Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 44 Plantilla
Al volver de la excursión, con la manta de cuadros debajo del brazo y Sofía dormida en el asiento de atrás, abrió el buzón por costumbre. Debajo de la propaganda del supermercado había un sobre blanco con ventanilla y un escudo en la esquina. El mismo escudo del primer día.
No lo abrió en la escalera. Subió a la niña en brazos los quince escalones, con la cabeza de ella en el hombro y el sobre en la otra mano, y esperó a que estuviera en la cama.
Lo abrieron Gea y él en la mesa de la cocina, apartando el salero. Era la respuesta a lo que él había pedido por escrito, dentro de su expediente: con qué competencia, por qué hechos, con qué motivos y quién lo tramitaba. La leyeron despacio, cada uno por su lado, y luego juntos.
La hoja repetía el artículo de la ley de la primera carta y decía que el pago era correcto. Abajo, el sello de la oficina y una firma con un código largo. Ni una palabra sobre su caso: por qué aquel artículo le tocaba a él. Era una hoja que habría servido para cualquiera.
—Te han contestado —dijo Gea.
—Me han contestado. Pero no a lo que pregunté.
Gea le dio la vuelta a la hoja, por si había algo detrás. No había nada.
—¿Y ahora?
—Ahora, a mirar si con esto basta.
—Pues no te acuestes tarde. —Cogió la manta para sacudirla en el balcón—. Que mañana hay colegio.
Le preguntó a Sofía IA qué decía la ley de las respuestas de la Administración. Se lo dio a la primera: el artículo de la ley del procedimiento que obliga a explicar los actos. Él lo leyó igual en el boletín, entero, como leía ahora las cartas. Los actos que limitan derechos, o que resuelven un procedimiento, tienen que llevar sus motivos, «con sucinta referencia de hechos y fundamentos de derecho». Los hechos y las normas. No una de las dos: las dos.
Se imaginó lo que le contestarían en la oficina si fuera a quejarse, porque a esas alturas ya buscaba la otra cara antes que la suya: que el acto ya citaba su norma y que con una explicación breve bastaba. Era verdad que la ley decía sucinta. Pero él no había pedido un tratado. Había pedido por qué aquella norma le tocaba a él, y con qué hechos. Si los hechos existían, contestarlo costaba una línea. Sucinta no era genérica. Una respuesta que valía para cualquiera no explicaba nada de nadie.
Luego miró lo que no encajaba con su enfado, porque el enfado también estaba. Él había pagado dentro del plazo, con el justificante en la carpeta, y había preguntado al lado. Preguntar no paraba nada: lo que hay que pagar se paga a tiempo, y la pregunta se hace aparte. Así se lo había dicho el gestor el primer día, y así lo había hecho.
Y entonces encontró lo que le hizo apretar el lápiz. Lo había visto una de aquellas noches, cuando miró lo de la vivienda y el amparo: lo que dice la Administración se cobra enseguida, sin juez, y si uno se retrasa, recargo. Ahora lo tenía en su propia mesa. Si él no cumplía, el sistema tenía recargo, sanción y apremio, y se ponían en marcha solos. Si la que no cumplía era la Administración, el que tenía que moverse era él: ir a un tribunal, pagar lo que costara y esperar años.
No todo jugaba del mismo lado, y lo apuntó también. En lo que uno pide, si la Administración deja pasar el plazo sin contestar, a veces la ley entiende que ha dicho que sí. No siempre: la propia ley pone excepciones. Pero existía.
Repasó las tres cosas del gestor, las que le había enseñado su jefe cuando era el chaval de los recados. La copia sellada, la tenía. El plazo, desde el primer día: apuntó en la hoja la fecha del sobre, porque desde ahí empezaba a contar el que hubiera. Y si había dinero de verdad en juego, un abogado. Si quería discutirlo, había caminos: un recurso ante la misma oficina, en un mes; otra reclamación por encima de ella; y, al final, un juez. Por aquella cantidad no iba a pleitear. Pero tampoco la iba a tirar.
Lo que sí podía hacer era lo que había empezado sin saber cómo se llamaba: que constara. Su escrito estaba registrado, con el sello morado, y ahora tenía la respuesta, con su fecha. Una pregunta registrada que nadie contesta es un hecho. Una respuesta que no contesta, también.
Ya tarde, hizo lo que hace con un coche al final de la revisión, cuando el cliente pregunta si merece la pena arreglarlo: el informe. No el entero, que para eso le faltaba medir casi todo. Uno corto, con la regla que la ley aplica a cualquier empresa, también a su taller.
