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Apocalipsis del Sistema
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Esta novela es ficción. Los principios que el padre enseña son del autor y están fechados; el diálogo, la niña, su madre y su casa son inventados.

Capítulo 1 Papá, ¿qué es el Estado?

La carta estaba en el buzón, debajo de la propaganda del supermercado. Un sobre blanco con ventanilla y, en una esquina, un escudo. El padre lo dobló sin abrirlo, se lo guardó en el bolsillo del mono y subió la escalera detrás de Sofía, que iba contando los escalones en voz alta, como cada día, aunque ya sabía que eran quince.

En el rellano se cruzaron con Gea, que bajaba con el bolso al hombro y las llaves en la mano, camino del trabajo. Le dio un beso a la niña, otro a él, y vio el sobre asomando del bolsillo del mono.

—¿Y eso?

—Una carta.

—Pues no la abras con hambre —dijo, ya escaleras abajo—. En la nevera tenéis una nota.

La nota estaba sujeta con un imán: «Hay lentejas del domingo. Que la niña coma fruta».

Sofía dejó la mochila tirada en el pasillo y se sentó en la encimera, que era justo donde no podía sentarse, mientras su padre ponía las lentejas al fuego. Tenía nueve años y una manera de mirar que no dejaba escapar nada.

—¿Qué carta es esa?

—Una carta.

—Ya. ¿De quién?

—Del Estado.

Se oyó decirlo y le sonó raro, como si el Estado fuera un vecino que escribe cartas.

—¿Y qué es el Estado?

El padre removió las lentejas. Llevaba toda la vida oyendo esa palabra: en la radio del taller, en las noticias, en boca de los clientes mientras esperaban el coche. Nunca se había parado a pensar qué quería decir.

—El Estado es el que pone las normas. Y el que cobra los impuestos para pagar lo que es de todos: el colegio, el médico, las carreteras.

—¿Y quién le ha dicho que puede poner las normas?

—Nosotros. El Estado somos todos.

Sofía arrugó la nariz.

—Yo no he puesto ninguna norma.

Él se rio, pero la risa se le quedó a medias. Ella no había puesto ninguna norma. Y él, ahora que lo pensaba, tampoco.

—Pues mira, en eso tienes razón. Y te voy a decir una cosa que sí sé: nunca des nada por hecho.

—¿Ni lo que dices tú?

—Ni lo que digo yo.

A Sofía le pareció un trato justo. Se bajó de la encimera de un salto y fue a por una mandarina.

La tarde se fue en lo de siempre: el taller, un embrague que no acababa de entrar, la niña a la piscina. Entre coche y coche, el padre sacó el móvil para buscar qué es el Estado, y cada vez lo volvió a guardar. Le salían respuestas larguísimas, cada una con palabras distintas, y él tenía las manos llenas de grasa.

A la cena, ya con Gea en casa, Sofía lo contó todo de corrido, con el tenedor en la mano: que papá decía que el Estado somos todos, y que ella no había puesto ninguna norma.

Gea miró al padre por encima del vaso.

—Pues ya tienes deberes.

Sofía se rio con la boca llena, y a él no le quedó más remedio que reírse también.

Por la noche, cuando Sofía ya dormía y Gea se había quedado dormida en el sofá con un libro abierto encima, sacó la carta del bolsillo y la abrió. Era lo de siempre: un plazo, un número de expediente y un artículo de una ley que no conocía. La dejó en la mesa de la cocina.

No era la carta lo que le quitaba el sueño. Era lo que le había dicho a la niña.

«El Estado somos todos». Se lo había dicho con la misma seguridad con que le decía que el agua moja. ¿De dónde lo había sacado? Lo había oído muchas veces, a mucha gente, durante muchos años. No le había mentido. Pero le había dado por cierto algo que nunca había comprobado.

¿Le había hablado en verdad a su hija?

Pensó en el taller. Cuando le traen un coche que hace un ruido, no cambia la pieza que le dice el cliente. Primero escucha, luego desmonta, y no se salta ningún paso, porque si se salta uno se equivoca, y el error lo paga el cliente. Un pasito detrás de otro, y en orden.

Si el Estado fuera un motor, ¿cómo lo diagnosticaría? Se lo preguntó así, con esas palabras, y le gustó la pregunta. ¿Cómo se construyó? ¿Qué lo sostiene? ¿Qué lo alimenta? Habría que desmontarlo pieza a pieza, como se desmonta una máquina, para entender cómo funciona.

Abrió el portátil y le escribió a Sofía IA, la herramienta que le ayudaba a buscar desde hacía unos meses: «¿Qué es el Estado?».

La respuesta llegó enseguida. Era larga, bien escrita, con palabras como soberanía, territorio y poder público. La leyó dos veces. Sonaba muy bien. Y se dio cuenta de que sonaba exactamente como él a mediodía, solo que más larga.

Le escribió otra vez: «¿Dónde está escrito eso? Quiero leerlo en el original, no en un resumen».

Sofía IA le contestó con una lista: leyes, libros de hace siglos, sentencias de los tribunales. Una lista no es una respuesta, pensó. Es un mapa. Y con un mapa todavía no has llegado a ningún sitio.

Cogió la libreta de los presupuestos del taller, arrancó una hoja limpia y la dividió en tres columnas.

En la primera escribió «Comprobado», y debajo no puso nada.

En la segunda escribió «Lo que yo creo», y debajo: «Que el Estado somos todos. Lo he oído siempre».

En la tercera escribió «Aún no lo sé», y debajo: «Qué es. Cómo se construyó. Qué lo sostiene. Qué lo alimenta».

Se quedó mirando la hoja. La primera columna, vacía, le pesaba más que la carta. Abajo del todo, con letra grande, escribió una frase más: «No estoy aquí para creer. Estoy aquí para saber».

A la mañana siguiente, en el coche, camino del colegio, Sofía le preguntó con la frente pegada a la ventanilla:

—Papá, ¿y al final qué es el Estado?

Él tardó en contestar. Podía repetirle lo de ayer, más largo y con palabras más bonitas, como Sofía IA.

—Esto aún no lo sé —dijo—. Déjame mirarlo.