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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.

Capítulo 41 El centro

El viernes, a primera hora, entró un coche que no conocía. Lo conducía un hombre de unos sesenta años, con chaqueta de punto y las manos en el volante a las diez y diez, como se enseñaba antes en las autoescuelas. Aparcó despacio, paró el motor y, antes de bajarse, se quedó un momento mirando al frente, como quien repasa lo que va a decir.

—Se me va a la derecha —dijo—. Desde hace meses. En otro sitio me dijeron que era la carretera, que las carreteras van un poco inclinadas para que corra el agua.

—Eso es verdad. Algo tira.

—Ya. Pero no tanto.

El padre dio una vuelta alrededor del coche antes de tocar nada. La rueda de delante derecha estaba comida por un borde; la izquierda, casi nueva. Con el manómetro, la derecha llevaba bastante más aire que las otras tres. Se sentó al volante con la puerta abierta y puso las ruedas rectas: el volante se quedaba girado. Alguien lo había sacado de su sitio y lo había vuelto a meter torcido, para que, yendo el coche torcido, el volante pareciera recto.

—¿Te pusieron más aire en esta?

—Para compensar, me dijeron. Que así no tiraba.

—¿Y el volante?

—Me lo enderezaron. Que iba torcido y era muy feo.

El padre se rascó la nuca. Lo había visto otras veces, y no hacía falta mala fe para hacerlo: era la salida rápida. El coche tiraba, y en lugar de buscar por qué, se le ponía un parche. El parche gastaba una rueda, y a la rueda se le ponía otro. Cada arreglo pedía el siguiente.

—Esto no se arregla con más aire. Hay que llevarlo a su sitio.

—¿Cuánto me va a costar?

Se lo dijo.

—¿Y si cambio solo la rueda?

—Que la nueva te durará lo que la vieja.

El hombre lo pensó sin prisa, mirando la rueda comida como si le hiciera cuentas.

—Ni tanto ni tan calvo —dijo al fin—. Alinéalo. La rueda la cambiamos cuando vaya recto.

Subió el coche a la alineadora y le colgó un cabezal en cada rueda. En la pantalla fueron saliendo las medidas, cada una con su franja: verde si estaba dentro de lo que pedía el fabricante para ese modelo, roja si no. Dos salían en rojo. El hombre se acercó a mirar, con las manos a la espalda.

—¿Eso es igual para todos los coches?

—No. Cada coche trae el suyo. Lo pone el fabricante en su ficha.

—Mucho rojo para tan poca cosa.

—Para ir torcido hay muchas maneras. Para ir recto, una. Y es estrecha.

Aflojó las contratuercas de las barras de la dirección y fue girando, poco a poco, mirando la pantalla, hasta que el rojo se hizo verde. Luego centró el volante, igualó el aire de las ruedas y le dio las llaves. El hombre dio la vuelta a la manzana y volvió con media sonrisa.

—Ahora va solo. Ni lo toco.

Pagó con tarjeta. Al hacerle la factura, el padre le preguntó el nombre y lo escribió arriba de la orden de trabajo, con letra clara: Prudencio.


Esa noche, con Sofía dormida y Gea ya acostada, abrió la libreta por la página de los reinos. Arriba seguía el «Ojo» del jueves; abajo, la línea en blanco. Antes de llenarla quería mirar una cosa que le había quedado de la otra noche. Si el mal se presentaba como luz, ¿cómo se le distinguía de lo bueno?

Le preguntó a Sofía IA si alguien había medido dónde estaba lo bueno.

Sofía IA: El que más cuidado puso fue el filósofo griego de las otras veces, el de lo justo por naturaleza. Te lo traduzco yo desde el griego, y te dejo el original al lado para quien lo sepa leer.

Lo apuntó así, traducido por ella y con el griego al lado, porque no era lo mismo que un texto con su traductor.

