Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 7 Presunto
Amparo, la amiga de Gea, llegó el domingo a la hora de comer, con una caja de pasteles atada con cinta. Se conocían desde el instituto. Era de esas personas que entran en una casa y al momento ya han puesto la mesa sin que nadie se lo pida. Llevaba toda la vida en la Administración, en una oficina adonde la gente llegaba enfadada por cosas que no había hecho ella, y había aprendido a no tomárselo como algo suyo.
Sofía comió deprisa, se llevó un pastel a su cuarto y les dejó la sobremesa.
Fue Gea la que sacó el tema, con el café.
—Cuéntale lo de tu casa.
Él no quería. Le daba apuro enseñarle aquello a alguien que sabía de leyes. Pero Gea ya había ido al cajón, y la hoja de las plantas estaba encima del mantel.
Amparo la leyó entera, de abajo arriba, sin decir nada, con el café enfriándose. Cuando llegó al tejado la dejó en la mesa y la alisó con la mano.
—Está bien hecha —dijo—. Mejor que muchas cosas que me llegan a mí. Pero te voy a decir una cosa, y no te enfades.
—Para eso ha venido —dijo Gea.
—Esto que tú llamas lo que el Estado da por cierto sin probarlo tiene un nombre. Se llama presunción. Y en la ley está con su nombre: los actos de la Administración se presumen válidos. Lo pone así, tal cual.
Él cogió el lápiz y lo apuntó en una esquina de la hoja. Presunción. Llevaba semanas dándole vueltas a una cosa sin saber que tenía nombre.
—¿Y sabes por qué? —siguió ella—. Porque si no, no funcionaría nada. Si cada licencia, cada multa y cada liquidación tuviera que pasar antes por un juez, la licencia del taller te la daban cuando la niña estuviera casada. Lo que hacemos se puede recurrir. Y lo que tiene un vicio grave es nulo, empezando por lo que pisa un derecho de los que ampara el Constitucional. Tampoco te creas que trabajamos como queremos: entre nuestros principios, la ley pone, tal cual, «Buena fe, confianza legítima y lealtad institucional». Eso no tiene que pedírnoslo nadie. Nos lo pide la ley.
Él lo pensó. Era verdad. Un taller tampoco podría trabajar si cada cliente pidiera un perito antes de dejarle las llaves.
—En eso tienes razón —dijo—. Sin eso no funcionaría.
—Pues ya está.
—Ya está no. —Dio con el dedo en la planta del poder sobre el ciudadano—. Si para funcionar tenéis que dar por bueno lo vuestro sin probarlo, es porque no podríais probarlo todo. Eso es lo que me estás diciendo.
—Pues claro. —Ella se rio—. Por eso se llama presunción. Lo raro sería que no lo fuera.
—¿Y lo de que todos nos sabemos todas las leyes? Eso también está.
—Ahí te doy parte de razón. Nadie se las sabe, ni yo. Pero si bastara con decir «no lo sabía», nadie cumpliría ninguna. Hoy no hay latín ni secreto: se publican gratis, en español, para quien las quiera leer. Y no todo lo que sale en el boletín son normas, que también salen nombramientos, oposiciones y anuncios.
—Y no todas van contra ti —añadió—. La más conocida va a tu favor: la presunción de inocencia. Si te acusan de algo, lo tiene que probar el que acusa. Esa también es una presunción, y es de las buenas.
Él no tenía nada que contestar a eso, y no lo intentó.
—Y ahora te pregunto yo una cosa. —Dejó la taza en el plato—. Tú mides todo esto con algo. ¿Con qué? Yo, cuando tengo una duda, miro la ley, y si la ley no me la resuelve, miro la Constitución. Esa es mi vara. Con ella se mide todo lo demás. ¿Y la Constitución con qué se mide?
—Aún no lo sé.
—Pues ten cuidado —dijo ella, sin ninguna mala intención—. El que elige la vara elige el resultado. Si mides al Estado con lo que a ti te parece, siempre te va a salir torcido.
—Pues ya tienes deberes —dijo Gea, que recogía las tazas.
En la puerta, con el abrigo puesto, Amparo se volvió.
—Y si un día mandas un escrito, enséñamelo antes. No para quitarte la razón. Para que no te lo tiren por una tontería.
El lunes, en el coche, camino del colegio, la radio dio la noticia de un robo y dijo que el presunto autor había sido detenido. La niña preguntó qué era presunto. Le contestó lo que pudo, que creían que había sido él pero no estaba probado, y le prometió mirarlo mejor. Desde el domingo la palabra le salía por todas partes.
Esa noche no abrió la carta. Abrió la palabra.
Encontró que tenía vecinas, y que la gente las mezclaba sin darse cuenta. Las fue poniendo en el margen de la hoja, como los peldaños de una escalera, para no confundirlas nunca más. Cuatro palabras. La verdad, lo que se comprueba con su fuente. La presunción, lo que se da por cierto sin haberlo probado, que todavía no se sabe si es verdad o falso. Lo falso, lo que la norma o el dato demuestran que no es así. Y la mentira, lo falso dicho sabiendo que es falso.
