Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 30 Sin que nadie lo enseñe
El martes, a media mañana, entró en el taller un coche que no conocía. Lo conducía una mujer joven con cara de haber dormido poco, y detrás, atado en su sillita, iba un niño pequeño con los mofletes colorados. Tenía unas décimas, le explicó ella, y en la guardería no se lo habían querido quedar. El coche pitaba al frenar desde la semana pasada.
El padre sacó una orden de trabajo y escribió en la primera casilla, la de «Lo que dice el cliente»: «Pita al frenar».
—Si quiere esperar, se lo miro ahora. Hay café, si la máquina quiere.
Ella se sentó en la silla de plástico con el niño en las rodillas. Él subió el coche a la elevadora, quitó las ruedas de delante y no tuvo que buscar mucho: las pastillas estaban gastadas hasta el hierro, y el hierro había empezado a comerse el disco. En la casilla de abajo, la de «Lo que encuentra el taller», escribió: «Pastillas y discos de delante».
—Así no debería llevar al niño —le dijo—. Si me espera, se lo dejo hecho antes de comer.
Ella miró la hora en el móvil, suspiró y dijo que sí.
Cuando terminó, montó las ruedas y apretó el botón para bajar el coche. La elevadora empezó a descender con su zumbido de siempre. La mujer estaba de pie junto a la máquina del café, hablando por teléfono con alguien del trabajo, y el niño, que llevaba un buen rato jugando con un tapacubos en el suelo, se levantó de golpe y echó a correr hacia el coche, con los brazos por delante, a por la rueda brillante.
El padre soltó el botón y cogió al niño en el mismo movimiento. El coche se quedó parado un palmo por encima de donde había estado la cabeza.
El niño se echó a reír, como si fuera un juego. La madre había dejado caer el teléfono. Estaba blanca.
—Gracias —dijo, y lo cogió en brazos—. Gracias. Gracias.
—Ni lo he pensado.
Era verdad. No había decidido nada. Cuando se dio cuenta, ya tenía al niño agarrado por debajo de los brazos.
Le hizo la factura sin levantar mucho la vista del papel.
—¿A nombre de quién?
—Piedad.
Lo escribió arriba de la orden de trabajo, encima de las dos casillas, y vio que la letra le salía torcida. Ella pagó y se despidió dándole la mano con las dos suyas. Desde la sillita, el niño le dijo adiós con la mano, como si no hubiera pasado nada. Para él no había pasado nada.
Cuando se fueron, el padre se sentó un momento en la silla de plástico. Después entró el siguiente coche.
A mediodía, a la puerta del colegio, abrazó a Sofía más rato del que ella quería.
—Papá, que me ven.
Por la noche no se le iba de la cabeza la frase de la mañana: «Ni lo he pensado». Nadie le había enseñado a coger a un niño en el aire. Y miró la estantería que había dibujado la noche antes: debajo de la ley de Dios, la balda de lo que la razón sabe sola, sin que nadie se lo enseñe. ¿Era aquello? ¿O era un reflejo, como cerrar los ojos cuando salta una esquirla de la radial?
Escribió «ley natural», sin más.
Sofía IA: Depende de cuál. La palabra se usa de dos maneras. Una describe lo que ocurre: la gravedad, el ciclo del agua. Esa no se puede desobedecer. La otra dice lo que debería ocurrir: no matar, devolver lo que te han confiado. Esa sí se puede desobedecer, y por eso hace falta saber distinguir el bien del mal.
Apuntó las dos maneras, cada una en su renglón, y las separó con una raya. Que un coche viejo se oxide es natural, de la primera manera. Que uno lo pinte por encima sin quitarle el óxido pasa mucho, y no por eso está bien. Que algo ocurra no lo hace bueno. A él le interesaba la segunda.
Y le interesaba saber si era de verdad de todos o una idea de aquí, disfrazada de que valía para cualquiera. Decidió probarla como se prueba un coche que sale del taller: no en una calle, en varias. La buscó en quince tradiciones, y el resultado lo apuntó como apuntaba el de una prueba de frenos, sin arreglarlo: «deliberadamente mixto». Unas lo confirmaban, otras lo contradecían y otras no daban nada. Lo de «deliberadamente» lo puso a propósito. Una prueba que solo puede salir bien no es una prueba.
