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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 62 Las pepitas

Por la mañana, Sofía llegó a la cocina con el pelo enredado. Vio la hoja de los árboles en la mesa y se sentó delante.

—¿Lo has mirado? ¿Dónde estamos?

—Lo he mirado. Y esto es lo que he encontrado: eso no te lo puedo decir yo. Ni yo, ni nadie. Es lo único que no se busca en los libros.

—Jo, papá.

—Pero te puedo hacer la pregunta. ¿Qué semilla estás cultivando y qué árbol estás creando?

Sofía se quedó muy seria, mirando el dibujo. Luego cogió la manzana del frutero, la partió por la mitad con el cuchillo de la mantequilla, sacó las pepitas con cuidado y se fue al balcón, a las macetas, junto al geranio que su madre había podado.

Él la siguió hasta la puerta. La niña hundió el dedo en la tierra, metió las pepitas y las tapó. Gea, que lo había visto desde la cocina, llenó la regadera y se la dejó al lado sin decir nada. Sofía regó despacio, poquito, como le habían enseñado con las plantas.

—¿Qué haces?

—Plantar uno que se quede en su sitio.

—¿Y qué semilla estás cultivando tú?

Sofía se limpió el dedo en el pijama y lo miró con la misma cara con la que él la había mirado tantas noches.

—Esto aún no lo sé, papá. Déjame mirarlo.

Él se rio, como en la cena del primer día. Pero esta vez no era por lo mismo.


Los sábados abría el taller por la mañana. Llegó antes que nadie, subió la persiana lo justo para pasar por debajo, encendió el ordenador y abrió la libreta por la página del jueves. La pregunta estaba allí, con la letra de por la noche, más torcida que la de día: por qué las pensiones ya prometidas no se publican junto a la cifra de la deuda, y cuándo se pondrá al día la tabla de 2021.

Antes de nada le mandó un mensaje a Constancio, que lo tenía apuntado desde hacía días: que pidiera también si el radar había pasado su control. Constancio contestó con un dedo hacia arriba.

Luego hizo el escrito como la primera vez, despacio, con la carpeta de cartón abierta al lado. Quién era y dónde quería que le contestaran. Después, los hechos, cada uno con su papel: que las pensiones ya prometidas sumaban 6,13 billones de euros a finales de 2021, según la tabla de pensiones del propio Instituto Nacional de Estadística, y que no figuraban en la deuda que se publica. Y debajo, lo que advertía el mismo organismo: que esa cifra hace referencia «al valor presente de una suma de cantidades futuras». No vencía mañana. A su pregunta no le hacía ningún favor, pero era verdad, y un escrito se tenía que poder comprobar entero, también en lo que no le convenía a quien lo firmaba.

Lo que él creía de todo aquello no iba en el escrito. Se quedaba en la otra columna, para él. En el escrito, solo lo que se podía comprobar y lo que se podía conceder, y una sola pregunta, con las palabras de los papeles: «¿por qué los compromisos de pensiones no se publican junto a la cifra de deuda pública, y cuándo se actualizará la tabla de 2021?».

La pregunta tenía dos destinatarios, el Instituto, que hacía la tabla, y el Ministerio de Hacienda, así que hizo dos escritos iguales, cada uno con su encabezado. Al final de cada uno, la línea de la primera vez, que era de su cosecha: que también él podía estar equivocado. Los imprimió por duplicado y los firmó con el nombre entero y la firma de siempre, sin nada más.

Era sábado, y la ventanilla del sello morado no abría hasta el lunes. Los metió en la carpeta de «Lo pedido y lo respondido», delante de todo. El lunes, antes de abrir, la ventanilla; después, la copia sellada, con su fecha de entrada, en la misma carpeta. Y detrás, cuando llegara, la respuesta. O el silencio, que también era un hecho y también se guardaba. Para esto no hacía falta esperar a ningún juicio: cualquiera podía mandar su pregunta ya.


A media mañana entró un coche que no había visto nunca en el taller: un modelo que aquí no se había vendido, con la chapa limpia como para ir a misa. Lo traía un hombre de sienes grises y acento de otro lado, que se bajó con los papeles del coche en la mano, ordenados. El intermitente de la izquierda no hacía nada, ni deprisa ni despacio.

La bombilla estaba bien. El fusible, también. Quedaba el relé, o el cable hasta el relé, y el relé, en aquel coche, no estaba donde estaba en todos.

—¿No te lo sabes de memoria? —preguntó el hombre.

—De memoria no me fío. Ya me ha pasado buscar una pieza donde está siempre, y que no estuviera.

Buscó en el ordenador el esquema del fabricante, lo siguió con el dedo por la pantalla y encontró el relé debajo del volante, detrás de una tapa, con las patas verdes de sulfato. Lo limpió, lo volvió a pinchar y el intermitente empezó a sonar, tic, tac, como un reloj que vuelve a andar.

Mientras le preparaba la factura, el hombre se fijó en la libreta, que se había quedado abierta encima del banco por la página de las tres columnas.

—¿Eso es del coche?

—No. Es del Estado.

El hombre se rio, y luego vio que no era broma. El padre se lo contó en corto: la Constitución, artículo por artículo; lo que dice cada uno y lo que pasa, con su papel al lado; y lo que no está claro, preguntado por escrito.