La última era la que más le costó. Un teólogo de hace siglos la había explicado mejor que nadie: «es contra la naturaleza, e indebido, que alguien diga con su palabra lo que no tiene en la mente». Lo que no tiene en la mente. Para llamar mentira a algo había que saber lo que el otro tenía en la cabeza, y eso casi nunca se sabe. Pensó en el señor de la radio, en la clienta de la hucha, en el hombre del vídeo de los toldos. Ninguno mentía, que él supiera. Repetían.
Luego vio que la ley usaba la palabra con más cuidado que la gente. Sofía IA le hizo un resumen que sonaba muy bien, y él se fue al artículo. Para los pleitos, la ley de enjuiciamiento dice cuándo vale una presunción. Lo leyó varias veces, porque estaba escrito para abogados: «Tales presunciones sólo serán admisibles cuando la certeza del hecho indicio del que parte la presunción haya quedado establecida mediante admisión o prueba». Lo pasó a sus palabras: una presunción solo vale si el hecho del que sale está probado o admitido. Y entre ese hecho y lo que se presume tiene que haber un «enlace preciso y directo», y el juez tiene que razonarlo.
Esa ley era para los pleitos, no para todo. Pero como regla para medir le servía.
Volvió a la hoja de la casa y fue planta por planta preguntando por el hecho del que salía cada cosa. Que el pueblo dijo que sí: salía de un referéndum, que existió. Pero el sí de los que no votaron, ¿de qué hecho salía? Que cada uno acepta lo que le toca al nacer: salía de un registro que no le preguntó nada a nadie. Que todo el mundo conoce las leyes: buscó cuántas páginas se publicaban, y solo en un año habían salido más de un millón entre el boletín del Estado y los de las comunidades. Amparo tenía razón en que se publicaban. Lo que él no veía era que lo publicado se pudiera conocer.
Encontró también que tenía razón en lo otro. La Constitución reconoce a todos el derecho «a la presunción de inocencia», y la ley presume a favor de uno más cosas de las que él creía: la buena fe, por ejemplo, que «se presume siempre». Las presunciones no iban todas del mismo lado. Las del edificio, sí.
En «Comprobado» copió la escalera, con lo de la inocencia debajo. En «Lo que yo creo» escribió que una presunción no es una mentira, pero tampoco es roca.
El martes por la mañana faltaban las galletas, y la niña, que no sabía la palabra, le dio a su padre la lección del tribunal con la boca llena de razón: «Que lo demuestre el que acusa». Las galletas se las había comido Gea.
En el taller, con la cabeza metida en el motor de una furgoneta, se le volvía una y otra vez lo que le había dicho Amparo. ¿Con qué mides? El que elige la vara elige el resultado.
Tenía razón, y le escocía. Él no había elegido ninguna vara. Había ido mirando cosas, con el papel delante, y le habían ido saliendo torcidas. Pero ella preguntaba otra cosa: con qué sabía que estaban torcidas.
Pensó en cómo miraba un coche. Lo miraba en dos pasos, aunque nunca se lo había dicho así a nadie. Primero, si lo que le contaban era verdad: el cliente dice que hace un ruido, y lo primero es oír el ruido. Los hechos, cada uno con su prueba. Y después, cómo andaba el coche. Un coche no se juzga por el folleto ni por la factura: se juzga por cómo anda. Y un trato del taller se medía igual: si no le hacía daño a nadie, si valía lo mismo para el que cobra que para el que paga, si el cliente había dicho que sí antes de que le tocaran el coche, y si salían ganando el cliente y el taller.
Por la noche lo escribió arriba del todo, encima de las columnas, para no olvidarlo: primero, los hechos, con su fuente; después, lo que hacen. Si dañan a alguien. Si valen igual para el que manda y para el que obedece. Si hubo un sí. Si sale ganando cada uno.
Quedaba lo otro que había dicho ella, y no se lo quitó de encima: la vara la elegía él. No había manera de medir sin elegir con qué. Pero vio que la Constitución también había elegido la suya, y lo decía en su primer artículo: que «propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político». Ninguna vara era neutral. La honrada era la que se decía antes de medir.
Así que haría lo que hacía con los presupuestos: decirla antes. Escribirla arriba, para que el que la leyera supiera con qué se había medido y pudiera no estar de acuerdo. Y poner cada cosa con su papel, para que sirviera con cualquier vara, también con la de ella. Y medirse con la misma vara a sí mismo.
Debajo de la hoja seguía la carta del escudo. Por la tarde, cuando él le enseñó las cuatro palabras, la niña le había preguntado si era verdad, presunción, falso o mentira, y él le había dicho lo de siempre: que aún no lo sabía, que le dejara mirarlo.
La sacó del sobre, la desdobló encima de la mesa, con la vara escrita en la hoja de al lado, y se puso a leerla entera, por primera vez, sabiendo ahora lo que buscaba.