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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 47 La ventanilla

El jueves por la tarde, cuando subió del taller, Amparo merendaba con Gea en la cocina. Sofía hacía los deberes en su cuarto, con la puerta entornada. Las hojas de las sumas seguían en la mesa, debajo del salero, y Amparo las tenía delante, con las gafas subidas a la frente, que se bajaba cada vez que una cifra le llamaba la atención.

—¿Esto qué es?

—Lo que cobran los de arriba del Gobierno, sumado. Lo he sumado yo, porque no lo suma nadie.

Amparo bajó el dedo por la columna, cifra a cifra, como él repasaba un presupuesto antes de dárselo al cliente, y llegó abajo.

—¿Y los de abajo? —Se quitó las gafas—. ¿Yo cuánto cuesto?

Gea se rio. Él no, porque la pregunta tenía respuesta, y la había buscado la noche antes.

—Eso sí se publica, y todo junto. Lo que pagaron todas las administraciones a su gente en 2024, con lo que cotizan por ellos: unos ciento setenta y tres mil millones de euros. Para algo más de tres millones de personas. Si lo divides, salen unos cincuenta y seis mil euros al año por cabeza, con la cotización dentro. Pero es una cuenta hecha con cifras de fechas distintas: sirve para ver el tamaño, no para saber lo que cuestas tú.

—Pues menos mal.

—Hay otra. —Buscó la hoja—. Lo de Hacienda, con lo que declaran todos los que pagan sueldos. Lo que pagan de media las administraciones a cada uno es un cincuenta por ciento más que lo que pagan los demás.

Amparo dejó la taza en el plato, despacio.

—Esto te lo rebate cualquiera que lo defienda en serio, y empezaría por aquí. Esa media no dice por qué. No sabe cuántas horas trabaja cada uno, ni cuántos meses al año, ni los años que lleva, ni lo que ha estudiado. Y fuera hay muchos contratos de unos meses o de media jornada, que bajan la media de allí sin que nadie cobre menos por hora. Tampoco dice si es justo: eso ya es opinión. Y en «administraciones» van maestros, médicos, enfermeras, policías y militares. No solo los de la ventanilla.

—Eso es verdad. Lo apunto como está.

Lo apuntó, y debajo de la tabla de la noche anterior escribió lo que faltaba: «La media no dice por qué». Luego pasó a la lista que tenía empezada a un lado de «Comprobado» y añadió una línea a «Lo que gana Amparo»: que en las administraciones va mucha gente, y que una media sin las horas ni los años no dice quién cobra de más.

Amparo se volvió a poner las gafas, miró otra vez la columna de los de arriba y no dijo nada de ella.

Se fue cuando empezaba a oscurecer. Ya en la puerta, con el bolso al hombro, se paró.

—¿Sabes lo que más noto? Que a la ventanilla la gente viene cada vez más enfadada. Por cosas que no he hecho yo, como siempre, pero cada vez más. —Se encogió de hombros—. La gente es peor que antes.

—Eso no lo sé. Déjame mirarlo.

—Tú y tus mirarlo.

Pero no se fue. Se quedó con la mano en el marco, mirando el rellano.

—Y no te creas que no lo entiendo, al que llega enfadado. Cuando murió mi abuelo, me tocó estar al otro lado, con mis padres. La casa y unos ahorros: lo que él juntó en toda su vida, pagando por todo. Y para quedárselo mis padres, a pagar otra vez. Lo que pagas, además, depende de la comunidad, que cada una tiene la suya. Yo, que me sé esos papeles de memoria, sentada en la silla de enfrente al lado de mi madre, como cualquiera. Y no le pude ahorrar ni un papel.

—No me lo habías contado.

—A Gea sí. —Se colgó mejor el bolso—. ¿Y qué iba a hacer? Pagar. La compañera que me atendió hizo lo que tenía que hacer: su plantilla, sus casillas, y a la siguiente. Yo habría hecho lo mismo. La plantilla te resuelve muchas cosas, y si te sales de ella, el error es tuyo.

Bajó un escalón y se volvió.

—Así que, cuando te pongas con lo tuyo, acuérdate de que los de dentro también heredamos. Y el día que me toque a mí, otra vez.


Esa noche siguió sumando, por si acaso, los cargos de los ayuntamientos de su provincia, uno a uno, a sabiendas de que no iba a acabar. Gea apareció en la puerta de la cocina, en pijama, con un vaso de agua.

—¿Qué sumas a estas horas?

—Lo que no suma nadie.

Ella miró las hojas llenas de números y se sentó un momento a su lado.

—Hombre, por lo menos está. Cualquiera lo puede mirar. Y lo que no está, lo puedes pedir, ¿no?

Era la mejor defensa, y era verdad. Lo buscó, y estaba en la ley con todas las letras: «Todas las personas tienen derecho a acceder a la información pública». Cada dato que él había sumado lo publicaban porque la ley les obligaba a publicarlo. A lo que la ley no les obligaba era a sumarlo.

—Pues pídelo sumado —dijo Gea—. Por escrito, como lo de la carta. Y la copia, a la carpeta.

