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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.

Capítulo 21 Papá, ¿cuánto le pagas al Estado?

Esa noche Gea se sentó a la mesa con un sobre del trabajo.

—Si vas a sumar, empieza por esto —dijo, y sacó su nómina—. Esto es un papel, no lo que yo crea.

Él la cogió. Arriba, el sueldo bruto. Debajo, lo que le quitaban de cotizaciones y de impuesto sobre la renta. Abajo del todo, lo que le llegaba al banco.

—¿Y esto es todo?

—Es lo que pone. —Gea se quedó mirando la línea del impuesto—. Y otra cosa, que no sé si es verdad. Este año me subieron el sueldo, y no lo noto. Será que todo está más caro.

Esa noche buscó lo que no ponía, y Gea no se fue a la cama: se quedó al otro lado de la mesa, con la nómina delante, como quien vigila una olla. Lo primero que encontró fue que la nómina no lo cuenta todo: lo que la empresa paga por Gea a la Seguridad Social no sale en la nómina, y es un buen trozo más.

—¿Más? —Gea le dio la vuelta al papel, por si estaba detrás—. Aquí no viene.

—Por eso. Por eso la carga se mide sobre lo que cuesta el trabajo, no sobre lo que pone el papel.

—Pues eso lo pone la empresa —dijo ella—. No es mío. Es dinero suyo.

Eso era lo que se decía, y quiso saber si era verdad. Entre los que pagan esa parte están también las administraciones, por su propio personal: el ayuntamiento, por los que trabajan en el ayuntamiento; el Estado, por los suyos. Y eso lo pagan con impuestos. Las estadísticas lo juntan todo y no separan una cosa de la otra.

—Ya —dijo Gea—. Pero la paga el que contrata, ¿no? Sea quien sea.

También era verdad: esa parte la paga el que contrata, sea quien sea, y así se apunta en las cuentas de todo el país. Lo apuntó al lado, con las palabras de ella.

—¿Y al final cuánto es? —preguntó ella—. Dímelo en redondo.

Encontró la cuenta hecha para un trabajador medio. No era Gea exactamente, y se lo dijo así, para no hacerle decir al papel lo que no decía. De cada cien euros que cuesta su trabajo, más de cuarenta se van en cotizaciones y en impuesto sobre la renta. Y, con los demás impuestos de cada año, cerca de la mitad.

Gea no dijo nada. Dobló la nómina, la desdobló y la alisó con la mano.

—Pues en la radio dicen que aquí se paga menos que en Europa.

—Lo dicen también en la del taller, todas las mañanas.

Lo buscó, y era verdad: la cifra que se publica estaba por debajo de la media de la Unión Europea. Pero esa cifra es lo que recauda el Estado comparado con todo lo que se produce en el país, entre todos.

—Es una media de todo —le dijo—, no lo que le quitan a una persona. Para saber lo tuyo hay que mirar lo tuyo.

—¿Y tú? —dijo Gea—. Que siempre miramos lo mío.

Él no tenía empresa que cotizara por él: la cuota de autónomo la pagaba entera, todos los meses, por tramos según lo que ganaba, fuera bueno o malo el mes. Y luego estaba lo que no es un impuesto, pero se paga igual: la gestoría que le lleva los papeles del taller, porque él no sabría. Encontró que una asociación de autónomos calculaba que cada autónomo se pasa más de cinco semanas al año en trámites. No era un organismo, y lo apuntó así. Pero él lo reconoció en sus domingos.

—Eso explica tu humor de los domingos —dijo Gea, que se había cambiado de silla para leer por encima de su hombro.

—¿Y lo mío? Lo de que me suben y no lo noto.

Eso le costó más, y lo encontró pasada la medianoche, cuando ella ya bostezaba. El impuesto sobre la renta va por escalones: cuanto más arriba, más se paga. Esos escalones no se habían puesto al día desde la reforma de 2014, salvo uno que se añadió arriba del todo, para los que más ganan. Los precios, en cambio, habían subido desde entonces más de una cuarta parte.

—O sea, que si me suben lo mismo que los precios…

—Compras lo mismo que antes. No eres más rica. Pero una parte más grande de tu sueldo cae en los escalones de arriba, y pagas más.

—¿Y quién lo ha subido?

—Nadie. Ninguna ley ha subido el impuesto. Ha bastado con no mover los escalones.

