Parte 4 Lo que guardaron las tradiciones
Hacia el año 2350 antes de Cristo, en Lagash, una ciudad de Mesopotamia, un rey llamado Urukagina dejó escrito en barro lo que había hecho con los que vivían endeudados: «vació su prisión y estableció su remisión». Remisión quiere decir perdón. Las deudas se borraban, y los presos por deudas volvían a casa.
Es la remisión de deudas más antigua que se ha documentado. La obra lo resume así: perdonar las deudas es la ley más antigua que se conserva escrita. Guárdenlo, porque volveremos a ese rey al final de esta parte.
En los cimientos dijimos que, por encima de todo, está la ley de Dios. Hoy vamos a abrir ese primer escalón y a mirar qué hay dentro. La obra lo llama el Arca. Y la idea de esta parte es una sola: pueblos sin contacto documentado entre sí guardaron la misma ley por encima de toda ley, y todo lo que guardaron cabe en una palabra, servir. Lo veremos en tres pasos. Primero, por qué lo que coincide es ley. Después, lo que guardaron. Y al final, quién escribió lo contrario, y por qué casi nadie conoce todo esto.
Primer paso: el nombre y la regla.
¿Por qué el Arca? Porque el arca de la alianza guardaba la ley. Moisés lo cuenta así: «puse las tablas en el arca que había hecho; y allí están». Las tablas eran «las palabras de la alianza, las diez palabras», y en el arca no había «más de las dos tablas de piedra que había allí puesto Moisés en Horeb, donde Jehová hizo la alianza con los hijos de Israel». La obra deja ahí un guiño, y se lo dejo tal cual, sin explicarlo: si lo que reúne es la ley de Dios, bien podría llamarse el arca de la alianza con Dios. La obra llama Arca a la ley de Dios, venga de la tradición que venga, y la lee en todas con la misma vara.
Para leerla fue a los textos: la Biblia, el Talmud y el Corán; el Avesta de Persia; las Leyes de Manu, el Mahabharata y el canon budista, en la India; Confucio, Mencio y Laozi, en China; los códigos de Mesopotamia y los textos de Egipto; los griegos y los romanos; y textos de África, de América y de Hawái. Cada uno, en su original o en una traducción reconocida.
¿Y por qué lo que coincide es ley? La obra encadena tres voces. Cicerón: «en todo, el consenso de todos los pueblos ha de tenerse por ley de la naturaleza». Pablo, de los que no tenían la ley escrita: «Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones». Y Aquino, que ya oímos en los cimientos: la ley natural es la parte de la ley de Dios que alcanza la razón.
El autor lo dice a su manera, y son palabras suyas: «Después de revisar toda la historia y los textos sagrados, recopilamos la información pertinente, y si existen muchas convergencias quiere decir que es la ley de Dios; no lo he inventado yo».
Pero aquí viene la condición, y es lo más importante de este paso. Que algo se repita no lo hace ley. La esclavitud estuvo muy extendida y fue legal durante siglos. Y no pasa la vara: hace daño al prójimo y no hay reciprocidad.
¿Quién lo reconoció por escrito? El mismo poder que la había hecho legal, al abolirla. Les pongo un caso de aquí. En 1873, una ley española dijo: «Queda abolida para siempre la esclavitud en la isla de Puerto-Rico». Pero los libertos quedaron obligados a contratos de al menos tres años, y a los propietarios se les pagaron treinta y cinco millones de pesetas, con un préstamo a cargo de las rentas de la propia isla.
La obra concluye: lo que fue legal durante siglos no era justo, y lo confesó el mismo poder que lo había hecho legal, al derogarlo. Lo legal, por sí solo, no prueba que algo sea justo.
Por eso la regla tiene dos partes: que pueblos sin contacto documentado coincidan, y que además pase la vara. Lo que solo se repite puede ser una costumbre torcida.
Segundo paso: lo que guardaron.
Con esa regla, la obra encuentra nueve principios que se repiten en pueblos sin contacto documentado entre sí. Se los digo de corrido, y luego nos paramos en algunos. El gobernante existe para el pueblo. Impuestos moderados. No quitar al pueblo su tiempo. Pesas y medidas justas. Devolver lo confiado. No a la usura, y perdonar las deudas. Cada uno responde de lo suyo. El castigo no es un negocio. Y más leyes, más pobreza.
Cada uno tiene tres o más patas, de civilizaciones distintas. Y casi todos tienen su pata coja, que la obra dice siempre.
