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Apocalipsis del Sistema
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Empezar a leer

Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.

Capítulo 17 Papá, ¿dicen todos lo mismo?

Esa noche sacó del armario la Biblia antigua de su madre, la de las tapas gastadas, y la puso en la mesa al lado del portátil. No la había abierto en años.

No buscaba nada concreto. Quería saber si lo que había ido encontrando planta a planta, en las leyes y en los números, alguien lo había dicho antes. Y lo encontró. Una y otra vez.

Cuando buscó quién había dicho que sí por su hija, ya estaba escrito: «Mas sea vuestro hablar: Sí, sí; No, no; porque lo que es más de esto, de mal procede». El sí se dice. No se presume.

Cuando hizo las cuentas de la hucha, ya estaba escrito: «El peso falso abominación es á Jehová: Mas la pesa cabal le agrada».

Cuando contó las promesas que no se cumplen, ya estaba escrito: «Por sus frutos los conoceréis».

Se quedó quieto, con el dedo en la página. Había tardado semanas en llegar por su cuenta a lo que estaba ahí desde siempre.

Luego quiso saber si era solo ese libro. Buscó los de otros pueblos, pueblos sin contacto documentado entre sí. Y no era solo ese libro. Los mismos principios se repetían en pueblos muy lejanos, cada uno con sus palabras: que la medida sea justa, que lo confiado se devuelva entero, que se perdonen las deudas. Y por debajo de todos, el mismo hilo: el que manda, sirve.

Ya era muy tarde cuando dio con lo de los niños. Primero, unas palabras de Jesús que conocía de oídas: «si no os volviereis, y fuereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humillare como este niño, éste es el mayor en el reino de los cielos». Luego encontró palabras parecidas en otros evangelios: «el que no recibiere el reino de Dios como un niño, no entrará en él». Y una más, que le hizo leer despacio: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, que hayas escondido estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las hayas revelado á los niños».

Quiso ver esa palabra, «revelado», en la lengua en que se escribió, el griego, y se lo preguntó a Sofía IA.

Sofía IA: Creo que es de la misma familia que «apocalipsis», que quiere decir revelación. Pero esto no lo he podido comprobar en un diccionario. Míralo tú.

El padre se quedó mirando la pantalla más de lo que hacía falta. Era la primera vez que se lo decía. Fue a buscar el diccionario de griego, y era así: la misma familia. Revelar. Revelación. Lo apuntó en una esquina de la hoja, aparte, sin saber todavía para qué.

En «Comprobado» escribió: «Lo que he encontrado en cada planta ya estaba escrito, en libros de pueblos sin contacto documentado. Y está escrito que hay que hacerse como niños».

Y en «Lo que yo creo» escribió lo que de verdad pensaba, aunque el versículo no lo dijera así: «Que las preguntas de un niño, hechas sin trampa, son razón de sobra para buscar la verdad allá donde esté».

A la noche siguiente, Sofía no se quería dormir. Él se sentó en el borde de la cama.

—¿Y dicen todos lo mismo? —preguntó ella, ya con los ojos medio cerrados.

—Casi. Pueblos que, que se sepa, no se conocían dicen las mismas cosas. Que el sí se dice. Que la medida tiene que ser justa. Que el que manda, sirve.

—Eso lo dice también la abuela de la de la trenza —dijo Sofía—. Reza en otro idioma, pero en su casa también se devuelve lo que te dejan. Me lo contó en el recreo.

—¿Ves? Y, que se sepa, nadie se lo ha copiado a nadie.

—El de las gafas dice que su padre dice que eso son cuentos de viejas.

—Está en su derecho de pensarlo. Por eso hay que leerlo, y no creérselo porque sí. Ni lo de la abuela, ni lo de su padre, ni lo mío.

—¿Y de los niños dicen algo?

Él sonrió en la oscuridad.

—Dicen que si no te haces como un niño, no entras en el reino de los cielos.

Sofía abrió un ojo.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Lo que pone es eso. Lo que yo creo es que quiere decir preguntar sin miedo y sin trampa, y aceptar lo que es verdad, aunque no te guste. Como haces tú.

—Pero yo no sé casi nada.

—Por eso. El que cree que ya lo sabe todo no pregunta. A muchos los desvió la soberbia. La humildad es el único camino.

Sofía se dio la vuelta, abrazada a la almohada.

—Papá. ¿Y al principio de todo qué pasó? Antes de todos esos libros.

—Hay una historia, la primera de todas. Un jardín con dos árboles.

—¿Y qué pasó en el jardín?

Él la tapó hasta la barbilla. Se sabía la historia de oídas, como la sabe todo el mundo. Y de oídas, ya sabía lo que valía.

—Esto aún no lo sé bien. Déjame mirarlo.