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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.

Capítulo 14 Papá, ¿quién le dio el poder al primer Estado?

El sábado hicieron una barbacoa en el campo con los tíos. El padre se puso el delantal y se plantó delante del cochinillo con el cuchillo grande, muy serio, como un cirujano.

—Hija mía —dijo—, hay que seguir a los grandes maestros de la historia. Como decía mi maestro Jack el Destripador: vayamos por partes.

Los tíos se rieron. Gea le dio un codazo.

—No le enseñes esas cosas a la niña.

—¿Quién es ese? —preguntó Sofía.

—Nadie que tengas que conocer —dijo Gea.

—¿Y eso lo dijo de verdad?

El padre levantó el cuchillo y se quedó pensando.

—No. Es un chiste, y de los malos. Por eso no va en la hoja.

Sofía se quedó conforme. Pero desde ese día, cada vez que su padre empezaba a desmontar algo, una pregunta o un motor, ella le decía muy seria: «Vayamos por partes», y Gea ponía los ojos en blanco.

Esa noche fue a buscar el papel donde alguien, por encima de los Estados, les hubiera dado el poder. Un permiso. Una firma. Algo.

Lo que encontró fue un tratado entre países que dice qué hace falta para ser un Estado: una población que viva allí, un territorio con sus límites, un gobierno y poder tratar con los demás Estados. Y otra cosa, que leyó varias veces: que un Estado existe aunque los demás no lo reconozcan. Que reconocerlo solo es aceptar que está.

Se quedó mirando la pantalla. Ningún Estado recibió su autoridad de nadie que estuviera por encima. La tiene porque la ejerce, y porque otros Estados, que hacen lo mismo, se la reconocen. Era como un círculo. Y nadie lo escondía: estaba escrito en un tratado público.

Siguió tirando del hilo y encontró algo peor: reyes y emperadores que no se conformaron con mandar y se pusieron por encima de todo. Uno de Roma dictaba cartas que empezaban así: «Nuestro señor y dios ordena que se haga esto». Se había nombrado a sí mismo.

Y encontró también lo contrario. Otro emperador de Roma, con el mismo poder, escribió para sí mismo que de uno de sus maestros había aprendido que su carácter «necesitaba corrección y cuidado». Uno se creyó dios. El otro se supo aprendiz.

Ya era tarde, pero no podía dejarlo. Quería saber en qué momento la gente empezó a preguntarse estas cosas en voz alta. Y dio con un filósofo alemán que había escrito un texto corto con una pregunta por título: qué es la Ilustración. Lo leyó entero. Decía que la Ilustración es salir de la minoría de edad, y que la minoría de edad es «la incapacidad de servirse del propio entendimiento sin la guía de otro». Y tenía un lema, en latín: Sapere aude! (¡atrévete a saber!). «¡Ten valor para servirte de tu propio entendimiento!».

El padre miró la hoja de las tres columnas. Abajo del todo, con la letra grande de la primera noche, seguía la frase: «No estoy aquí para creer. Estoy aquí para saber». Otro lo había dicho siglos antes que él, con otras palabras. No le dio vergüenza. Le dio compañía.

En «Comprobado» escribió: «Ningún Estado recibió el poder de nadie por encima. Lo tiene porque lo ejerce y porque los demás se lo reconocen».

El lunes, en el recreo, Sofía había tenido una pelea. Se la contó en el coche, enfurruñada.

—Los de sexto dicen que la portería es suya. Que allí mandan ellos.

—¿Y quién les ha dado permiso?

—¡Nadie! Lo han dicho y ya está.

—¿Y los demás qué hacen?

—Pues nada. Que es suya. Como siempre ha sido suya...

Él sonrió. No había tenido que buscar el ejemplo: se lo había traído ella.

—Pues eso que me cuentas es lo que encontré el sábado por la noche. Ningún Estado recibió su poder de nadie que estuviera por encima. Manda porque manda, y porque los otros Estados le dicen: vale, ese trozo es tuyo.

—¡Eso es trampa!

—Yo no te digo que sea trampa. Te digo cómo es.

Sofía se cruzó de brazos y miró por la ventanilla un buen rato. Luego se volvió con los ojos brillantes.

—Entonces yo declaro mi cuarto un Estado.

Él se rio con ganas.

—Te faltaría que te lo reconocieran. Y el Estado que ya está aquí no te lo va a reconocer. Lo ha intentado más gente, y los jueces les han dicho que no. Que nazca así no quiere decir que cualquiera pueda hacer lo mismo.

—Jo.

—Pero te cuento otra cosa. Hubo uno que empezaba sus cartas diciendo que era dios.

—¿Se lo creía?

—Eso decía. Y hubo otro, con el mismo poder, que escribía para sí mismo que tenía que corregirse. ¿Cuál crees que mandó mejor?

Sofía lo pensó.

—El que se corregía.

—Eso creo yo también. El que se cree que ya lo sabe todo deja de aprender. Todos somos aprendices del gran maestro.

—¿Tú también?

—Yo el primero.

Sofía asintió, satisfecha. Luego frunció el ceño, porque una pregunta nunca venía sola.

—Pero antes de los Estados, ¿qué había? ¿Quién mandaba?

El padre puso el intermitente. Sabía que esa pregunta le iba a llevar muy atrás. Más atrás que los reyes. Más atrás que nada de lo que había leído hasta entonces.

—Esto aún no lo sé. Déjame mirarlo.