De las que confirmaban, le bastaban tres, y las tres eran de muy lejos. La primera venía de Grecia, de hace muchos siglos, y la apuntó entera porque cabía en un renglón: «todas las leyes humanas se nutren de una sola, la divina». La segunda, de otro griego algo posterior, partía lo justo entre lo que pone la ley y lo que pone la naturaleza, y decía cuál es cuál: «natural es lo que en todas partes tiene la misma fuerza, y no porque a alguien le parezca bien o no». Y la tercera no era una regla, sino una escena, de un maestro chino del siglo cuarto antes de Cristo: «cualquiera que de pronto ve a un niño a punto de caer a un pozo siente sobresalto y compasión».
Lo leyó dos veces. Un pozo, en vez de una elevadora.
El maestro chino añadía que eso se siente sin buscar nada a cambio, ni por ganarse a los padres del niño ni por la fama. El padre no sabía de quién era aquel niño cuando lo cogió, y en el taller no había nadie más para verlo.
Aquellas letras chinas no las sabía leer. Le pidió a Sofía IA que se las pusiera una a una, cada una con lo que quería decir, y no se quedó tranquilo hasta encontrar el niño y el pozo en su sitio. El mismo maestro hablaba de cuatro brotes que todo el mundo trae: la compasión, la vergüenza ante el mal, la cortesía y el sentido de lo justo. Todos los tienen, decía, «como tienen cuatro miembros».
Entre Grecia y China, en aquel siglo, no había contacto documentado. Que se sepa, no se conocían. Y decían lo mismo. Si se quitaba una de las tres, las otras dos seguían sosteniéndolo. Dibujó en la libreta una mesa de tres patas.
Luego buscó a los que decían lo contrario, porque un presupuesto en el que todo cuadra a la primera es el que hay que repasar. Los encontró, y en los dos sitios. En Grecia, uno que decía: «digo que lo justo no es otra cosa que lo que le conviene al más fuerte». En China, en tiempos del mismo maestro, otro que se quedaba con el «para mí», y del que se contaba que «no se arrancaría un pelo aunque con ello beneficiara al mundo entero». Los dibujó al lado de la mesa, como una pata más corta tirada en el suelo: la pata coja. Le gustó encontrarla. Si nadie hubiera dicho nunca lo contrario, la mesa habría sido sospechosa.
Siguió buscando, y lo mismo salía en sitios que no se parecían en nada. La muchacha de una tragedia griega le contestaba al rey que sus órdenes no tenían fuerza para pasar por encima de «las leyes no escritas e inquebrantables de los dioses», que «no son de hoy ni de ayer, sino que viven siempre». No escritas: más arriba que cualquier papel. El Corán hablaba de «la naturaleza primigenia que Alá ha puesto en los hombres». Y un texto del budismo lo decía midiendo con uno mismo: «Todos tiemblan ante el castigo, todos temen la muerte; tomándose a uno mismo como medida, que nadie mate ni haga matar».
Los que no encajaban los apuntó con la misma letra. En el Egipto antiguo, el orden moral solo lo conocía el rey; en una comunidad cerrada junto al mar Muerto, la ley era doctrina reservada a los suyos. No decían que no hubiera ley. Decían que era de unos pocos. Esos los sacó de libros que los citaban, no de los textos de entonces, y lo puso así.
Después volvió al fraile de la noche anterior, porque tenía una frase sobre algo que le rondaba desde el jueves: «el bien común de la ciudad y el bien de una persona no se diferencian solo en lo mucho o lo poco, sino en su forma». Pensó en la votación del delegado. La fuente del patio que no echaba agua era de todos, también de los que habían votado el recreo largo, y Sofía había perdido con ella. Lo que conviene a más gente no es, sin más, el bien común.
