Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 58 La rosca
El viernes a mediodía, Sofía se subió al coche con la mochila en las rodillas y no la soltó en todo el camino. En los baches ya no sonaba igual. La caja de las tizas iba más ligera.
—¿Qué tal?
—En la cena. Que tiene que estar mamá.
Lo dijo mirando por la ventanilla, con las manos encima de la mochila, como quien lleva algo que no se puede caer. Él no preguntó más. Bajó la radio y condujo hasta casa esquivando todos los baches que se dejaron esquivar.
Por la tarde, su hermano metió el coche en el taller sin avisar, como entraba en todas partes, y dejó en la entrada una gota de aceite que el padre vio antes que a él.
—Me gotea —dijo, señalando abajo con la barbilla—. Le cambié el aceite yo en casa, el otro día. Y desde entonces, así.
El padre lo subió a la elevadora. El tapón del cárter estaba en su sitio, brillante, y la gota salía por la rosca. Puso la bandeja debajo y le metió la llave. El tapón giró sin agarrar, en vacío, y salió con un rizo de metal plateado enroscado entre los filetes. Detrás salió el aceite, que era nuevo, y su hermano lo miró caer como quien ve irse un billete.
—¿Con qué lo apretaste?
—Con la llave. Como se aprietan.
—¿Y hasta dónde?
—Hasta que estuvo. —Y enseguida—: Ya venía floja.
El padre le puso el tapón en la mano, con el rizo todavía pegado.
—Esto no venía flojo. Esto es la rosca del cárter. Apretaste de más, y lo que sobró no se quedó en lo que sobró: se llevó la rosca entera. Ahora hay que rehacerla. Con un macho, a la medida siguiente, y un tapón más gordo.
Su hermano le dio vueltas al rizo entre el pulgar y el índice, un rato largo.
—Ya venía floja —repitió.
El padre no se lo discutió. Tenía apuntado desde hacía semanas que nadie debe ser juez de sí mismo, y eso valía también para un apriete.
Mientras repasaba la rosca con el macho, despacio, media vuelta adelante y un poco atrás para que soltara la viruta, su hermano se apoyó en el banco con los brazos cruzados.
—Lo de la tele. El del otro día. ¿Los metemos o no?
—Por lo que hicieron, con papeles. Y lo que se llevaron, que lo devuelvan. Los hijos, no: nadie paga por apellido.
Su hermano abrió la boca para decir lo de la familia, y la cerró.
—Eso no lo vas a ver tú.
—Puede. Lo otro tampoco lo quiero ver.
Limpió la rosca nueva con un trapo, puso el tapón gordo con su arandela y sacó la dinamométrica del cajón. Miró el par en la hoja del fabricante, no en la mano, y giró el mango hasta la cifra.
—¿Y eso qué es?
—Hace clic cuando llegas.
Apretó. Sonó el clic. Su hermano levantó la cabeza al oírlo.
—¿Y si te pasas un poco?
—Un poco es lo que te ha pasado a ti.
Le echó aceite nuevo, bajó el coche y le enseñó el suelo limpio debajo, sin una gota. Su hermano pagó. Ya con la ventanilla bajada, hizo con la boca el ruido de cuando un árbitro pita en contra. Luego, antes de arrancar, sin mirarlo:
—Nadie paga por apellido —dijo, como quien se prueba una chaqueta que no es suya.
Y se fue. Se había llevado la frase y se había dejado el tapón.
El tapón viejo se quedó en el banco, con su rizo de plata, y entre un coche y otro el padre lo miraba. Lo de su hermano no era apretar de más: eso pasa todos los días y se arregla con media vuelta. Era que lo de más se había llevado lo que estaba bien.
En el ordenador del taller buscó si la ley tenía eso. No lo de que pasarse está mal, que eso lo sabe cualquiera, sino lo raro: sitios donde el que tenía derecho a hacer algo lo hizo más allá de su medida, y lo de más estropeaba el acto entero, no solo el trozo que sobraba.
Lo primero lo encontró en el Código Civil, en sus primeros artículos. Los derechos, decía, «deberán ejercitarse conforme a las exigencias de la buena fe». Y a continuación: «La Ley no ampara el abuso del derecho o el ejercicio antisocial del mismo». Quien se pasa a las claras de los límites normales de su derecho, con daño para otro, paga el daño, y el juez puede mandar que pare. Valía para lo que se hace y para lo que se deja de hacer.
Le preguntó a Sofía IA si los jueces lo aplicaban mucho.
Sofía IA: Poco, y con cuidado. Se tiene por un remedio para casos muy claros. El Supremo lo explicó en 1996. El abuso del derecho son «maniobras o estratagemas jurídicas» para conseguir lo contrario de lo que la ley quiere.
Sonaba a sentencia, y por eso la pidió. La leyó en la pantalla, bajando despacio, con el ruido del compresor detrás. Buscó esas palabras. No estaban.
Sofía IA: Tienes razón. No están en esa sentencia. Te las di por suyas sin haberla leído.
Las tachó. Lo que quedaba era menos redondo y más cierto: que la ley no ampara el abuso, y que los que saben de esto lo tienen por un remedio para los casos claros, no para cualquiera.
Al lado estaba el fraude de ley. Lo que se hace «al amparo del texto de una norma» para llegar a donde otra lo prohíbe no impide que se aplique la que se quería esquivar. Hacer trampa con la letra no salva a nadie de la letra.