El griego no ponía la virtud entre el bien y el mal. La ponía entre dos males: era «un término medio entre dos vicios: uno por exceso y otro por defecto». En el miedo, el valiente quedaba entre el temerario y el cobarde; con el dinero, el generoso, entre el que lo derrocha y el tacaño. Y ese medio no era el mismo para todos. Era «relativo a nosotros», lo fijaba la razón, y lo fijaba «tal como lo determinaría el prudente».

Había una línea que se le quedó, porque la había dicho él esa misma mañana con otras palabras, delante de la pantalla: «errar es posible de muchas maneras […]; acertar, de una sola».

Pensó en las fichas del fabricante. Cada coche, las suyas; ninguna valía para todos. Eso encajaba. Lo que encajaba menos era quién ponía el centro. En el taller, el fabricante. En una persona, decía el griego, el prudente.

Luego volvió a lo del jueves, a que el mal casi nunca se presentaba como mal, y vio que las dos cosas casaban. Lo bueno, llevado demasiado lejos, se parece a la virtud y ya no lo es. La valentía que se pasa sigue llamándose valentía. El cuidado con el dinero que se pasa sigue llamándose cuidado. Nadie se presenta como temerario ni como tacaño.

En «Comprobado», sin adornos, quedó: «La virtud está entre dos males, no entre el bien y el mal. Se falla de muchas maneras y se acierta de una. Y el extremo de algo bueno se disfraza de virtud».

En «Lo que yo creo» escribió más despacio. Que él no era una sola cosa: era padre, era la pareja de Gea, era el hermano de su hermano y era el del taller. Que en cada una de esas caras había un dial entre dos extremos, como el del mecánico que no se fía de nadie y el que se fía de todos. Que cuando todas estaban en su sitio había algo parecido a la paz, y que eso él lo llamaría estar alineado con la ley de Dios; y que cuanto más se iba un dial del centro, menos coherente era uno y menos alineado. Y que lo que movía el dial era lo que uno hacía todos los días. Debajo, con la letra más grande: «El juego de la vida consiste en saber bailar, pero nunca dejarse mucho del centro».

Al margen, porque lo vio enseguida, puso el límite. El griego hablaba de una persona. Llevarlo a una ley, o a una institución, era cosa suya, y no sabía cómo se haría: «Para una ley, ¿quién pone el centro? Aún no lo sé».


Pasada la medianoche fue a por lo que le faltaba. La Biblia de su madre seguía en la mesa, con la cinta deshilachada. Buscó en Juan y lo leyó en el papel, despacio, con el dedo debajo de la línea: «Vosotros de vuestro padre el diablo sois […]. Él, homicida ha sido desde el principio, y no permaneció en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira».

No decía que mintiera a veces. Decía que la mentira salía de él.

Le pidió a Sofía IA lo que dijeran los otros libros. En Persia, de los espíritus del martes, «el que siguió la Mentira eligió hacer lo peor». En la India, los de condición demoníaca decían que el mundo «no tiene verdad, ni fundamento, ni Señor», y otro libro de allí contestaba: «solo la verdad vence, no la mentira». En el Corán: «¡Ha venido la Verdad y se ha disipado lo falso! ¡Lo falso tiene que disiparse!».

Del budismo le dio una línea, «vence al mentiroso con la verdad», y el sitio del libro donde estaba. Le pidió que se lo pusiera en pantalla, en su sitio, y en ese sitio no estaba: hablaba de otra cosa.

Sofía IA: Me he equivocado de sitio. Está bastante más adelante, en el mismo libro. Este es el bueno.

Lo miró en el bueno, y allí estaba. Lo corrigió en la libreta y no le dio más vueltas. Para eso se miraba.

Ninguno de esos libros defendía la mentira como camino. Y la verdad, en el de su madre, liberaba, pero con una condición que iba delante: «Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; Y conoceréis la verdad, y la verdad os libertará».