Lo último lo encontró ya tarde, y era lo más duro. Después de la Segunda Guerra Mundial, unos tribunales en Núremberg juzgaron a quienes habían obedecido las leyes de su propio Estado. En 1950, las Naciones Unidas dejaron por escrito lo que aquellos juicios habían sentado: que la ley de un país no castigue un crimen no libra de responder a quien lo cometió; y que haber actuado por orden de su Gobierno o de un superior tampoco libra, siempre que de hecho pudiera elegir. Aquello solo lo encontró en inglés, y lo apuntó con sus palabras.
Y, al final, la propia Constitución, en uno de sus primeros artículos, reconocía algo anterior a ella: «La dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes» son «fundamento del orden político y de la paz social». Inherentes. No los crea el Estado: los encuentra. Y la Declaración Universal de Derechos Humanos, en su primer artículo, lo decía a su manera: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros». Los mismos Estados llamaban a esos derechos «inherentes» e «inalienables». No los daban. Los reconocían.
En la columna de «Comprobado» apuntó: «Tres tradiciones que, que se sepa, no se conocían dicen lo mismo: que el bien y el mal se distinguen con la razón. Y en Grecia y en China hubo quien dijo lo contrario».
En «Lo que yo creo»: «Esta mañana no lo he pensado. Nadie me lo ha enseñado».
Y debajo, con la misma letra, lo que valía en contra: «Que todos lo sientan no quiere decir que todos lo hagan. Y hubo pueblos donde esta ley era solo de unos pocos».
En «Aún no lo sé» puso una línea sola: «Quién decide lo que es natural».
De madrugada, Gea vino a por agua con los ojos medio cerrados, y se quedó en la puerta de la cocina con el vaso en la mano. Leyó por encima de su hombro.
—¿Ley natural? ¿Como la gravedad?
—La otra.
Se sentó en el brazo de la silla y leyó la línea de «Aún no lo sé». Le dio un trago al agua.
—Pues esa es la buena —dijo—. Porque lo natural cada uno lo entiende a su manera. Y si mides las leyes con lo que a ti te parece natural, le impones tu moral al que no piensa como tú. Ya te lo dije anoche: aquí hay de todo. Para eso se vota. Las leyes las decide la mayoría, dentro de la Constitución. Si cada uno pudiera decir que una ley es injusta y no cumplirla, no habría quien aguantara esto.
—No mido con lo que a mí me parezca. Solo con lo poco en lo que coinciden todos, también los que no se conocían. Y no me salto ninguna ley por eso.
—Ya. ¿Y qué es eso tan poco?
Él le contó lo de la mañana. La elevadora bajando, el niño corriendo hacia la rueda, el botón. Gea se llevó la mano a la boca.
—¿Y el niño?
—Ni se enteró. —Le enseñó la frase del pozo—. Eso no lo aprendí en ningún sitio. Y un maestro chino lo escribió hace muchísimos siglos, con un pozo en vez de una elevadora. Eso no es la doctrina de nadie.
Gea leyó la frase dos veces, como él.
—Lo del pozo te lo compro. Pero un juez no puede juzgar con un maestro chino.
—No. En un juicio manda la ley escrita, y eso no lo discuto. —Pasó la hoja—. Pero mira: ni la Constitución se mide sola. Dice que los derechos se leen «de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos». Algo de fuera, y de antes.
—Eso lo firmaron los Estados.
—Sí. Y hasta uno de los que más defendieron el siglo pasado que una ley vale por cómo se hace, sin mirar si es buena, admitía un «contenido mínimo del derecho natural». Eso lo he leído citado en una revista. El libro no lo he tenido delante.
—Pues apúntalo así.
—Ya está apuntado.
Gea se levantó con el vaso.
—A medias —dijo—. Lo del pozo, sí. Lo de medir las leyes, ya veremos. Que hagan las leyes los que vota la gente, eso no me lo quites.
—Eso no te lo quito. Lo que no sé es si, por aprobarse, ya son justas.
—Eso, otro día. —Se paró en la puerta—. ¿Y la madre?
—Blanca como la pared. Me ha dado la mano con las dos.
Cuando se fue, él se quedó mirando la estantería. Llevaba dos baldas. La siguiente era lo que se hace porque siempre se ha hecho. En el taller tenía unas cuantas de esas, y no todas buenas.