Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 48 Encima de la farmacia
El viernes por la mañana, después de dejar a Sofía en el colegio, subió a la gestoría con los papeles del trimestre en una bolsa del supermercado: el talonario de las facturas, los tiques de los recambios y los extractos del banco, todo revuelto. Abajo, la farmacia acababa de abrir, y ya esperaba gente.
El gestor lo vio entrar con la bolsa y miró el calendario de la pared antes de mirarlo a él. Tenía el teléfono entre la oreja y el hombro, y con la mano libre le señaló la silla.
—Tarde —dijo al colgar—. Como siempre. Un día me los traes a tiempo y me da algo.
Fue sacando los papeles y haciendo montones: las facturas a un lado, los tiques a otro, el banco debajo de todo. Con el lápiz marcaba las crucecitas de siempre, donde el padre tendría que firmar. El padre esperó a que acabara.
—Oye. ¿Yo cuánto le pago al Estado?
El gestor levantó la vista por encima de las gafas.
—Lo que firmas aquí cada trimestre. Lo que pasa es que no lo miras.
—Por eso te lo pregunto. Me lo ha preguntado la niña.
El gestor se rio por la nariz y dejó el lápiz.
—Lo tuyo lo tienes en esos papeles, y es tuyo. —Sacó de un cajón una calculadora con los números medio borrados y se subió las gafas a la frente—. Te hago la de uno que saque con su trabajo lo mismo que le cuesta a una empresa un asalariado medio, que es la cuenta que sale en los estudios. Unos treinta y nueve mil quinientos euros al año.
Tecleó un rato, moviendo los labios, como cuando leía un artículo de la ley.
—El autónomo no tiene empresa que cotice por él: la cuota la paga entera. Y la base por la que cotiza la elige él, dentro de su tramo. Si elige la más baja, entre la cuota, la renta, el IVA y lo demás, el Estado se lleva unos cuarenta y dos de cada cien. Si elige la más alta, unos cincuenta y tres. La baja deja más dinero hoy, pero la pensión se calcula con ella.
—¿Y lo demás qué es?
—Lo que pagas sin verlo: los impuestos del ayuntamiento, los de la gasolina, y lo que el Estado gasta de más cada año y se pagará después. La cuota y la renta son seguras. Lo demás lo estima un estudio, y eso ya no te lo juro.
—¿Y con una sociedad? En el bar dicen que es lo que hay que hacer.
—En el bar dicen muchas cosas. —Volvió a teclear—. Con sociedad, la cuota mínima es más alta: más del doble que la más baja del autónomo de a pie. Y la sociedad paga su impuesto aparte. A una que facture menos de un millón de euros, como sería la tuya, este año le toca el diecinueve por ciento de los primeros cincuenta mil euros de beneficio y el veintiuno de lo que pase. Luego está lo que te pagas como sueldo y lo que te sacas como dividendo, que cada cosa paga a su manera. Si te lo pagas todo de sueldo, también unos cuarenta y dos. Si mezclas, según cuánto saques de cada lado, hasta unos cuarenta y ocho.
Dejó la calculadora encima del montón del banco.
—Más o menos lo mismo, con más papeles. Y una cosa que no dicen en el bar: una sociedad está obligada a hacerlo todo con la Administración por internet. Tú todavía puedes ir a la ventanilla, si quieres.
—¿Y lo tuyo?
—¿Lo mío qué?
—Lo que te pago a ti. ¿Eso dónde va?
—A ningún sitio. No es un impuesto, y no sale en ninguna cuenta de lo que se lleva el Estado. Pero lo pagas igual, porque la ley te obliga a guardar cada justificante y a llevar tres libros: el de lo que ingresas, el de lo que gastas y el de lo que compras para el taller y te dura años. —Golpeó la bolsa con el lápiz—. Eso lo hago yo, o lo haces tú, o lo hace alguien a quien pagas. Lo mío, lo de los abogados, lo de los peritos, lo de los arquitectos cuando alguien hace una obra: cuánto suma todo eso, no lo dice ninguna cifra oficial.
—¿Y las horas? Los domingos por la tarde me los paso con los tiques.
—Eso no lo paga nadie. Una asociación de las vuestras dice que un autónomo echa en papeles doscientas veintiséis horas al año: más de cinco semanas de trabajo. —Tecleó otra vez—. Si es verdad, y se pagaran a salario mínimo, saldrían a nueve euros y pico la hora; a lo que cobra uno medio, a dieciséis. Y si tuvieras que contratar a alguien para que te lo hiciera, con lo que paga la empresa a la Seguridad Social encima, entre unos dos mil ochocientos y cuatro mil ochocientos euros al año. Sin contar lo mío.
Lo apuntó todo en la libreta, por detrás, apoyándola en la rodilla.
Antes de que se levantara, el gestor sacó del montón un extracto del banco y señaló una línea con el lápiz.
—Y esto. La comisión por tener la cuenta. Tampoco es un impuesto, y también la pagas. El que guarda dinero en el banco paga tres veces: le dan de interés menos de lo que suben los precios, le cobran por guardárselo, y lo que guarda vale menos cada año.
Sonó el teléfono. El gestor levantó la mano antes de cogerlo.
—Ya te lo dije el primer día: yo no sé lo que es el Estado. Yo sé lo que es un plazo. —Descolgó—. Y el trimestre que viene, a tiempo.
Al bajar, la cola de la farmacia salía por la puerta y seguía un trecho por la acera: gente mayor con su bolsa de tela, una mujer con un carrito, un chico con un mono de trabajo como el suyo. Nadie tenía cara de nada; esperaban, como se espera en todas las colas. Él no miró lo que llevaba nadie en la mano. Pasó por detrás, con la bolsa vacía doblada debajo del brazo, y se fue al taller.
