentencias, el montón más alto, que se escurría por un lado.
Lo que no tenía en papel lo apuntó en una hoja, por el mismo orden de los montones y con algunos más: las leyes de aquí, las de fuera, las sentencias, la estadística, los organismos, los libros de los pueblos, los autores, los diccionarios, y la prensa y los estudios de otros, aparte. Cada fuente una sola vez, y al lado, dónde la usaba. No era para que se viera mucho. Era para que cada cita tuviera su fuente, y quien quisiera comprobarla no tuviera que fiarse de él.
Del montón de los pueblos y del de los textos de ahora sacó tres hojas que había copiado alguna de aquellas noches y que no había usado todavía. La de un maestro chino al que le preguntaron si había una palabra que sirviera de regla para toda la vida, y que contestó con una: «Lo que no quieras que te hagan a ti, no lo hagas a otros». La de un libro de la India, sobre el que vive en paz, «sin “mío”, sin sentido del yo». La leyó con el lápiz en la mano, mirando de reojo la columna donde llevaba semanas escribiendo «Lo que yo creo». Y la de un escritor que sobrevivió a los campos soviéticos: «la línea que separa el bien del mal no pasa entre Estados, ni entre clases, ni entre partidos: pasa por cada corazón humano, y por todos los corazones humanos».
Miró la libreta, que seguía abierta por los tachones.
Sofía entró del balcón con tierra en un dedo.
—No ha salido nada.
—Tarda.
—¿Cuánto?
Él miró los montones de la mesa.
—No lo sé. Lo que tarde.
Sofía se encogió de hombros, como si eso ya lo supiera, y volvió a salir.