Parte 7 Lo que se da por supuesto
Hagan conmigo un pequeño ejercicio. Voy a decir una frase, y ustedes piensen si la tienen por cierta: «Cotizo para mi propia jubilación».
Casi todo el mundo la tiene por cierta. Y la ley dice otra cosa: «El sistema financiero de todos los regímenes que integran el sistema de la Seguridad Social será el de reparto». Reparto quiere decir que lo que se cotiza hoy paga las pensiones de hoy. Lo de cada uno no se guarda en ninguna parte con su nombre.
De eso trata esta parte, y tiene una sola idea: muchas cosas que damos por supuestas sobre el Estado no las dice ninguna ley. Las sugiere un nombre oficial o una cifra que se repite. Y puestas al lado de la norma y del dato, dicen otra cosa. La obra lo llama la maniobra camuflada. Y avisa desde el principio de que describirla no exige suponer ninguna intención: basta leer la norma y el dato.
La obra reúne veinticinco de estas creencias, en tres familias: el dinero, el poder y la información. Esos son nuestros tres pasos. No se las voy a leer todas: les traigo unas pocas de cada familia, y las cifras grandes las dejamos para cuando lleguemos a los frutos, donde se miden con calma.
Primer paso: el dinero.
«La hucha de las pensiones guarda el dinero de los trabajadores». La ley obliga a invertirla en títulos públicos, y hoy, según su propio informe a las Cortes, «está compuesta, exclusivamente, por deuda pública española». Es decir: lo que hay en la hucha es deuda del propio Estado.
«Si no me suben el IRPF, pago lo mismo». La escala estatal del impuesto no se actualiza desde la reforma de 2014, y los precios subieron un veintiocho por ciento entre 2015 y 2025. Con el mismo poder de compra se paga más, sin que ninguna ley suba el impuesto. Para las rentas más bajas se ha ampliado una reducción que compensa una parte, y la obra lo dice. Pero el Banco de España estimó que, solo en 2023, ese efecto recaudó de más unos once mil millones.
«El Estado responde de sus deudas como cualquiera». La ley dice: «Las entidades que integran la organización territorial del Estado, los organismos públicos y demás entes de derecho público no podrán ser declarados en concurso». El concurso es el nombre que da hoy la ley a la quiebra. Una empresa puede quebrar. El Estado, por ley, no. Y su deuda se paga antes que nada: la Constitución dice que ese pago «gozará de prioridad absoluta».
«El dinero lo emite el Estado». La mayor parte, no. Lo dice el propio Banco de Inglaterra, en un artículo que explica «cómo la mayor parte del dinero de la economía moderna lo crean los bancos comerciales al conceder préstamos».
Segundo paso: el poder.
«Vivimos bajo un contrato social que todos aceptamos». Ya lo vimos: nadie lo firmó.
«El Estado y el ciudadano se cobran con la misma vara». Los actos de la Administración «serán inmediatamente ejecutivos», y ella misma puede ejecutarlos: embarga sin juez previo. Un particular, para cobrar a la fuerza, necesita siempre un título, una sentencia o una escritura. Y al ciudadano que paga tarde se le aplica un recargo; a Hacienda, cuando devuelve tarde, no.
«Elijo a mis representantes». Se vota una lista cerrada, y «Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo».
«Si el Estado vulnera mis derechos, el Constitucional me ampara». En 2025 se presentaron más de nueve mil recursos de amparo, y se admitieron cincuenta y nueve. Menos de uno de cada cien.
«El Gobierno legisla por decreto solo en casos de urgencia». La Constitución lo permite solo «En caso de extraordinaria y urgente necesidad». Y aquí la obra concede algo: el Constitucional ha anulado al menos cinco veces decretos-leyes por no justificar esa urgencia. Uno entero, en 2007, y partes de otros cuatro: dos en 2011, uno en 2018 y otro en 2020. El freno existe. Cuánto se usa la urgencia lo veremos en la auditoría.
Tercer paso: la información.
«Hay transparencia: todo se publica». Se publica cada dato por separado, pero no la suma. Las retribuciones de los altos cargos están en veintitrés ficheros sin un total. La ley obliga a publicar cada dato; nadie está obligado a publicar la suma.