Antes de cerrar, miró si alguien lo había compensado, y en parte sí: a los que menos ganan se les ha ido ampliando una rebaja que compensa una parte. Era verdad, y lo apuntó.

En el Evangelio, Juan el Bautista les dice a los que cobraban los impuestos: «No exijáis más de lo que os está ordenado». Él lo leyó a su manera, y lo apuntó como suyo: aquí nadie había ordenado más, y se cobraba más.

—Y también nos dan —dijo Gea, ya de pie, con la mano en el interruptor—. Que no se te olvide.

No se le olvidaba, y lo apuntó también: el médico, el colegio de la niña, la pensión de su madre, que llega todos los meses. Eso también era verdad. Lo que encontró es que el Estado cobra con precisión de reloj, y devuelve con resultados desiguales.

Solo, con la luz del pasillo ya apagada, en «Comprobado» escribió: «De cada cien euros que cuesta el trabajo de un asalariado medio, más de cuarenta van a cotizaciones y renta, y cerca de la mitad con los demás impuestos de cada año. La nómina no enseña lo que paga la empresa, y una parte de lo que paga “la empresa” la paga una administración, con impuestos. La cifra de la radio es verdad, pero es la media de todo el país, no lo de nadie. Si los escalones no se mueven y los precios sí, se paga más sin que nadie suba el impuesto. El autónomo paga su cuota entera. Y se recibe: médico, colegio, pensión. Cobra con precisión; devuelve desigual».

Y en «Lo que yo creo»: «Que lo que sube sin que nadie lo vote se ve mucho menos que lo que se vota».


Al día siguiente, Sofía estaba haciendo un dibujo en la mesa de la cocina. La nómina de Gea seguía allí, debajo del salero, y Sofía la había leído entera, como lo leía todo.

—Aquí pone el nombre de mamá, y al lado un número muy largo. ¿Mamá es ese número?

—Para ese papel, sí. Para nosotros, no. —Se sentó a su lado—. Escúchame. Cada persona es única e irrepetible, por todo lo que le ha tocado vivir. No hay otra como tu madre, ni otra como tú. El número sirve para que el papel no se equivoque de persona. Nada más.

Sofía se quedó mirando el número un rato. Luego le dio la vuelta a la nómina, para que no se viera, y siguió pintando.

—¿Ya sabes cuánto pagas?

—Más o menos. Mira. Imagínate que por ese dibujo te dan diez caramelos. Antes de que te lleguen, se quedan casi cinco por el camino.

Sofía levantó la cabeza.

—¿Casi la mitad? ¿Y qué hacen con mis caramelos?

—Con una parte, tu colegio. Con otra, el médico. Con otra, la pensión de la abuela. Y con otra, cosas que no se sabe bien, porque no se publican sumadas.

—Como el puzle.

—Como el puzle. Sin tapa.

—¿Y la madre de la de la trenza? Trabaja en el ayuntamiento. A ella, lo de la empresa, ¿quién se lo paga?

—El ayuntamiento.

—¿Y el ayuntamiento de dónde lo saca?

—De los impuestos. De los caramelos de todos.

—¡Pues entonces no es de la empresa!

—Se apunta como si lo fuera, y la ley dice que lo paga el que contrata, que es verdad. Lo que no se separa es cuánto sale de los caramelos de todos.

Sofía cambió de rotulador y se quedó pensando.

—¿Y si a mamá le suben el sueldo?

—Paga más. Y eso es justo, si gana más. Lo raro es otra cosa: si se lo suben solo lo que suben los precios, compra lo mismo que antes, y paga más igual. Porque el impuesto va por escalones, y los escalones no se mueven.

—Es como si no me cambiarais las zapatillas cuando me crece el pie —dijo Sofía—. Cada vez aprietan más, y nadie las ha encogido.

Él se rio.

—Igualito.

—¿Y si yo no quiero darlos?

—Se dan. Es la ley, y hay que cumplirla. Lo que sí puedes es preguntar en qué se gastan. Eso también es la ley.

Sofía siguió pintando un rato. Luego dejó el rotulador.

—Hoy los de sexto se han vuelto a quedar con la portería. Dicen que es suya porque siempre ha sido suya. Papá, si una cosa ha sido siempre así, ¿ya es para siempre?

Él la miró. Era la pregunta de la costumbre. La que había dejado para otro día.

—Esto aún no lo sé. Déjame mirarlo.