Ahora sabía cómo quería usar aquello, y sobre todo cómo no. No iba a decir de nada que viniera del diablo: eso no lo podía probar nadie. Iba a decir hacia dónde apuntaba. Un coche que tira a la derecha no dice por qué: dice hacia dónde. El porqué se busca después, y a veces no se encuentra. Lo que se ve son los frutos. Y solo de lo que se hace: de actos, de leyes, de instituciones. Nunca de una persona. Nunca de un grupo.

Volvió a la página de los reinos y leyó otra vez lo del jueves: el aprendiz que se pone en el sitio del que enseña, un poder de hombres en el lugar de la ley de Dios. En la línea en blanco escribió: «Esto apunta hacia el padre de la mentira».

Debajo, más pequeño: «De lo que se hace. Nunca de quien lo hace». Miró el «Ojo» de arriba, el de Gea, y lo dejó donde estaba.


El sábado por la mañana Sofía se fue con él al taller y se subió al taburete alto de las herramientas finas. Él montaba las ruedas de un coche al que había cambiado los neumáticos, y apretaba los tornillos en cruz, primero con la llave y después con la dinamométrica, casi sin mirar.

—¿Cómo sabes cuánto apretar?

—Al principio, por la llave. Hace clic cuando llegas. Ni más ni menos.

—¿Y ahora?

—Ahora la mano ya lo sabe casi sola. De hacerlo.

—¿Y si lo haces mal muchas veces?

Él la miró.

—Entonces la mano aprende a hacerlo mal.

La bajó del taburete, le puso la dinamométrica en las manos y le cerró los dedos con los suyos. Apretaron juntos el último tornillo. Sonó el clic. Sofía levantó la cara como si hubiera sonado una campana.

—Otra.

—No quedan más.

Entre coche y coche, en el ordenador del taller, buscó lo que decían los libros de eso mismo. El filósofo griego: «haciendo cosas justas nos hacemos justos». El Evangelio: «todo aquel que hace pecado, es siervo de pecado»; y una carta: «sois siervos de aquel á quien obedecéis». De los que hablan mentira, otra carta decía que acaban «teniendo cauterizada la conciencia». El Corán: «Lo que han cometido ha cubierto de herrumbre sus corazones». Y el budismo, con la imagen más sencilla: «gota a gota se llena la jarra de agua; el necio se llena de mal, juntándolo poco a poco».

En el banco había un disco de freno que había quitado esa mañana, con el borde comido de óxido. La herrumbre no salía en un día. Salía de dejar la humedad, un día tras otro, sin que nadie mirase. Y lo mismo, al revés, valía para lo bueno.

En «Lo que yo creo» apuntó que uno se va haciendo con lo que repite, y que se puede acabar siguiendo al padre de la mentira sin saberlo. Que por eso habría gente muy metida en un lado, y que a esos, como a todos, había que reconocerlos por lo que hacen, no por lo que dicen ni por el grupo en que estén. Que la vara valía también para él. Y en la página del Arca, debajo de «¿sirve, o se sirve?», una línea más: separar el grano de la paja era eso, quedarse con lo que sirve.

A mediodía cerró y se fueron los dos al mercado con la lista de Gea, que había despegado de la nevera por la mañana, con su imán: huevos, patatas, pan y manzanas, para la tortilla y para el domingo.

Tomás estaba detrás del puesto, con el delantal y su olor a naranjas, despachando a dos señoras a la vez. Al verlos levantó la barbilla.

—La furgoneta, como la seda —dijo, sin dejar de pesar—. ¿Qué os pongo?

—Manzanas. Las elige ella.

Sofía las fue cogiendo de una en una. Las apretaba un poco con el pulgar, cerca del rabo, y se las acercaba a la nariz. Las que no la convencían las devolvía a su sitio con cuidado. Tomás la miraba hacer, con la bolsa de papel abierta.

—Esta elige como su madre.

El padre no se había fijado nunca, y era verdad. Gea apretaba la fruta con el pulgar, cerca del rabo, y la olía. Nadie se lo había enseñado a la niña. Lo había visto hacer.

