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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.

Capítulo 13 Papá, ¿de dónde sale la pensión de la abuela?

La pregunta del primer Estado tuvo que esperar. El domingo comieron en casa de la abuela, la madre de él, en su piso pequeño de la mesa camilla y las fotos de todos encima del aparador.

Antes del postre, la abuela sacó una carta del cajón y se la puso delante a su hijo, con las gafas en la punta de la nariz. Era de la Seguridad Social: le decían cuánto le subían la pensión.

—Lo mío —dijo, dando golpecitos en el papel con el dedo—. Lo que yo he puesto toda la vida. Ni un duro regalado.

—¿Y dónde lo tenían guardado, abuela? —preguntó Sofía.

—En la hucha de las pensiones, hija. Donde va a estar. Lo que una cotiza se lo guardan para cuando es mayor.

Él no dijo nada. Era lo mismo que había creído siempre, y no lo había mirado nunca. No iba a discutirle a su madre una cosa que no había comprobado. Gea lo miró por encima de la fuente de las natillas, y él negó despacio con la cabeza: ahora no.

En el coche, de vuelta, Sofía iba pensando con la frente pegada a la ventanilla.

—Papá, ¿de dónde sale la pensión de la abuela? ¿La tienen en una hucha, como la mía?

—Eso decía ella.

—¿Y es verdad?

—Esto aún no lo sé. Déjame mirarlo.


Esa noche buscó la ley de la Seguridad Social, y lo encontró pronto, en una frase seca: «El sistema financiero de todos los regímenes que integran el sistema de la Seguridad Social será el de reparto».

De reparto. Lo que se paga hoy reparte las pensiones de hoy. Lo que él y Gea pagaban cada mes no se guardaba para cuando fueran mayores: pagaba la pensión de la abuela, y la de todos los abuelos de ahora. Y lo que la abuela había pagado toda su vida no estaba en ningún sitio esperándola: había pagado las pensiones de los mayores de entonces. No era una hucha. Era una cadena.

La hucha existía, eso sí. La ley la manda invertir en títulos públicos, y el informe a las Cortes lo decía claro: hoy «está compuesta, exclusivamente, por deuda pública española». La hucha de las pensiones no guardaba dinero: guardaba papeles en los que el propio Estado prometía devolverlo. En el comité que decide dónde se pone se sienta el director general del Tesoro. Y en los últimos años había ganado mucho menos de lo que subían los precios. Como la hucha de Sofía, perdía fuerza.

Antes de dar nada por bueno, miró la cuenta desde el otro lado, el de quien paga las pensiones, y desde allí había respuesta, y era seria. La pensión depende de lo que uno cotizó y de los años que cotizó: en eso, la abuela tenía razón. El Estado la garantiza, y la Constitución manda que las pensiones sean «adecuadas y periódicamente actualizadas»: la carta de la abuela era eso. La hucha es un colchón para los años malos, no un ahorro de cada uno, y se usó para lo que se hizo, para pagar pensiones. Y los papeles del Estado son de lo más seguro que hay. Lo apuntó todo al lado.

Encontró también que lo que en las cuentas se llama vejez no son solo pensiones como la de la abuela: van juntas las de los funcionarios del Estado, que salen de los presupuestos, y lo que cuesta la maquinaria de pagarlas. Y apuntó enseguida que, de lo que se gasta en protección social, casi todo llega a la gente: de cada diez euros, nueve son prestaciones.

Antes de apagar la luz buscó lo que dice la ley de Dios de lo que a uno le confían. Del que retuvo un depósito, el Levítico dice que «lo restituirá, pues, por entero, y añadirá á ello la quinta parte». Y unas páginas más allá encontró otra que se quedó mirando un rato, pensando en la carta de la mesa camilla: «Delante de las canas te levantarás, y honrarás el rostro del anciano».

En «Comprobado» escribió: «La pensión de la abuela la pagan los que trabajan hoy: el sistema es de reparto. Lo que ella pagó, pagó las pensiones de su tiempo. La hucha de las pensiones guarda deuda del propio Estado, y ha ganado menos de lo que subían los precios. La pensión depende de lo cotizado, y el Estado la garantiza».

Y en «Lo que yo creo»: «Que la palabra “hucha” hace creer una cosa que no es. Y que lo que se confía hay que devolverlo entero».


El miércoles, en el patio del colegio, mientras esperaba a que saliera Sofía, vio a un grupo de niñas jugando a la comba. Las de los extremos daban a la cuerda y las demás saltaban, por turnos. Cuando a una le tocaba salir, se ponía a dar a la cuerda, y la que daba entraba a saltar.

En el coche se lo explicó así.

—¿Has visto la comba? Las que saltan ahora son las que antes daban a la cuerda. Y las que dan a la cuerda ahora saltarán después. La pensión de la abuela es eso. Ella dio a la cuerda toda su vida, para los mayores de su tiempo. Ahora salta, y la cuerda se la damos tu madre y yo, y todos los que trabajan.

—Entonces no está en una hucha.

—No. Está en la cuerda. Y en los que la mueven.

Sofía lo pensó un rato largo.

—¿Y si cada vez hay menos niñas para dar a la cuerda?

Él la miró por el espejo. Nacían cada vez menos niños, y eso estaba en los papeles. La niña había llegado sola al sitio donde la cosa se ponía seria.

—Eso es lo que hay que mirar con cuidado. Por eso es importante saber que es una cuerda, y no una hucha.

—¿Se lo vas a decir a la abuela?

—Se lo voy a contar, si quiere oírlo. No para quitarle la razón: en lo de que se lo ha ganado, la tiene toda. A tu abuela no le voy a ganar ninguna discusión, Sofía. La quiero. El amor une; no está para ganar a nadie.

Esa noche, ya en la cama, con la luz apagada, Sofía volvió a hablar cuando él creía que estaba dormida.

—Papá. Si los de ahora pagan a los de antes, y los de antes pagaban a los de más antes… ¿quién empezó? ¿Quién le dio el poder al primer Estado?

Él se quedó en la puerta, con la mano en el interruptor.

—Esa me la debes desde el otro día —dijo ella, medio dormida.

—Lo sé. Déjame mirarlo.