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Apocalipsis del Sistema
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Empezar a leer

Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.

Capítulo 7 Papá, ¿qué es una presunción?

En el coche, camino del colegio, la radio dio la noticia de un robo en una joyería. «El presunto autor ha sido detenido», dijo el locutor, y pasó al tiempo.

—Papá, ¿qué es presunto?

—Que creen que ha sido él. Pero no está probado.

—¿Y entonces por qué lo detienen?

—Porque hay pistas. Pero hasta que se pruebe, no es culpable. Es presunto.

Sofía se quedó mirando por la ventanilla. En el semáforo se volvió hacia él.

—¿Y la carta? ¿La carta es presunta?

Él se rio. La carta seguía en la mesa de la cocina, debajo de la hoja de las tres columnas, con su plazo. Le había prometido mirarla.

—La carta tiene plazo, y la voy a mirar. Pero antes tengo que entender bien esa palabra. Me la encuentro por todas partes.


Esa noche no abrió la carta. Abrió la hoja y leyó lo que había escrito en «Comprobado» la noche de la piscina: «El Estado da por cierto, sin probarlo, lo que más necesita». Dar por cierto sin probar. Eso tenía un nombre, y quería saberlo bien antes de decírselo a la niña.

Encontró la palabra, y encontró también sus vecinas, las que se le parecen y no son lo mismo. Las apuntó en el margen, una debajo de otra, como los peldaños de una escalera, para no mezclarlas nunca:

«La verdad: lo que se comprueba con su fuente. La presunción: lo que se da por cierto sin haberlo probado; todavía no se sabe si es verdad o falso. Lo falso: lo que la norma o el dato demuestran que no es así. La mentira: lo falso dicho sabiendo que es falso».

La última le costó más. Encontró que el Evangelio ya le había puesto padre: del diablo dice que «es mentiroso, y padre de mentira». Y encontró también el cuidado que había que tener con ella. Para llamar mentira a algo hay que saber que el otro sabía que era falso, y eso es saber lo que hay en la cabeza de otro. Casi nunca se sabe. Se acordó de la cita que Sofía IA le había inventado la primera semana. No le había mentido: le había dado algo que sonaba bien. Era falso, pero no era mentira.

Luego vio que en las leyes la presunción es, además, una regla: la ley manda tener algo por cierto mientras no se pruebe lo contrario. Y con eso decide quién tiene que probar. Cada presunción reparte una carga, la de la prueba.

Había presunciones que protegían. La Constitución garantiza a todos «la presunción de inocencia», y el Tribunal Constitucional había dicho que la prueba le toca «a quien acusa, sin que nadie esté obligado a probar su propia inocencia». Esa era buena. Lo protegía a él, a Gea y a la niña.

Y había otra que lo dejó un rato con el lápiz parado. La ley dice: «La ignorancia de las leyes no excusa de su cumplimiento». Es decir, se presume que todo el mundo conoce todas las leyes. Buscó cuántas se publican, y encontró que solo en un año habían salido más de un millón de páginas entre el boletín del Estado y los de las comunidades.

Más de un millón de páginas. Él, que se leía entero el manual de cada coche nuevo que le entraba en el taller, no podría leerlas ni en toda su vida.

Frente a esa encontró una frase del Evangelio que parecía escrita para ella: «¡Ay de vosotros también, doctores de la ley! que cargáis á los hombres con cargas que no pueden llevar».

Pero buscó también lo que se le podía contestar, y lo apuntó al lado, porque era verdad: si bastara con decir «no lo sabía», nadie estaría obligado por ninguna ley. Las normas se publican, gratis y en español. Y no todo lo que se publica son normas: también hay nombramientos y anuncios. Publicar era verdad. Lo que no veía era que lo publicado se pudiera conocer.

En «Comprobado» copió la escalera de las palabras, con lo de la inocencia debajo, y una línea más: «Se presume que todos conocemos todas las leyes. Nadie puede».

Y en «Lo que yo creo»: «Que una presunción no es una mentira, pero tampoco es roca. Mientras nadie la pruebe, está sobre arena. A cada una hay que pedirle su piedra: una prueba, una ley más alta o un sí que alguien haya dado de verdad».


Por la mañana, el paquete de galletas estaba vacío en el armario. Sofía lo enseñó como quien enseña una prueba del delito.

—¡Alguien se ha comido las galletas!

El padre dejó la cafetera en el fuego y la miró muy serio.

—Se presume que has sido tú.

—¡Yo no he sido!

—Pues demuéstralo.

Sofía abrió la boca, la cerró y frunció el ceño, como cuando hacía restas llevando.

—Eso no vale. Que lo demuestre el que acusa.

Él se quedó con la taza a medio camino. Era lo que había dicho el tribunal, casi con las mismas palabras.

—Tienes razón. Eso se llama presunción de inocencia. Te protege a ti.

Gea entró en la cocina con la bata, el pelo recogido de cualquier manera, y vio el paquete.

—Ah. Esas me las comí yo anoche, mientras tú leías. Lo siento.

Sofía la señaló con el paquete.

—¡Papá me ha acusado a mí!

—Pues ya ves —dijo Gea, y se sirvió café—. A tu padre le pasa mucho.

Él se rio y aprovechó.

—Vamos a jugar a una cosa. Lo que yo dije, que habías sido tú, ¿qué era?

—Una presunción. No lo habías probado.

—¿Y ahora?

Sofía miró a su madre y luego el paquete vacío.

—Falso. Porque mamá lo ha dicho, y aquí está el paquete.

—¿Y si mamá hubiera dicho que no sabía nada?

—Mentira.

—¿Y cómo lo sabrías?

Sofía lo pensó un rato largo.

—No lo sabría. Igual se le había olvidado.

—Por eso a casi nada se le puede llamar mentira. Hay que saber lo que el otro tenía en la cabeza.

Gea, detrás de su taza, levantó una ceja, pero no dijo nada.

—Ahora te cuento una presunción de verdad, de las grandes —dijo él—. La ley da por hecho que todo el mundo se sabe todas las leyes. Si no te sabes una, te la aplican igual.

—¿Y cuántas hay?

—En un solo año se publican más de un millón de páginas.

—¿Tú te las has leído?

—Ni yo, ni tu madre, ni nadie.

—Pues es como si la señorita diera por hecho que me sé todos los libros de la biblioteca del cole, y me castigara por no saberme uno.

—Más o menos.

—¡Los que hicieron esa ley son unos tramposos!

—Eso no te lo digo yo. No hay buenos ni malos: hay quien ve más y quien ve menos. Yo miro la ley, no a ellos.

—Además, algo de razón tiene —dijo Gea—. Si bastara con decir que no lo sabías, nadie cumpliría nada.

—Eso también es verdad —dijo él—. Lo apunté anoche al lado. La ley tiene su razón. Lo que no tiene es piedra debajo: nadie puede saberse todo eso.

Sofía cogió la mochila y se quedó un momento en la puerta, mirando la mesa. La carta seguía allí, con su escudo.

—¿Y la carta qué es? ¿Verdad, presunción, falso o mentira?

—Esto aún no lo sé. Déjame mirarlo.