La buscó en la ley de las sociedades, y era clara. Una sociedad tiene que disolverse, entre otras causas, «Por pérdidas que dejen reducido el patrimonio neto a una cantidad inferior a la mitad del capital social». Si lo que tiene, restado lo que debe, se queda por debajo de la mitad de lo que pusieron los socios, se cierra.
Luego buscó las cuentas. El gestor le había dicho por teléfono que había un tribunal que miraba las cuentas del Estado y lo publicaba, y era verdad. Lo que publicaba ese tribunal era que la Seguridad Social tenía el patrimonio en negativo desde 2017: ocho cierres seguidos. Y que le debía al Estado, en préstamos, más de ciento veintiséis mil millones de euros. En las estadísticas europeas, con todas las administraciones juntas, salía lo demás: habían gastado más de lo que ingresaban en veintiocho de los últimos treinta y un años. Solo tres cerraron con más de lo que gastaron, 2005, 2006 y 2007, uno detrás de otro.
Con esa regla, cualquier sociedad estaría en causa de disolución. Un taller, cerrado. Y no se le podía declarar en quiebra: eso lo sabía desde la noche de la deuda, porque la ley que lo deja fuera del concurso la escribe él mismo.
Al lado, con la misma letra, apuntó lo que le había dicho el gestor, porque también era verdad: un Estado no es una empresa. Cobra impuestos, presta lo que no puede parar ni un día y no desaparece como un taller. La regla de las sociedades no le obliga; él la usaba a propósito, para medirlo con lo que el Estado les exige a los demás. Lo que salía de ahí era una causa de disolución con esa vara, no una quiebra de verdad: seguía pagando, y le seguían prestando.
El informe entero lo dejaría para cuando hubiera mirado lo demás, lo que se lleva y lo que da. Un mecánico no firma un informe con el coche a medio abrir.
En «Comprobado» escribió: «Me han contestado sin contestar. Lo que se paga, se paga en plazo; lo que se pregunta, se pregunta por escrito. Si yo me retraso, recargo; si ellos no cumplen, a esperar. Con la regla de cualquier taller, estaría cerrado. Pero un Estado no es un taller».
«Lo que yo creo» se quedó con una línea: «Que la balanza sigue pesando más de un lado».
Gea volvió a la cocina antes de acostarse, con la crema de manos todavía en los dedos. Leyó por encima de su hombro sin decir nada. Luego cogió la respuesta, la carta del primer día y la copia sellada, y las grapó juntas.
—Esto se guarda —dijo—. Todo junto y con su fecha. Lo que pediste, lo que te contestaron y cuándo.
—¿Para qué?
—Para que conste. Si cada uno guardara lo suyo y se pudiera ver todo junto, se vería quién contesta y quién no.
Él la miró. No se le había ocurrido, y llevaba semanas haciéndolo sin saber para qué. Sacó del cajón de los papeles del taller la carpeta de cartón donde guardaba, desde el día del registro, la copia sellada y, detrás, la hoja que había escrito a mano para que constara. En la tapa escribió, con el lápiz corto: «Lo pedido y lo respondido». Era su archivo. Uno para todos no existía; de momento, era una idea de su mujer en la mesa de la cocina.
Gea le pasó la mano por el pelo, como a la niña.
—Y no tardes, que la cama se enfría.
—Ya me lo has dicho.
—Por eso te lo digo otra vez.
Por la mañana, Sofía vio la carpeta antes que el desayuno.
—¿Te han contestado?
—Me han contestado como quien contesta a todos. He pagado lo que me pedían, porque los plazos se cumplen. Y lo que pregunté sigue escrito, con su fecha. Eso no se lo lleva el viento.
—¿Y si tú llegas tarde a pagar?
—Me cobran más.
—¿Y si ellos llegan tarde a contestar?
—Hay que esperar. O ir a un juez.
—¡Eso no es justo!
—Eso es lo que yo creo también. Pero ahora está escrito, y lo escrito se puede enseñar.
Sofía se quedó mirando la tapa de la carpeta.
—¿Y el Estado está roto?
—Si fuera un coche de mi taller, le daría un informe malo. Pero no es un coche, y no se tira. Los coches se arreglan.
Sofía cogió una galleta y se quedó pensando, con la galleta a medio camino.
—Papá, ¿y cuánto le pagas tú al Estado? ¿Y mamá?
Él se sirvió el café. Lo que pagaba cada mes lo sabía de memoria. Lo que se llevaba de verdad, todo junto, nunca lo había sumado.
—Lo de cada mes, sí. Lo de todo junto, todavía no. Déjame mirarlo.