Pagó con billetes. Tomás, al cogerlos, le guiñó un ojo. De vuelta, por la calle del mercado, la farmacia de debajo de la gestoría tenía encendido el letrero: una copa con una serpiente enroscada.


Por la noche, con la bolsa de las manzanas junto a la puerta para el día siguiente, se sentó con la libreta y le dio vueltas a lo del día.

Lo primero, el coche de Prudencio. El volante girado para que pareciera recto, el aire de más para que no tirase, la rueda comida por el aire de más. Ninguno de esos arreglos era una mentira grande. Cada uno tapaba el anterior. Buscó si aquello tenía nombre fuera del taller, y lo tenía. Para sostener que la Tierra estaba en el centro se fueron añadiendo círculos sobre círculos, los epiciclos, hasta que un modelo más sencillo los hizo innecesarios. La afirmación falsa necesitaba cada vez más excepciones para seguir en pie. La verdadera acomodaba lo nuevo sin tantos parches.

El centro, otra vez. Pero un centro puesto donde no estaba.

En «Lo que yo creo» escribió la frase que le salió, y la leyó dos veces antes de dejarla: «Cuando una norma necesita cada vez más salvedades para sostener lo ya hecho, esto apunta hacia el padre de la mentira». No la escribió de ninguna ley en concreto. Eso había que medirlo, salvedad a salvedad, y no se medía a ojo. Lo dejó para cuando tuviera los números.

Lo segundo, Sofía en el puesto de Tomás, con el pulgar en las manzanas, como Gea. Si hubiera nacido en otra casa, de otros padres, en otro país y con otra fe, sería otra niña. Y él, otro hombre. Con todo lo mismo, la misma casa, los mismos padres y cada cosa resuelta de la misma manera, cualquiera sería él: «yo soy tú», y «tú serías yo». No era un dato. Era una cuenta hecha en la cabeza, sin saber qué pesa ni cuánto. Pero de ella salían dos cosas. La misma justicia para todos, porque nadie es más que otro: «amarás á tu prójimo como á ti mismo». Y que eso no quitaba elegir: saber de dónde viene uno ya es algo nuevo, y lo que se repite cambia la mano. Lo había visto esa mañana con la llave.

Lo tercero llevaba rondándole desde el lunes: los dos árboles. Lo apuntó en «Lo que yo creo» y lo marcó al margen con dos rayas, porque era más creer que nada de lo que había escrito en esa columna. El que escribió el relato no tenía nuestras palabras. Del árbol torcido salían miedo, acusación, fatiga y muerte. ¿Y si contaba algo que pasa en el cuerpo? Que lo que uno hace una y otra vez deja huella en lo que es, y que la huella pasa a los hijos. Que lo que se piensa y se siente se vuelve en el cuerpo una señal que llega a cada célula, como el cortisol que suelta el estrés o las endorfinas de lo que hace sentir bien.

Le preguntó a Sofía IA qué medía de eso la ciencia.

Sofía IA: Poco. Hay estudios que ven que la conducta cambia qué genes se expresan, poco y a corto plazo. Y uno que asocia vivir con un propósito con vivir algo más; de ese solo he leído el resumen.

Le preguntó si alguno medía que la huella se heredase.

Sofía IA: Ninguno de los que tengo. Ni que una elección cambie el ADN, ni que se herede, ni que vivir alineado alargue la vida.

Debajo de la hipótesis escribió: «El relato puede decir que elegir mal daña la vida. Cómo la daña, no lo dice. Falta investigarlo». Y en una esquina, sin flecha, la serpiente del letrero de la farmacia, que cada vez que aparecía le hacía pensar en lo que se hereda. Eso no llegaba ni a hipótesis. Lo apuntó como juego.

Antes de apagar la luz miró la bolsa de la puerta. El libro del huerto no decía manzana en ninguna parte. Mañana se lo diría, si venía a cuento.