Paremos en los impuestos. En China, el Daodejing: «El pueblo pasa hambre porque los de arriba consumen demasiados impuestos». En Israel, cuando el pueblo pide un rey, el profeta le avisa de lo que hará: «Diezmará también vuestro rebaño, y seréis sus siervos». Un diezmo es la décima parte. Y ya se contaba como servidumbre. En la India, el Mahabharata le pide al rey que sea como el florista, que cuida la planta, y no como el carbonero, que la quema.
Con un matiz que la obra no se calla: Mencio rechaza también el impuesto demasiado bajo. El principio es la medida justa, no «cuanto menos, mejor».
Paremos en las pesas y las medidas. En Egipto, el muerto, ante el tribunal que lo juzga, declara: «no he añadido pesos a la balanza». En Israel: «El peso falso abominación es á Jehová: Mas la pesa cabal le agrada». Y en el Corán: «¡Ay de los defraudadores, que, cuando piden a otros la medida, la exigen exacta, pero que, cuando ellos miden o pesan para otros, dan menos de lo debido!».
¿Y la pata coja? Aquí la obra no encontró ningún texto que defienda las pesas falsas. Lo más cercano es un manual de gobierno de la India, el Arthashastra, que cuenta las pesas y medidas entre los ingresos del rey.
El autor añade una lectura, y es suya: la medida de hoy es el dinero, y si pierde valor, es una pesa que se aligera. Eso lo mediremos con datos cuando lleguemos a los frutos.
Y paremos en el último, que les va a sonar. En China: «cuantas más prohibiciones, más pobre el pueblo; cuanto más se exhiben las leyes, más ladrones hay». En Roma, Tácito: «cuanto más corrupto el Estado, más numerosas las leyes». Y la tradición judía tiene la regla más directa de todas: «no se decreta una norma sobre la comunidad si la mayoría no puede cumplirla».
También con su matiz. En Hawái se recordaba que sin leyes «todo dependía de la voluntad o el capricho del rey». El principio no es que no haya leyes. Es la medida justa de leyes.
Y ahora volvamos al rey de Lagash, porque la usura y el perdón de las deudas son lo que la obra llama la línea roja más antigua. Después de él vinieron muchos. En Babilonia, si una tormenta arruinaba la cosecha, el deudor ese año no pagaba. La ley de Moisés mandaba que, cada siete años, se hiciera remisión: «perdonará á su deudor todo aquél que hizo empréstito de su mano». En Atenas, Solón canceló todas las deudas, públicas y privadas. Y el Corán: «Si está en apuro, concededle un respiro hasta que se alivie su situación. Y aún sería mejor para vosotros que le condonarais la deuda».
Y la condena de cobrar por el solo paso del tiempo. Aristóteles llamó al interés «dinero nacido del dinero», y escribió que «de todos los modos de ganar, este es el más contrario a la naturaleza». El Corán: «Alá ha autorizado el comercio y prohibido la usura».
Lo que quizá no sepan es que la ley española todavía lo dice. Una ley de 1908, que sigue en vigor, declara nulo el préstamo con un interés «notablemente superior al normal del dinero y manifiestamente desproporcionado con las circunstancias del caso», cuando quien lo pide lo ha aceptado por su «situación angustiosa».
Lo que el autor lee aquí, y es suyo: la usura cobra por el paso del tiempo, y el tiempo no es de quien presta.
La pata coja también está, y la obra la dice: la misma ley de Moisés permitía cobrar interés al extranjero, y las Leyes de Manu no prohíben el interés: lo limitan.
Tercer paso: quién escribió lo contrario.
La pata coja más clara de todas viene de la China antigua, de un libro que lleva el nombre de un ministro, el Libro del señor Shang: «pueblo débil, Estado fuerte; pueblo fuerte, Estado débil».
La obra hizo aquí la misma pregunta que en la parte anterior: ¿quién escribió cada uno de esos textos, y para quién? Examinó trece. Once los escribió quien mandaba o su ministro, se escribieron para el que mandaba, o eximían o beneficiaban a quien los transmitía o los aplicaba. Las dos excepciones no tenían poder. Una es de Hesíodo, que era un labrador. La otra es de Pablo, que escribió «toda alma se someta a las potestades superiores» y acabó preso del mismo Imperio, «con un soldado que le guardase». Siete de ocho, en la parte anterior. Once de trece, aquí.
Y la obra pone después los frutos, como hechos. El autor de aquel libro, Shang Yang, al morir el duque al que servía, fue descuartizado con carros, y acabaron con toda su familia: la culpa compartida que él mismo había implantado. Y la dinastía que gobernó con esas leyes, la de Qin, unificó China y cayó muy pronto. Su último rey reinó cuarenta y seis días.
