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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 56 La higuera

El miércoles por la mañana, en el coche, las tizas volvieron a sonar en la mochila de Sofía en cada bache, como el martes, y ella volvió a no decir nada. Al volver de dejarla en el colegio, el coche de Prudencio ya estaba delante de la persiana, con el motor parado y él dentro, las manos en el volante a las diez y diez.

Habían quedado así: primero, que fuera recto; después, la rueda.

—Va solo —dijo al bajarse—. Lo he probado en la autovía. Ni lo toco.

El padre subió el coche a la elevadora y le quitó la rueda de delante derecha. Por fuera todavía tenía dibujo; por el borde de dentro estaba lisa y brillante, casi sin goma. La giró despacio para que Prudencio la viera entera.

—Esta ya no tenía arreglo.

—Esta no. Por eso se hizo primero lo otro. Si te la cambio aquel día, la nueva te dura lo que la vieja.

Prudencio se sentó en la silla de plástico, junto a la máquina del café, y lo miró montar la rueda nueva en la llanta sin decir nada. Cuando la puso en la equilibradora, habló.

—Les voy a ir a decir cuatro cosas. A los de la carretera.

El padre no contestó enseguida. Fue al cajón de las órdenes de trabajo y sacó la del viernes aquel. Grapada detrás estaba la hoja que había sacado la impresora de la alineadora, con las medidas de antes y las de después. Las dos de antes, en rojo.

—Llévales esto.

Prudencio la leyó despacio, apartándola un poco, como se lee la letra pequeña.

—¿Y ya está?

—Con eso ya se lo dices todo. Lo demás sobra.

Lo pensó despacio, como lo pensaba todo.

—¿Y la rueda? ¿No me la tendrían que pagar ellos?

—Eso no lo sé. Habría que ver si fue un descuido o si de verdad creían que era la carretera. Pídeselo, con el papel delante. Y sin voces.

—Sin voces —repitió Prudencio, como quien prueba una pieza antes de comprarla.

—Ni tanto ni tan calvo.

Prudencio levantó la vista con media sonrisa.

—Eso es mío.

—Ya. Te lo he cogido.

Pagó con tarjeta y se guardó la hoja doblada en el bolsillo de la chaqueta de punto. Antes de arrancar bajó la ventanilla.

—¿Y si me dicen que es la carretera?

—Les enseñas las dos medidas. La carretera no sale en rojo.


Esa noche, con Sofía dormida y Gea leyendo en la cama, abrió la libreta por una hoja nueva, después de la de «Las puertas», y arriba copió la frase de su hermano tal cual: «Y a la familia detrás». La quería delante. No para contestarla a él, que no estaba. Para medirla.

Lo primero que encontró fue una regla corta, y la apuntó antes que nada: la responsabilidad de cada uno se establece por lo que hizo y con su prueba, nunca por pertenecer a un grupo. Debajo venía otra línea que le hizo levantar la vista de la libreta: un informe interno es fuente, no sentencia. Su informe del lunes, el de «Opinión desfavorable», era eso. Decía lo que había visto, con sus papeles al lado. No condenaba a nadie, y no podía.

La Biblia de su madre seguía en la mesa, junto a la caja del puzle. El lunes había puesto en el informe media frase de la cizaña. Ahora buscó la parábola entera. Un hombre siembra trigo en su campo y, mientras todos duermen, un enemigo siembra cizaña en medio. Cuando sale, los criados quieren ir a arrancarla, y el amo les dice que no, que con la cizaña se llevarían el trigo: «No arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega».

Luego le vino una imagen que no era del taller, y la siguió para ver adónde llevaba. Un médico pincha, abre y corta, y lo que en la calle sería una agresión, en la consulta es curar. ¿Qué cambiaba? Buscó qué les piden los libros antiguos a los que corrigen a otro, y le salieron cuatro cosas. Las apuntó en columna, una debajo de otra, como las condiciones de una garantía.

La primera, que el que se corrige diga que sí. En el taller no se tocaba un coche sin el sí del cliente; era de las costumbres que venían con la persiana. La Gita de la India cerraba su enseñanza con una frase que ya tenía apuntada desde la noche de la autoridad: «Medita; y, como quieras, obra». La corrección se enseña. No se mete a la fuerza.

La segunda, que busque el bien del corregido y no el suyo. Otro griego, el de la República, lo decía del médico: «ningún médico, en cuanto médico, considera su propio bien en lo que prescribe, sino el de su paciente». Y lo mismo del piloto y del que manda: «nadie, en ningún gobierno, en cuanto gobierna, considera ni prescribe lo que le conviene a él, sino siempre lo que conviene a su gobernado». Sofía IA se lo había pasado de una traducción inglesa, y lo apuntó así. En el taller aquello tenía nombre: el que cambia piezas que no hacen falta no arregla el coche, se arregla él. Era lo de los pastores que se apacientan a sí mismos, mirado desde el otro lado.

