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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.

Capítulo 22 Papá, ¿lo de siempre es para siempre?

Esa noche buscó la costumbre. La había dejado para otro día, y el otro día había llegado con un rotulador en la mano.

Le preguntó a Sofía IA de dónde salía eso de que la costumbre es una ley.

Sofía IA: Lo he visto citado en muchos sitios, pero no he leído el original. Esto no lo he podido comprobar. Míralo tú.

Ya no era la primera vez que se lo decía. Él asintió delante de la pantalla, como si ella pudiera verlo, y fue a mirarlo.

Lo encontró en Isidoro de Sevilla, que lo había escrito hace siglos: la costumbre es «lo aprobado por la antigüedad, o ley no escrita». Nadie la escribe; nace de que todos hagan lo mismo durante mucho tiempo. Hasta ahí, los de sexto tenían su parte: la portería era suya por costumbre.

Pero una costumbre no se mide por los años que tiene. Se mide como todo lo demás, por lo que hace: si daña a otro que no ha dicho que sí, si valdría igual dándole la vuelta. Y encontró un ejemplo que le hizo dejar el lápiz. Julio César contaba que entre los germanos robar fuera de la propia tribu no era ninguna vergüenza, y que decían hacerlo para entrenar a los jóvenes y quitarles la pereza. Era su costumbre, y la tenían por buena. En la misma página contaba que esos mismos tenían por impío hacerle daño al huésped. Lo apuntó todo, lo malo y lo bueno, y apuntó también quién lo contaba: un romano, hablando de otro pueblo, hace muchos siglos. No era de nadie de hoy.

La otra mitad de la pregunta la encontró en un jurista romano: hasta las leyes pueden quedar abolidas «por el consentimiento tácito de todos, mediante el desuso». Es decir, cuando todos, sin decir nada, dejan de cumplirlas.

En «Comprobado» escribió: «La costumbre es ley no escrita. Pero lo de siempre no es bueno por ser de siempre: se mide por lo que hace. Si daña a otro que no ha dicho que sí, no pasa. Y lo que nace de que todos lo hagan no es para siempre».

Por la mañana, Sofía desayunaba con la cuchara en el aire, esperando.

—¿Lo has mirado?

—Lo he mirado. Pero primero te pregunto yo. ¿Los de sexto os preguntaron si os parecía bien?

—No.

—¿Y a ellos les gustaría que la portería fuera vuestra siempre?

—¡Ni de broma!

—Pues ponte un momento dentro de su pellejo. ¿Por qué crees que la quieren?

Sofía arrugó la nariz, pensando.

—Porque son mayores. Y porque juegan mejor.

—Puede ser. Pregúntaselo: a lo mejor tienen una razón que tú no sabes. Lo que sí te digo es esto: que una cosa haya sido siempre así no la hace buena, ni la hace para siempre. Hay costumbres buenas, como las lentejas del domingo. Y hay costumbres que hacen daño a otro que no ha dicho que sí. Esas no valen, por muchos años que tengan.

—Pues mañana se la quitamos nosotros. Toda la semana.

—¿Y luego?

Sofía lo pensó con la cuchara en la boca.

—Luego nos la quitan ellos otra vez.

—Entonces tendríais la misma costumbre, con otro dueño. No se trata de castigar a nadie, hija. Se trata de arreglarlo. Lo torcido se endereza, no se tira.

—¿Y cómo se endereza?

—Como lo de la carta. Se pregunta, y se pregunta donde toca. ¿En tu clase no votáis las normas del recreo?

—En la asamblea.

—Pues ahí.

Gea, que fregaba su taza, se rio sin darse la vuelta.

Sofía se quedó callada un rato. Luego fue a por la mochila.

—Mamá, ¿me dejas las tizas de colores?

—¿Para qué?

—Es un secreto.

Gea la miró un momento, sacó la caja del cajón de las manualidades y la metió ella misma en la mochila, al lado del bocadillo.

El día de la asamblea, en la cena, Sofía lo contó todo de un tirón, con la boca llena.

—Traga, que no se te entiende —dijo Gea.

Sofía tragó.

—La señorita dejó hacer un juicio. Pero no a los de sexto: a la norma. La escribió en la pizarra: «La portería es de los de sexto porque siempre ha sido suya». Y cada uno tenía que decir qué votaba y por qué. Si no decías por qué, no valía.

—¿Y qué votó la gente?

—El de las gafas dijo que se quedara como estaba. Que si siempre ha sido así, por algo será.

—Por algo será, sí. Eso hay que mirarlo, porque a veces es por algo bueno.

—Por eso a los de sexto les dejaron hablar los últimos. Dijeron que cuando ellos eran pequeños tampoco la tenían, y que esperaron. Que ahora les toca a ellos.

—¿Y eso es verdad?

—Sí. Tenían su parte de razón. Lo dije yo.

El padre dejó el tenedor en el plato. Un juicio que solo oye a una parte no convence a nadie. Eso lo creía él desde hacía tiempo, y su hija lo acababa de hacer en el patio.

—¿Y cómo acabó?

—Por turnos. Un día ellos y otro día los demás. Y la raya del campo, que ya no se veía y nadie sabía dónde acababa el área, la pintamos otra vez. Con los de sexto delante, para que nadie dijera luego que la habíamos movido. Con las tizas de mamá.

Gea no dijo nada. Le sirvió a Sofía otro trozo de tortilla.

—¿Y castigaron a alguien?

Sofía lo miró como si le hubiera preguntado una tontería.

—¿Por qué? Si ya está arreglado.

Mientras Sofía se ponía el pijama, él buscó en el móvil si lo de la raya tenía nombre. Lo tenía, y estaba en el Código Civil: «Todo propietario tiene derecho a deslindar su propiedad, con citación de los dueños de los predios colindantes». No acusa a nadie de haber movido el mojón. Pide que se vuelva a marcar, con unos y otros delante. Y encontró también, escrito hace mucho, lo que su hija había dicho sin pensarlo: «No paguéis á nadie mal por mal».

Lo apuntó de pie, en la encimera. En «Comprobado»: «Cuando no se ve dónde acaba lo de cada uno, se vuelve a marcar, con unos y otros delante. No es acusar a nadie. Y corregir no es vengarse». Y en «Lo que yo creo»: «Que mi hija lo ha entendido antes que yo».

Cuando fue a apagarle la luz, Sofía todavía estaba despierta, con la manta hasta la nariz.

—Papá. Lo de la portería se fue torciendo poco a poco, ¿verdad? Un recreo y otro, y nadie se daba cuenta.

—Eso parece.

—Como tu árbol del dibujo. El que se iba yendo.

Él se quedó en la puerta, con la mano en el interruptor.

—Me debes una —dijo Sofía—. La de los árboles. ¿Nosotros dónde estamos?

Era la pregunta del dorso de la hoja. Desde aquel día había contestado todas las demás, y esa la había ido dejando para el final.

—Esa todavía no la sé. Déjame mirarlo.