Lo que más le gustó fue la vara. El Tribunal Constitucional, para saber si un poder se ha pasado, hace las mismas tres preguntas, idoneidad, necesidad y proporción, y se las hace igual a la Administración, al que hace las leyes y a los jueces. Él se las tradujo a su idioma: que la llave sea la que es, que no haya otra más pequeña que valga, y que no se pase del par. Una sola dinamométrica para los tres.
Y había cosas que no se tocaban ni con la mejor llave. La Constitución habla del «contenido esencial» de los derechos, que ninguna ley puede tocar, y garantiza, con una palabra que tuvo que buscar, la «interdicción de la arbitrariedad de los poderes públicos». Interdicción: prohibición.
La Carta de los derechos de la Unión lo ponía como una hoja de inspección. Para limitar un derecho, cuatro condiciones: que lo diga una ley, que respete lo esencial, que sea necesario y que responda de verdad a un interés general. Las cuatro a la vez. No se escoge la que mejor viene: un fallo y no pasa, como en la inspección, que no aprueba el coche porque los frenos estén bien si las luces no van.
Hasta en la excepción había techo. El que se defiende puede, pero con «necesidad racional del medio empleado». Y el que rompe algo para evitar un daño, siempre «que el mal causado no sea mayor que el que se trate de evitar».
Le faltaban los libros viejos. La Biblia de su madre estaba en casa, en la mesa de la cocina; lo buscó en la pantalla, en la misma traducción: «Maldito el que redujere el término de su prójimo. Y dirá todo el pueblo: Amén». El término era el límite, el mojón de las tierras. Iba entre las maldiciones del monte Ebal, junto a la del que deshonra a sus padres y la del que tuerce el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda. Mover el límite del otro, al lado de abandonar al que menos puede. Le sonó a campo, como la palabra del martes, y no supo por qué.
Antes de darlo por bueno buscó lo contrario, porque sin eso la página mentía. Y lo encontró. El que construye de buena fe metiéndose en parte en el terreno del vecino puede acabar quedándose con lo que invadió, si lo que levantó vale mucho más: el Supremo lo viene diciendo desde 1949. El título se lo da su propio tamaño. Y el mismo Supremo, en julio de este año, desestimó sin un matiz a unos propietarios a los que expropiaron para una eléctrica que tenía la distribución en exclusiva: «el sistema de valoración se estructura sobre el bien expropiado, no sobre la identidad del beneficiario ni la finalidad de la expropiación». Lo apuntó también. Un patrón con sus excepciones dichas sigue siendo un patrón; «sin ellas sería propaganda».
Luego vio lo de las sillas, y se quedó un rato quieto delante de la pantalla.
Cuando el Estado se sienta abajo, delante de la Unión, la regla escrita es que el poder no se presume: se tiene que haber dado. «Toda competencia no atribuida a la Unión en los Tratados corresponde a los Estados miembros». Cuando se sienta arriba, delante de él, sus actos «se presumirán válidos», y es él quien tiene que recurrir para que le enseñen el título. Eso lo sabía desde la noche de la copia sellada. Lo nuevo era verlo junto. El mismo Estado, con dos maneras de entender el poder prestado, según la silla en que se siente.
No buscó ninguna palabra para llamarlo. Sacó la libreta, trazó una raya en mitad de la hoja y lo puso en dos columnas. Debajo, lo que eso no probaba: que frente a la Unión el Estado está atado por escrito, y frente al ciudadano las vías son más estrechas. No era una condena. Eran dos columnas.
La radio del taller llevaba toda la tarde con lo de las casas ocupadas. Un señor decía que iba a más, y daba la última cifra. Esta vez el padre no se la pidió a nadie: fue a buscarla al Ministerio del Interior. Y estaba bien. En 2024, más de dieciséis mil delitos de usurpación y allanamiento de morada, un 7,4 % más que el año anterior, la tercera cifra más alta de la serie.
Lo que el señor no dijo fue lo que esa cifra no mide. El que deja de pagar el alquiler y no se va es un asunto civil, y ahí no entra. Los jueces cuentan aparte sus juicios para recuperar una casa, y los delitos van por otro lado. Cada cuenta mide su trozo y nadie mide el total. No era que lo escondieran: nadie lo junta.
Después hablaron dos en la radio, uno por cada lado, y él escuchó a los dos con la cabeza dentro de un capó. Uno decía que proteger al que es vulnerable no rompe la igualdad, que la Constitución pide que la libertad y la igualdad sean «reales y efectivas», y que la protección de los hogares vulnerables frente a los desahucios se ha alargado hasta el 31 de diciembre de 2026. El otro, que el dueño espera y encima tiene que probar la mala fe del que entró, y que nadie le paga el tiempo perdido. Desde la primavera del año pasado esos casos van por juicio rápido, y el juicio se señala «dentro de los quince días siguientes». Señalarlo, no acabarlo.
Ninguno de los dos mentía. La letra de la ley no trata al que entra mejor que al dueño: dice lo contrario. La buena fe se presume igual en quien la merece y en quien no, y el que tiene que probar es siempre el mismo. Lo apuntó con las palabras que encontró, porque no supo decirlo mejor: que «la justicia tardía, para quien la espera, se parece demasiado a la injusticia».
Antes de cerrar la persiana abrió la libreta por las dos columnas. En la de «Comprobado»: «El que tiene derecho y se pasa de la medida no estropea solo lo que sobra: lo estropea todo. La ley no ampara el abuso. Y a los tres poderes se les mide con la misma vara». En «Lo que yo creo», debajo: «Que a todo el que aprieta habría que darle una llave que haga clic».
El tapón viejo lo metió en una bolsa, como hacía con las piezas de los clientes, y lo dejó en la estantería, para dárselo a su hermano la próxima vez.