Buscó cómo se pide. Lo puede pedir cualquiera, y no hace falta decir para qué. Tienen un mes para contestar, que pueden alargar otro si es mucho trabajo; y si no contestan, la respuesta es que no. Contra eso, todavía queda reclamar a un consejo que vigila la transparencia, en otro mes. Escribió una sola pregunta: cuánto cobraron en total, el año pasado, los altos cargos, los asesores y los cargos elegidos de todas las administraciones. La firmó, la mandó y grapó la copia en la carpeta de cartón.

Antes de acostarse abrió la Biblia de su madre, que seguía en la mesa desde el domingo en que la sacó del armario, y buscó una línea que conocía de oídas. Estaba en el Evangelio de Lucas: «Porque nada hay encubierto, que no haya de ser descubierto; ni oculto, que no haya de ser sabido».

No decía que nadie lo escondiera. Él tampoco lo había encontrado: sumarlo no estaba prohibido; solo no era obligatorio. Pero sí decía cómo acaba lo que se tapa.

En «Comprobado» escribió: «Se publica cada pieza, y la suma no. La ley obliga a publicar cada dato; nadie está obligado a publicar la suma. La de los de arriba del Gobierno la he hecho yo: en un año, cerca de setenta millones. La de las comunidades y los ayuntamientos no la puede hacer un hombre solo. Tiene su razón: está todo, y cualquiera lo puede pedir. No he encontrado que se esconda a propósito».

Lo suyo fue a la otra columna: «Que lo que se publica suelto cumple la letra y no el fin. Un montón de piezas sin la tapa no es un puzle: es un montón».


Ya tarde, con Gea dormida, volvió a lo de Amparo. Si la gente es peor que antes.

Lo había oído toda la vida, en la radio del taller, en la cola del mercado, a su madre. Lo buscó, y lo primero que encontró fue que eso mismo lo cree casi todo el mundo. Un estudio lo había medido con más de doce millones de personas: en al menos sesenta países la gente cree que la moral va a peor, y lo cree desde hace setenta años como poco. Pero cuando se mira lo que la gente dice de sus contemporáneos, año tras año, no ha bajado, «lo que sugiere que la percepción del declive moral es una ilusión». Y la sensación se atenúa, o desaparece, cuando se pregunta por la gente que uno conoce bien.

Un equipo de fuera lo repitió en 2024, y le salió casi lo mismo. Sofía IA le encontró también una crítica, de unos filósofos, que sostiene que el argumento del estudio no se tiene en pie. Él pidió el texto, y solo había una transcripción. La apuntó al lado, con su nota: leída de segunda mano.

Luego miró lo de aquí. Hay una encuesta que pregunta si se puede confiar en la mayoría de la gente, de cero a diez. En 2014 la media era de cuatro con setenta y cuatro; en 2026, de cinco con cincuenta y ocho. La confianza entre la gente es más alta que hace doce años. Lo que no aprueba es otra cosa: otro estudio decía que la convivencia se valora bien, y que ninguna administración, ni la del ayuntamiento, ni la de la comunidad, ni la del Gobierno, ni la de Europa, consigue el aprobado.

Al final encontró una carta de 1887. Un historiador inglés se negaba a juzgar al Papa y al Rey con una presunción a su favor; si había alguna, escribió, era la contraria, contra quienes tienen el poder. Y una frase que conocía de oídas y no sabía de dónde venía: «El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente».

Pensó en la ventanilla de Amparo. La gente que llega enfadada por cosas que no ha hecho ella, y Amparo, que no les ha hecho nada. Ninguno de los dos tenía que actuar de mala fe para que acabaran discutiendo: los ponía enfrente el diseño, como había visto con las leyes que obligan a decidir deprisa.

Y el diseño tampoco la había respetado a ella. Antes de apagar, buscó lo de la herencia. No había una sola cuenta, sino capas, y cada una la cobraba alguien distinto. Arriba de una hoja nueva escribió «Las capas», y debajo: «El mismo patrimonio puede pasar por varias sin coordinación entre ellas: la renta al ganarlo, el impuesto sobre bienes inmuebles cada año, el de sucesiones al heredarlo, la plusvalía si subió de valor».

Lo que Amparo había dicho de la comunidad también estaba: cada una tenía su propia norma del impuesto. Y en el informe de una asociación de asesores fiscales encontró que, entre 2011 y 2018, las renuncias a herencias se habían triplicado en varias comunidades; lo achacaba a las deudas, la mayoría hipotecarias, y sobre todo a la carga fiscal, alta en algunas comunidades.

Debajo escribió lo que le ponía el freno a todo lo anterior: «Es un fallo de coordinación entre administraciones, no una prueba de intención». Nadie en esa cadena le había querido hacer daño a Amparo ni a sus padres. Ni la compañera de la plantilla, ni ella, que atendía a otros con la suya. Los de dentro también son hijos, y padres, y hermanos, y amigos de alguien. El engranaje no lo pregunta.

Debajo, en «Comprobado», una línea sola: «El problema no está en la gente».

Y en «Lo que yo creo», debajo de lo del puzle, más pequeño: «Que los problemas de ahora los ha creado el sistema. Esto es mío».

Lo apuntó para decírselo a Amparo el próximo día que viniera, y con cuidado: ella trabajaba en la parte que no aprobaba, y no era por ella.