A mediodía, entre un cambio de aceite y unas pastillas de freno, buscó en el teléfono lo del banco. Una asociación de usuarios de bancos había sacado en mayo la media de lo que cobran los principales por mantener una cuenta: unos ciento sesenta y siete euros al año, cuando en 2021 eran ciento diez. Era una asociación, no un organismo, y era el único dato de este año; lo apuntó así. En el Banco de España encontró lo que dan de media los depósitos a plazo de las familias: menos de dos de cada cien, en marzo. Los precios, en agosto, subían más de un cuatro por ciento al año. El gestor tenía razón: quien guardaba, perdía, y encima pagaba por guardar.
En «Comprobado» escribió: «Lo que no es un impuesto también se paga: la gestoría, los libros que manda llevar la ley, el tiempo, la comisión del banco. De casi nada hay cifra oficial. Con sociedad o sin ella, más o menos lo mismo, con más papeles».
Lo de las horas lo puso en «Aún no lo sé»: lo decía una asociación, y su nota no la había leído.
En «Lo que yo creo», pensando en sus domingos: «Que aunque pague la gestoría, los tiques los junto yo, en mi tiempo, y ese tiempo también es carga. Esto es mío».
Gea llegó del trabajo a la hora de siempre, con un sobre en la mano. Lo miró, vio lo que era y lo metió en el bolso sin abrirlo.
—¿Qué te ha dicho el gestor?
—Que tarde, como siempre. Y que con sociedad o sin ella, más o menos lo mismo, con más papeles.
—Eso te lo podía haber dicho yo, y gratis.
Colgó el bolso en la percha de la entrada. Él no le pidió el sobre. Era su nómina, y la abriría ella.
Esa noche, con Sofía dormida y Gea viendo una película en el sofá, volvió a la cola de la farmacia. No a nadie de la cola: a lo que se dice. Lo había oído toda la vida, en la radio del taller y en la cola del mercado: que ahora se toman más pastillas que nunca, que hay más suicidios que antes, que ya no dura ningún matrimonio. Quiso saber cuánto había de verdad en eso, y lo miró despacio, porque detrás de cada número había gente.
De las pastillas miró las que más se nombran, los antidepresivos. Se cuentan en dosis diarias por cada mil habitantes y día. Encontró tres series oficiales, la de la agencia de los medicamentos, la del Ministerio de Sanidad y la de la OCDE con los datos que da España, y le pidió a Sofía IA que las pusiera en una sola línea.
Sofía IA: No las juntes. La OCDE avisa de que su serie se rompe en 2014 y en 2018, y sus cifras de España para 2013 son más bajas que las de la agencia. Cada una, con su fuente.
Lo hizo así, cada una en su renglón, y las tres decían lo mismo. En la de la OCDE, de veintiocho en 2000 a ciento siete en 2024: casi cuatro veces más. Y España, que en 2000 estaba en la mitad de abajo de la lista de los países, en 2023 estaba en el sexto puesto de treinta y uno.
Lo de los suicidios lo miró más despacio todavía. En número eran más: unos mil seiscientos cincuenta en 1980, casi cuatro mil en 2024. Pero hoy hay más gente, y más mayor. Por cada cien mil habitantes, la tasa era casi la misma desde 2005, y ajustada por la edad había bajado desde 2000. España estaba por debajo de la media de los países de la OCDE y de la de la Unión Europea.
Le quedaba una duda. El país había crecido mucho estos años con la gente llegada de fuera, y una media sobre todos podía aguar un cambio. La estadística oficial separa a los de nacionalidad española de los extranjeros desde 2005, y lo miró así: la diferencia era pequeña en la tasa sin ajustar, y desaparecía al ajustarla por la edad. Con los divorcios, lo mismo.
Los divorcios subían hasta 2006 y desde entonces bajaban. El salto grande, de un año al siguiente, coincidía con la ley que dejó divorciarse sin separarse antes. La serie enseñaba el salto; que fuera por la ley era una lectura, y la apuntó como tal.
Y lo que la gente dice tener. La depresión o la ansiedad que no se van se quedaban quietas: entre seis y siete de cada cien, de 2011 a 2023. Lo que subía eran los síntomas graves medidos con un cuestionario: del dos y medio por ciento en 2020 al ocho en 2023.
Ninguna serie decía por qué, y él no se lo iba a poner.
En «Comprobado» lo apuntó con sus límites al lado: «Los antidepresivos, casi cuatro veces más que en 2000, en las tres series. Los suicidios y los divorcios, más en número, y no por habitante. Separar a los españoles de los extranjeros no cambia nada. Los síntomas graves, medidos con cuestionario, suben. Ninguna serie dice por qué».
Y en «Lo que yo creo», con la letra más pequeña: «Que son dos termómetros de lo a gusto que está la gente, y no marcan lo mismo: el de los suicidios se queda quieto, y el de las pastillas sube. Puede que el malestar crezca. Puede que se calme con pastillas lo que habría que atender, y así parezca que no pasa nada. Esto es mío».
Al lado, sin tachar nada, la otra lectura: «O que hoy se diagnostica más, que da menos vergüenza ir al médico y que se llega mejor a él». Podían ser verdad a la vez. Los números no elegían, y él tampoco.
Antes de apagar la luz de la cocina pasó por la entrada. El bolso de Gea colgaba de la percha, con el sobre dentro. No lo tocó.