La tercera, la medida justa. El maestro chino del pozo contaba de un campesino apenado porque sus brotes no crecían, que tiró de ellos para ayudarlos, y «su hijo corrió a verlos, y los brotes estaban secos». Y lo dejaba en una línea: «quien lo ayuda a crecer, arranca los brotes». Un viejo libro chino lo decía del Estado: «Gobernar un gran Estado es como cocinar pececillos». Cuantas más vueltas se les da, más se deshacen. Y la Gita le pedía al que sabe que a los que no saben «no los hagas tropezar, tú que tienes la luz».

Volvió a la Biblia de su madre para buscar la higuera, que Sofía IA le había señalado en Lucas. Un hombre tenía una higuera que no daba fruto y mandó cortarla. El que le cuidaba la viña le contestó: «Señor, déjala aún este año, hasta que la excave, y estercole». Y si aun así no daba fruto, entonces sí: «la cortarás después».

Primero cavar y echarle estiércol. Después, si no hay fruto, cortar. Era la rueda de Prudencio: primero, que fuera recto, y la rueda después. Tres familias que no se citan entre sí, la de China, la de la India y la del Evangelio, decían lo mismo con la misma imagen del campo.

La cuarta, un rumbo. Hacia dónde se corrige. Sin rumbo, corregir era lo del otro taller: aire de más en una rueda y el volante sacado de su sitio, un parche detrás de otro. El rumbo lo tenía en la libreta: las nueve filas del Arca, el «¿sirve, o se sirve?» del pie de la página y la raya del centro de cada dial.

Cuando faltaba una de las cuatro, los mismos libros lo llamaban daño. El campesino secó sus brotes. Los pastores que se apacientan a sí mismos no curan a nadie.

Ya iba a cerrar la Biblia cuando vio, unas páginas más adelante, en el mismo evangelio, una frase que empezaba así: «si tu hermano pecare contra ti, ve, y redargúyele entre ti y él solo». Se le escapó media risa por la nariz. Hermano. No era el suyo, era cualquiera, y eso ya lo sabía. Pero siguió leyendo. Si no te oye, «toma aún contigo uno ó dos». Y si tampoco, «dilo á la iglesia», delante de todos.

Era una escalera, y la miró como se mira una escalera que ya se ha empezado a subir. El primer peldaño lo había subido sin saber que lo era: la copia sellada, una pregunta por escrito, a solas, a quien tenía el poder. El segundo se lo había puesto Constancio delante, con la mano en el marco de la puerta del taller: «¿Y si somos muchos con el mismo radar?». Le faltaba el tercero, el de delante de todos. Y la escalera no acababa en obligar a nadie. Acababa en apartarse de quien no oye.

Constancio había querido subir los tres de golpe, con su escrito de los vídeos y la huella del pulgar en tinta roja, y había tenido que volver a empezar por abajo. Junto a los modelos de escritos, los del botiquín, había una regla, y esa noche la copió en la libreta: ninguno aconsejaba dejar de pagar ni desobedecer, porque eran las puertas que la propia ley deja abiertas para defenderse; y «no se puede correr antes de gatear». De un modelo a un escrito de verdad, con nombres y fechas, había un trecho, y si el asunto lo merecía, un abogado.

En «Lo que yo creo» escribió despacio. Que él no era médico de nadie. Que no tenía permiso para abrir nada que no fuera un capó, y que no lo pedía. Que lo suyo era lo del taller: mirar, apuntar lo que encontraba con los papeles a la vista y decirle al cliente lo que había, sin cambiarle ninguna pieza por su cuenta. Como el profeta de los pastores, que decía lo que veía y no apartaba a nadie: eso, decía, lo hacía Dios. Debajo, en una línea: «Yo no soy médico de nadie. Diagnostico, y el cliente decide».

Al fondo del pasillo, la raya de luz de debajo de la puerta del dormitorio se apagó. Gea no dijo nada.


Pasada la una, con la libreta todavía abierta por la escalera, volvió a la rueda de Prudencio. ¿Quién paga una rueda que se ha comido el arreglo de otro?

Entre particulares, la ley lo tenía escrito desde hacía mucho: «El que por acción u omisión causa daño a otro, interviniendo culpa o negligencia, está obligado a reparar el daño causado». Interviniendo culpa. Prudencio tendría que probar que fue un descuido, y no que de verdad creyeran que era la carretera. Lo que le había dicho por la mañana, que eso no lo sabía, era justo la pregunta que hacía la ley. Y era el único sitio, de los que encontró esa noche, donde había que probar la culpa.