—¿Y eso se puede hacer con la de mi país?

El padre lo pensó antes de contestar, como pensaba los presupuestos.

—Eso creo. Cambian los papeles, no la manera. Pero comprobado no está: no lo ha hecho nadie todavía, que yo sepa.

—¿Y cuánto se tarda?

—No te lo sé decir. A mí se me ha ido el otoño, y no he terminado.

—¿Y por dónde se empieza?

Cogió una hoja de presupuesto en blanco y escribió por detrás, con el lápiz corto, una lista. El boletín donde se publican las leyes, entero y vigente. Los tribunales: el que mira la Constitución, el supremo, y los de fuera a los que esté sujeto el país. Quien vigila las cuentas públicas. La estadística, el banco central y la agencia de los impuestos. Un diccionario de la lengua y otro de las palabras de la ley. Y los textos antiguos, que esos son los mismos en todas partes.

—Lo que se busca es lo mismo en todos los sitios —dijo mientras escribía—. Cambia dónde está cada cosa. Como tu relé.

—¿Y dónde está allí?

—Eso no lo sé.

Se lo preguntó a Sofía IA, con la lista y el nombre del país. La respuesta llegó deprisa, con un nombre y una dirección para cada cosa, y debajo:

Sofía IA: No he podido comprobar ninguna. Antes de fiarte de una dirección, mira el título de la página, y mejor pregúntaselo al buscador oficial de cada sitio.

Era la directora desde la noche anterior, y ya se le notaba. El padre no copió los nombres. Debajo de la lista apuntó lo que acababa de decir ella: que lo dijera el sitio oficial, y no uno que lo contara.

Al acabar la factura le preguntó el nombre, y lo escribió arriba de la orden de trabajo: Bienvenido. Bienvenido pagó, dobló la hoja de la lista y se la guardó en el bolsillo de la camisa.

—Si un día lo hago con la mía, ¿te lo traigo?

—Tráemelo.


El resto de la mañana, entre coche y coche, abrió la libreta por una página nueva y escribió arriba, con letra clara: «Para que lo compruebe cualquiera».

Lo primero que apuntó era lo que le había enseñado el taller y no había hecho en casa. El par de apriete no se busca en internet cada vez que se aprieta un tornillo: el manual se tiene entero, en la estantería. Él había hecho lo contrario todo el otoño: buscar, leer, cerrar, y a la semana volver a buscar lo mismo. Para el libro, al revés. Cada papel, entero, bajado una sola vez y guardado con su fecha y con de dónde salió.

Lo segundo ya lo hacía. Lo que estaba en «Comprobado», con su papel al lado, no se volvía a comprobar. Antes de buscar nada, se miraba la columna.

Lo tercero lo vio al repasarla. Dentro de «Comprobado» había cosas que no pesaban igual. Casi todo lo había leído él en su papel: la ley, la sentencia, la cuenta del propio Estado. Pero algunas solo las traía otro, como aquel estudio de los decretos que era de una organización de empresarios y no del Estado, y que apuntó con su cautela. Esas valían, pero se decían como de otro. Y lo que no había leído en ninguna parte no entraba: se quedaba en «Aún no lo sé» hasta que lo leyera.

Luego, el orden, y lo escribió como una orden de trabajo, que era lo que sabía hacer. Primero, qué se quiere saber y con qué se va a medir, antes de mirar ningún dato. Después, los papeles, enteros. Después, cada cosa que se va a decir, con su número, y ninguna borrada sin dejar dicho por qué. Después, cuáles necesitan prueba, las cifras, las citas, los plazos y los artículos, mirando también lo que se queda fuera. Después, comprobarlas, abriendo cada papel una sola vez para todo lo que lo necesite. Después, escribir solo con lo comprobado, cada cosa en su columna. Después, la otra cara: lo mejor que diría quien defiende al Estado, y lo que él no podía probar. Esa ya la tenía; se la habían dado Amparo, Gea y Cándido sin que la pidiera. Y al final, enlazarlo todo de una vez y llevar una hoja de lo corregido, que no se cierra nunca.

Lo de la Constitución lo había hecho ya, sin saber que eran pasos. Pasó las hojas hasta la tabla y lo vio entero. El texto completo, artículo por artículo, sin resumen, que resumir ya es elegir. Por títulos, para no perderse. Cada fila con su papel, o con un «por ver». Lo grave, solo donde alguien de fuera lo había declarado ya, un tribunal o un organismo de control, nunca por su cuenta: veintitrés de los sesenta y nueve que no se cumplían. Al final, del primero al último, mirado que ninguno se había quedado sin su fila: ciento sesenta y nueve filas, ninguna vacía. Y lo que pensaba del conjunto, aparte, al final y dicho como suyo, en la otra columna.

Nada de aquello era de España. Era como el esquema del coche de Bienvenido: cambiaba dónde estaba cada cosa, no cómo se buscaba. Y daba igual quién trajera el dato, Sofía IA, un periódico, Amparo o él mismo. Lo que contaba era el papel.

A mediodía, al cerrar la libreta, se le abrió por detrás, por una de las primeras páginas, llena de tachones. Los fue pasando con el pulgar. Cada uno le había costado algo, una noche o un rato de vergüenza, y ninguno había dejado todavía su regla.

Bajó la persiana. Esa tarde los iba a mirar uno por uno.