«Si el Estado no contesta, no pasa nada; si no contesto yo, tampoco». La ley obliga a la Administración «a dictar resolución expresa y a notificarla en todos los procedimientos». Pero cuando el ciudadano calla, el sistema tiene recargo, sanción, apremio, caducidad y pérdida del plazo. Cuando calla el sistema, el ciudadano tiene que acudir a un tribunal, agotar las instancias, probar el daño y esperar años. La obra lo resume en una frase: «El silencio de uno se castiga solo; el del otro hay que perseguirlo».
¿Se acuerdan de que les dije que lo del silencio volvería? Aquí asoma. Y volverá entero cuando lleguemos a las puertas.
Y la más curiosa de todas, porque no está en una ley, sino en el diccionario: «La inflación es que suben los precios».
En 1913, el diccionario Webster, en inglés, la definía como «expansión o aumento indebido, por emisión excesiva; dicho de la moneda». Es decir, la causa: emitir demasiado dinero. En español, en 1914, «inflación» solo era «Acción y efecto de inflar». Y hoy la Real Academia la define como «Elevación del nivel general de precios». El efecto.
¿Qué cambia? Que, con el nombre del efecto, la mirada se va a los precios y al mercado, y no a quien crea el dinero. Y la obra, como siempre, dice lo que no pudo comprobar: las ediciones de la Academia entre 1925 y 1992 no se han podido consultar, así que no sabe cuándo entró el sentido económico de la palabra.
La conclusión de la obra, con sus palabras: en las tres familias se repite el mismo patrón. La «hucha» no guarda, la «cotización» no ahorra, la «transparencia» no suma, la «urgencia» se vuelve costumbre y el «derecho» a la vivienda no se puede reclamar. Y ninguna de estas creencias exige suponer nada para desmontarla: basta leer la norma y el dato.
Lo que el autor lee aquí, y lo dice como suyo, es más fuerte. Para él no es un descuido, sino una forma de hipnosis colectiva: se repite un nombre hasta que sustituye a la cosa, y la gente acaba defendiendo como propio lo que la norma nunca le prometió. Es la repetición que forma, la que vimos con el bien y el mal. Y añade que quien dicta la norma sabe lo que dice: si aun así deja que el ciudadano crea otra cosa, para el autor ahí se ve mala fe. Lo compara con el pulpo, que suelta su tinta para huir y desviar la atención.
Es su lectura. La obra, como dato, se queda en el patrón. Y un patrón, ya lo saben, no prueba una intención.
Pero fíjense en la salida que propone el autor, porque no es la que uno esperaría después de tanta dureza: «La salida no es la ira, sino despertar: leer la norma, pedir el dato y dejar constancia por escrito».
Por eso cada una de estas creencias, dice la obra, se puede convertir en una pregunta por escrito al organismo responsable. Su respuesta, o su silencio, queda como constancia. Es la herramienta que veremos en las puertas.
Ahora, la otra cara. ¿Qué concede la obra en esta parte?
Concede que no todo lo que se da por supuesto es falso por igual. Unas creencias las contradice la norma, como la de cotizar para la propia jubilación. Otras parten de un indicador correcto para lo que mide. La presión fiscal sobre el producto del país, que veremos con los frutos, es el estándar de los organismos internacionales y sirve para comparar países; lo engañoso es tomarla como la carga que soporta cada persona.
Concede que algunas presunciones tienen razón de ser. Sin presumir válidos sus actos, ninguna administración podría funcionar, y todo acto se puede recurrir. La obra discute la asimetría, no que existan.
Concede que una sociedad necesita un Estado que coordine lo que es de todos. Cuestionarlo todo no es negarlo todo.
Y concede que las pensiones ya prometidas, que verán en la parte siguiente, no son una deuda que venza hoy.
Lo que el Estado respondería con sus mejores palabras, la obra lo recoge creencia por creencia; algunas de esas respuestas las oirán en el turno de preguntas.
Recapitulo. Un nombre oficial o una cifra que se repite sugieren una cosa, y la norma o el dato dicen otra. La hucha guarda deuda del Estado, la cotización paga las pensiones de hoy, el Estado no puede quebrar, el amparo casi nunca se admite, la transparencia no suma y hasta la palabra «inflación» cambió de sentido. Para verlo no hace falta suponer nada: basta leer.
Les dejo una pregunta. De todo lo que hoy han oído que se da por supuesto, ¿cuántas cosas tenían ustedes por ciertas al entrar en esta sala?
En la próxima parte vamos a subir juntos al edificio que la obra encontró debajo de estas creencias: el edificio de las presunciones, planta a planta. Se lo prometí al empezar, y las veremos todas.