Lo que el autor lee ahí, con sus palabras: «los que escribieron que el pueblo debía ser débil murieron por las mismas leyes que dictaron, y su imperio duró quince años». Y para él, esto apunta hacia el padre de la mentira. Es su lectura. Lo comprobado es el recuento: once de trece.
Seguro que alguno se está preguntando: si esta ley es tan antigua, ¿por qué casi nadie la conoce? La obra da tres razones. Porque no se escribió: se transmitía de boca en boca, y de las primeras tablillas que sí se escribieron, «la mayoría son documentos de contabilidad». Porque se escribió en latín: los grandes tratados de ley natural de Salamanca y de Coímbra estaban en la lengua de clérigos y juristas, cuando casi nadie sabía leer, y no hizo falta prohibir nada. Y porque quedó fuera de las listas.
Y aquí la obra da una lección de método que me gusta contar. Se suele decir que en el Concilio de Nicea, el año 325, se decidió qué libros entraban en la Biblia y se escondieron los demás. La obra fue a las fuentes. Los cánones de Nicea no hablan de eso. La leyenda de los libros que caían del altar la difundió Voltaire, riéndose de ella. Y la lista se fue cerrando poco a poco, entre los años 367 y 419. Habría sido cómodo creer la leyenda. La obra no la cree, porque no tiene documento. Y por eso se le puede creer cuando cuenta lo que sí encontró: que libros como el de Enoc quedaron fuera de la lista de Occidente, y que la Iglesia de Etiopía los conservó.
Ahora, lo que une los nueve principios. La obra dice que dicen lo mismo de nueve maneras: hemos venido a servir.
En el Génesis, Dios pone al hombre en el huerto «para que lo labrara y lo guardase». En el Evangelio, el que quiera hacerse grande «será vuestro servidor». Y en China, sin contacto documentado con Israel, el Daodejing: «los ríos y los mares pueden ser reyes de los cien valles porque saben ponerse por debajo de ellos».
Los ríos mandan porque están más abajo.
Lo que el Arca prohíbe es siempre lo contrario: servirse del otro. El impuesto que empobrece, la pesa falsa, el depósito que no se devuelve, el castigo que se cobra y el préstamo que esclaviza son la misma cosa vista del revés.
Ahora, la otra cara. ¿Qué concede la obra en esta parte?
Concede que la convergencia no es unanimidad: cada principio tiene su pata coja, a veces dentro de la misma tradición, y se dicen todas.
Concede que las fuentes no son todas puras. Muchas de las de África, América y Oceanía las escribieron autores formados en el cristianismo u observadores europeos, y el cronista de los incas los idealiza. Valen como constancia de lo que esas tradiciones contaban de sí mismas.
Concede que no todas las patas son independientes, porque un texto que repite a otro no cuenta aparte, y que algunas fechas se discuten.
Concede que las sociedades grandes necesitan ley escrita, y no propone abolirla: pide respetar el orden de las fuentes.
Avisa de un error que alguien podría cometer: la ley de la usura de 1908 es para los préstamos, no para los impuestos. El impuesto no es un préstamo, y presentarla ante la Agencia Tributaria sería un error.
Y concede que hoy las leyes se publican gratis y en español. El latín ya no es la barrera.
Lo que el Estado diría con sus mejores palabras, que las sociedades complejas necesitan ley escrita, que fue el propio Estado de derecho quien abolió la esclavitud, o que hoy las leyes se publican para todos, lo oirán en el turno de preguntas.
Recapitulo. Pueblos sin contacto documentado entre sí guardaron la misma ley por encima de toda ley: el gobernante para el pueblo, impuestos moderados, el tiempo del pueblo para el pueblo, medidas justas, lo confiado devuelto, las deudas perdonadas, cada uno con lo suyo, el castigo sin negocio y pocas leyes. Lo contrario también se escribió, y casi siempre lo escribió quien mandaba. Y todo cabe en una palabra: servir.
El autor lo deja en una pregunta, y se la regalo tal cual, porque es suya y vale para todo. Piensen en la última norma que les ha tocado cumplir, o en la última ventanilla que les ha atendido. ¿Sirve, o se sirve?
Y una ley así, guardada durante milenios, ¿se puede perder? ¿Y se puede volver a ella? En la próxima parte la buscamos como se busca en arqueología: las reglas del juego de la vida.