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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.

Capítulo 5 Papá, ¿yo he firmado un contrato?

Esa noche empezó por lo más fácil: qué es un contrato. Lo buscó en el diccionario de la Real Academia. Ponía: «pacto o convenio, oral o escrito, entre partes que se obligan sobre materia o cosa determinada, y a cuyo cumplimiento pueden ser compelidas».

Lo leyó despacio. Partes que se obligan. Las partes tienen que estar ahí, pensó, y tienen que decir que sí.

Lo leyó en voz alta sin darse cuenta, y Gea contestó desde el sofá, sin levantar la vista del libro:

—Como el contrato del piso. Que yo me lo leí entero, y tú firmaste donde te dijeron.

Él se rio. Era verdad, y no era la primera vez.

Luego buscó lo que dice la ley, porque en el taller él firma contratos: el del local, el del seguro, el de la furgoneta. El Código Civil lo dejaba claro: sin consentimiento, objeto y causa no hay contrato. Sin consentimiento. Lo subrayó en la hoja.

Después vino lo difícil: el contrato de Rousseau, el que según él habían hecho todos. Buscó dónde estaba firmado. En qué archivo, con qué fecha, con qué firmas. Y lo que encontró fue que no estaba en ningún sitio, y que eso no lo escondía nadie: lo decían los mismos que lo pensaron. El contrato social no es un papel. Es una idea para explicar por qué la gente obedece: que un día, antes de que hubiera leyes, las personas se pusieron de acuerdo para darle parte de su libertad a una autoridad común, y esa autoridad, a cambio, las protegería. Un pacto supuesto, no un hecho con fecha.

Un filósofo alemán lo dijo con todas las letras: el contrato no hay que suponerlo como un hecho; es «una mera idea de la razón».

Y otro, escocés, fue más lejos. Contó que casi todos los gobiernos de los que queda memoria nacieron de quitarle el poder a otro, o de conquistarlo, sin preguntarle a nadie. Y a los que decían que quien se queda en un país está de acuerdo con quien lo gobierna, les contestó con un ejemplo. El párrafo estaba en inglés. Se lo pidió traducido a Sofía IA, y luego lo comparó palabra por palabra con el original y con el diccionario. Esta vez estaba bien. Lo copió igual en la hoja, porque comprobado no es lo que dice la máquina, sino lo que uno ha leído:

«Lo mismo podríamos afirmar que un hombre, por quedarse en un barco, consiente libremente en el dominio del capitán, aunque lo subieron a bordo dormido, y tendría que saltar al océano y perecer en cuanto lo dejara».

El padre se echó hacia atrás en la silla. Ese era el ejemplo que necesitaba. No había que contarle a la niña quién era cada filósofo ni qué año era. Había que contarle el barco.

En «Comprobado» escribió: «Un contrato necesita que las partes digan que sí. El contrato social no lo firmó nadie: es una idea, y lo dijeron los que la pensaron».

Al día siguiente fue a buscarla a la piscina. Sofía salió con el pelo mojado y el gorro en la mano, y en el coche, antes de que él dijera nada, ya estaba hablando.

—Se lo he contado al de las gafas. Lo del contrato.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que su madre dice que, si vives en un sitio, es que estás de acuerdo con sus normas. Y que si no te gustan, te vas a otro.

El padre sonrió por dentro. Era lo mismo que habían dicho, hacía siglos, algunos señores muy serios.

—¿Y el contrato? —siguió ella—. ¿Lo he firmado o no?

—Tú no has firmado nada. Y yo tampoco.

—¿Y entonces?

—Un contrato es cuando os ponéis de acuerdo y decís que sí. Como cuando cambias cromos en el recreo: tú das uno, el otro te da otro, y estáis conformes.

—¿Y el contrato de ese Rousseau?

—Ese no es un papel. Es una idea. Unos señores que pensaban mucho se preguntaron por qué la gente obedece, y se imaginaron que, hace muchísimo tiempo, todos se habían puesto de acuerdo. Pero nadie firmó nada. Lo dicen ellos mismos.

Sofía se quedó pensando, con la frente pegada a la ventanilla.

—Te cuento lo que dijo otro —siguió él—. Imagínate que a un hombre lo suben a un barco mientras duerme. Se despierta en medio del mar. Y el capitán le dice: «Como no te has tirado al agua, estás de acuerdo en que yo mando».

—¡Pero si se tira, se ahoga!

—Eso mismo dijo él. Y se lo dijo a los que pensaban como la madre de tu amigo.

Sofía se rio, y luego dejó de reírse.

—Entonces es una mentira.

El padre tardó en contestar. Era la respuesta fácil, y era la que le pedía el cuerpo. Pero no era lo que había encontrado.

—No. Una idea que dice que es una idea no es una mentira. Lo raro es otra cosa: que a ti y a mí nos la cuenten como si la hubiéramos firmado.

—¿Y es buena o es mala?

—No te digo que sea buena ni mala. Te digo lo que es: una idea. Y ya está. Lo demás, cuando lo sepa.

Sofía asintió despacio, como cuando le cuadraba una resta.

—Pues yo lo veo muy fácil, papá. Yo estaba dormida en el barco.

Él la miró por el espejo. Lo había dicho en una frase. Le había costado varias noches y ella lo había dicho en una frase.

—La verdad siempre es sencilla y directa —dijo—. Lo difícil es encontrarla.

Llegaron al portal. Sofía subió la escalera contando los escalones, como siempre, y al llegar arriba se dio la vuelta.

—Papá, si nadie lo ha firmado, ¿por qué todo el mundo hace caso?

Él buscó las llaves en el bolsillo del mono. Era la pregunta que él mismo se hacía desde la noche de la carta.

—Esto aún no lo sé —dijo—. Déjame mirarlo.