Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.
Capítulo 4 Papá, ¿cuándo me lo vas a decir?
Sofía lo volvió a preguntar a la salida del colegio, antes de que él le cogiera la mochila.
—¿Me diste o no me diste?
Lo preguntó en la escalera, entre escalón y escalón. Lo preguntó con el tenedor en el aire, a la hora de comer. Lo preguntó en la bañera, con el pelo lleno de espuma. Era como un martillo pilón: golpe, golpe, golpe, y siempre en el mismo sitio.
El padre no tenía la respuesta. Tenía un nombre apuntado en la hoja de la cocina y un libro que aún no había encontrado. Podía decirle «claro que no», y la niña se quedaría tranquila. Pero eso era lo que él creía, no lo que sabía. Y ya le había dicho una vez algo que sonaba bien sin haberlo mirado.
—Aún no lo sé —le dijo mientras le aclaraba el pelo—. Y no te lo voy a decir hasta que lo sepa.
—¿Y cuándo me lo vas a decir?
—Cuando lo haya leído con mis ojos. Mientras tanto, ¿jugamos a una cosa?
Sofía dejó de chapotear.
El juego era sencillo. Él escondía algo en casa y le daba una pista. Ella tenía que encontrarlo, con una norma: solo valía lo que pudiera comprobar.
—¿Como tú con el Estado?
—Como yo con el Estado.
Escondió el lápiz de los presupuestos, el corto, el de la punta gastada, y le dio la primera pista: «Está donde algo crece».
Sofía, ya en pijama, pidió una hoja y la dividió en tres columnas, como la que había visto en la mesa de la cocina, debajo del salero. Arriba escribió con su letra grande: «Lo sé», «Lo creo» y «No lo sé».
En «Lo creo» puso enseguida: «En las macetas del balcón». Las plantas crecen. Estaba tan segura que fue corriendo descalza.
Removió la tierra de cada maceta con un dedo. Nada. Volvió a la hoja, tachó el balcón y escribió en «Lo sé»: «No está en las macetas. Mirado».
—Otra pista —pidió.
—Lo que crece aquí no es una planta.
Sofía se quedó pensando, con el ceño fruncido. El pan no crece. Las uñas sí, pero no cabe un lápiz debajo de una uña. Miró a su alrededor despacio, como su padre cuando escucha un motor. Y entonces vio el marco de la puerta de su cuarto, donde cada cumpleaños le marcaban la altura con una raya y la fecha.
Lo que crecía en esa casa era ella.
Se subió a una silla. Encima del marco, por encima de todas las rayas, estaba el lápiz.
—¡Lo he encontrado yo sola! —gritó—. Bueno, tú me has enseñado.
—Yo no te he enseñado nada —dijo él—. Solo te he cogido de la mano para que te acordaras.
—¿De qué?
—De que ya sabías buscar. Lo único que has hecho es no creerte lo primero que se te ocurrió.
Por la mañana, la hoja de Sofía estaba en la nevera, sujeta con un imán, al lado de la nota de Gea.
Jugaron más días. El sábado por la mañana se apuntó Gea, en bata y con el café en la mano, y fue la primera en perder: fue derecha al costurero, «porque ahí lo esconde siempre tu padre», y no estaba.
Sofía le enseñó su hoja, muy seria.
—Eso va en «Lo creo», mamá.
—Pues tienes toda la razón —dijo Gea, y se sentó en el suelo a buscar con ella debajo del sofá.
Cada noche, mientras la niña dormía, él buscaba el libro.
La primera noche le preguntó a Sofía IA en qué libro había escrito Rousseau que un padre no puede dar a su hijo.
Sofía IA: En El contrato social. Rousseau escribe: «Los hijos no pertenecen a los padres, sino a sí mismos».
La frase era redonda. Demasiado redonda, pensó. Le escribió: «¿En qué página? Quiero leerlo con sus palabras».
Sofía IA: Tienes razón al pedirlo. Esa frase no es suya: es un resumen mío de lo que dice. Sus palabras están en el libro primero, capítulo cuarto.
Un resumen vestido de cita. Lo mismo que le hizo con la Constitución, solo que con mejor letra.
El libro estaba escrito en francés, y él no sabía francés. Tardó en encontrar la primera edición, la de 1762, fotografiada página a página, con letras antiguas y palabras escritas de otra manera. Sacó el diccionario de francés que Gea guardaba de cuando estudiaba y fue palabra por palabra. Le pedía a Sofía IA que le tradujera una frase, y luego miraba cada palabra en el diccionario, por si acaso. En una se atascó: «enfans». El diccionario no la traía.
Gea, que entró en la cocina a por el vaso de agua de antes de dormir, se inclinó sobre la página.
—Prueba con una te —dijo—. Los libros viejos escriben raro.
Él la buscó con la te. El diccionario traía «enfants»: hijos.
—¿Cómo lo sabías?
—No lo sabía. Me sonaba. —Le quitó el lápiz de detrás de la oreja y se lo puso en la mano—. Ahora ya lo sabes tú.
Fueron varias noches. Al final tuvo la frase entera, y la leyó despacio:
«Aunque cada uno pudiera enajenarse a sí mismo, no puede enajenar a sus hijos: nacen hombres y libres; su libertad les pertenece, y nadie más que ellos tiene derecho a disponer de ella. Antes de que lleguen a la edad de la razón, el padre puede estipular en su nombre condiciones para su conservación y su bienestar, pero no darlos de forma irrevocable y sin condición».
Lo había escrito un hombre en 1762, sin pensar en un registro electrónico con un plazo de setenta y dos horas.
Cogió el lápiz, el del marco de la puerta, y escribió en «Comprobado»: «Rousseau, en su libro, en francés: un padre puede decidir por su hijo lo que le conviene mientras es pequeño. Darlo para siempre y sin condición, no».
Luego se quedó un rato quieto. Rousseau no hablaba del hospital ni de los papeles que él firmó aquella madrugada. Hablaba de los padres y de los hijos. Que aquello valiera para su firma era cosa suya, y lo apuntó donde tocaba, en «Lo que yo creo»: «Que yo no la di. Firmé para cuidarla».
A la mañana siguiente, en el coche, Sofía no tuvo que preguntar. Él se lo dijo antes de arrancar.
—No te di.
Sofía lo miró por el espejo.
—¿Seguro?
—Lo escribió un hombre hace mucho tiempo y lo he leído con sus palabras: un padre puede decidir cosas por su hija para cuidarla mientras es pequeña, pero no darla. Que eso valga para los papeles que firmé en el hospital, eso lo creo yo. Y lo creo con todo el corazón.
—¿Y si hubieras querido darme?
—No habría podido. Tu libertad es tuya. Yo te quiero libre, no como se quiere una cosa que uno tiene.
Sofía se quedó callada un momento, mirando por la ventanilla.
—¿Y quién es ese Rousseau?
—Uno que escribió un libro sobre un pacto entre todos. Un contrato.
—¿Un contrato? —Sofía se incorporó en el asiento—. ¿Yo he firmado un contrato?
El padre arrancó el coche.
—Esto aún no lo sé. Déjame mirarlo.
—¿Y mientras lo miras, jugamos?
—Mientras lo miro, jugamos.