Porque lo buscó más arriba, y le salió otra escalera. Desde 1954, con una ley de expropiaciones, veinticuatro años antes de la Constitución, la Administración responde de los daños que causa su funcionamiento, y después la Constitución lo subió a su altura: los particulares tienen derecho a que se les indemnice por «toda lesión que sufran en cualquiera de sus bienes y derechos, salvo en los casos de fuerza mayor». Y ahí no hacía falta probar que nadie se hubiera equivocado. Bastaba el daño, si uno no tenía el deber de aguantarlo.

Siguió subiendo. La justicia: «Los daños causados por error judicial, así como los que sean consecuencia del funcionamiento anormal de la Administración de Justicia, darán derecho a una indemnización a cargo del Estado». El propio Tribunal Constitucional, si tramita un amparo de una manera que no es normal. Los productos defectuosos, también los digitales, con una norma europea que vale a partir del 9 de diciembre. Y arriba del todo, el que hace las leyes: la ley prevé indemnizar el daño que cause una ley válida que no haya deber de soportar, una ley que luego se declare contraria a la Constitución y una norma contraria a las de la Unión.

La noche de la vacuna había llamado a eso garantía, con la palabra del taller. Ahora sabía que la garantía llegaba hasta el último piso.

En «Comprobado», después de releerlo: «La ley obliga a reparar el daño injusto en todos los pisos, hasta el que hace las leyes. Y aquí le pide más al Estado que a un particular: que responda sin que nadie pruebe su culpa. No todas las asimetrías juegan contra el ciudadano».

Y en la lista de al lado, en «Lo que gana Amparo», una línea más. Se lo había dicho ella en la cocina, aquel miércoles, con el café: «Si la Administración te hace un daño, te lo indemniza». Tenía razón, y más de la que dijo.

Luego quiso saber si eso se cobraba de verdad, y empezó por lo de la justicia, que era lo que más tardaba. Le preguntó a Sofía IA si un juicio que se alarga da derecho a que te paguen.

Sofía IA: No por sí solo. El Supremo lo dijo en 1996: «el simple incumplimiento de los plazos procesales no comporta responsabilidad».

Sonaba a sentencia. Le pidió la sentencia, y la leyó. Aquella frase no estaba. Estaba otra, más larga, y decía algo más estrecho todavía: «El simple incumplimiento de los plazos procesales meramente aceleratorios constituye una irregularidad procesal que no comporta, pues, por sí misma, una anormalidad funcional que genere responsabilidad».

Sofía IA: Tienes razón. Lo que te puse entre comillas era un resumen, no sus palabras.

Un resumen entre comillas era como una pieza de imitación en la caja de la original: a lo mejor servía, pero no era lo que ponía la caja. Lo tachó y copió la buena. Hacía falta una tardanza que, visto lo complicado del caso, fuera impropia de un Estado que «propugna como uno de sus valores superiores la justicia». El derecho estaba escrito con letra clara; el camino, cuanto más arriba, más estrecho. Encontró también a un profesor que lo resumía en el título de un artículo, y lo apuntó como lo que era, de segunda mano, porque solo había leído el título: «un sistema notoriamente insatisfactorio».

Debajo, para no pedir más de la cuenta, escribió lo otro: que pagar impuestos no da derecho a que todo se resuelva al momento; da derecho a reclamar cuando la justicia falla de una manera que se sale de lo normal, aunque cobrarlo sea largo.

En «Lo que yo creo», al final, escribió para su hermano, aunque su hermano no lo fuera a leer nunca. Que lo que se le debe al ciudadano no se paga con más deuda contra el mismo ciudadano: sale de quien se ha enriquecido, probado caso a caso y dejándole defenderse. En la Biblia de su madre lo encontró en una línea: «el hijo no llevará por el pecado del padre». Pero encontró también la otra mitad, la de su hermano, y esa estaba en la ley. Lo que la familia recibió sabiendo de dónde venía, también se devuelve, y la ley ya da por hecho que lo sabía si se lo dieron regalado o por debajo de lo que valía, mientras no pruebe lo contrario. Lo heredado de origen ilícito, hasta donde alcance la herencia. Lo que los hijos ganaron con su trabajo, suyo.

Su hermano tenía razón en la mitad, otra vez. Lo subrayó: «Por lo que hicieron. Nunca por el apellido».

En «Las palabras», debajo de metamorfosis y disolver, puso tres más. Discernir, que es separar el grano de la paja caso a caso, con pruebas y dejando que cada uno se defienda. La depuración sin venganza, que es eso mismo hecho con las responsabilidades. Y la compensación: lo que se le debe al ciudadano.

Apagó la luz de la cocina. Al pasar por el dormitorio vio su camisa colgada en la silla, con la hoja de los árboles todavía doblada en el bolsillo. No la sacó.