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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 8 Crónica: Los avisos

En Israel, en un libro que se fecha hacia el siglo VII antes de Cristo, quedó escrita una ley que decía lo contrario que la del hijo del constructor: «Los padres no morirán por los hijos, ni los hijos por los padres; cada uno morirá por su pecado». Cada uno responde de lo suyo.

Otro libro de Israel, que se fecha entre el 622 y el 586 antes de Cristo, cuenta que el pueblo pidió un rey, y que antes de dárselo se le avisó de lo que ese rey le iba a tomar: «El diezmará vuestras simientes y vuestras viñas […] Diezmará también vuestro rebaño, y seréis sus siervos». La décima parte ya se contaba como servidumbre. Y más adelante, cuando un rey le contestó al pueblo «Mi padre agravó vuestro yugo, pero yo añadiré á vuestro yugo», el reino se dividió.

Hacia el 594 antes de Cristo, en Atenas, el que redactó sus leyes «dio leyes por las que canceló todas las deudas, públicas y privadas». Lo llamaron la descarga de fardos.

Un griego de los siglos VI o V antes de Cristo dejó escrito que «todas las leyes humanas se nutren de una sola, la divina». Por encima de la ley que escriben los hombres había otra, y de ella comían todas.

En China, un libro que se fecha hacia los siglos IV o III antes de Cristo decía: «El pueblo pasa hambre porque los de arriba consumen demasiados impuestos». Y también: «cuantas más prohibiciones, más pobre el pueblo; cuanto más se exhiben las leyes, más ladrones hay».

En el siglo IV antes de Cristo, un filósofo griego separó lo justo que pone la ley de lo justo por naturaleza: «natural es lo que en todas partes tiene la misma fuerza, y no porque a alguien le parezca bien o no». Del interés del préstamo dijo que es «dinero nacido del dinero», y que «de todos los modos de ganar, este es el más contrario a la naturaleza».

Por los mismos años, en China, un sabio escribió que «cualquiera que de pronto ve a un niño a punto de caer a un pozo siente sobresalto y compasión», sin que nadie se lo haya enseñado. Y de los que mandan dijo: «El pueblo es lo más valioso; los altares del Estado le siguen; el gobernante es lo de menos». A los gobernantes de su tiempo los acusaba de que «roban al pueblo su tiempo, de modo que no puede arar para alimentar a sus padres».

En tres tierras lejanas, y en tres lenguas, se avisaba de lo mismo: que cada uno responde de lo suyo, que por encima del que manda hay una ley que él no escribe, que los impuestos sin medida empobrecen, que el tiempo del pueblo es del pueblo y que las deudas, a veces, hay que soltarlas.