Esta novela es ficción. La familia, la casa, el taller y lo que se dicen son inventados. Lo que el padre encuentra está en la obra «Apocalipsis del Sistema», con sus mismas palabras, y el índice del final dice dónde.
Capítulo 22 Crónica: La lengua de la ley
En 1553, en Salamanca, salió en latín un tratado de la justicia y el derecho, en diez libros.
En 1569, también en Salamanca, otro libro, escrito en castellano para los mercaderes, les dio una regla que cualquiera de ellos podía leer: «Regla general es, que quando se aguarda plazo, y por aguardar se interessa, es vsura».
Al otro lado del mar, los iroqueses guardaban de palabra una ley cuya fecha se discute: una propuesta la lleva a 1142; muchos, a mediados del siglo XVI; otros, a los años entre 1570 y 1600. No la pusieron por escrito hasta hace poco, y la versión que se lee es de 1916. Al señor que no tiene en mente el bien del pueblo se le amonesta tres veces y, si persiste, se le despoja de su título.
En 1576, la soberanía moderna recibió su definición de un francés: «el poder absoluto y perpetuo de una república». Absoluto, pero con techo, y el techo lo puso él mismo en el mismo capítulo: el príncipe soberano no puede saltarse las leyes de la naturaleza, y por eso «tampoco podrá tomar el bien ajeno sin causa justa y razonable».
En ese mismo siglo, otro francés dejó dicho por qué se obedecen las leyes, y no era por justas: «las leyes se mantienen en crédito no porque sean justas, sino porque son leyes».
En 1598, un rey de Escocia escribió que el rey ha de ser «juzgado solo por Dios, a quien solo debe rendir cuentas».
En 1609, la Corona rebajaba la moneda de vellón para aumentar sus ingresos, y un español se lo echó en cara por escrito. Uno de sus capítulos lo dice desde el título: «El rey no puede bajar la moneda de peso ó de ley sin la voluntad del pueblo».
En 1612, en Coímbra, salió otro tratado, de las leyes y de Dios legislador, también en latín. Era la lengua de clérigos, juristas y universitarios, cuando casi nadie sabía leer. No hizo falta prohibir nada: la propia lengua separaba a quien podía interpretar la ley de quien debía obedecerla.
En 1651, un inglés escribió que, sin un poder común que los mantenga a raya, los hombres viven en «una guerra de cada hombre contra cada hombre». Al Estado que acaba con esa guerra le dio nombre de monstruo, Leviatán, y lo llamó «ese Dios mortal». La costumbre, en su libro, no valía por sí misma, sino por «la voluntad del soberano significada por su silencio».